Venía del Seguro, con más dudas que respuestas en la bolsa, pero conforme. Desde que me subí al camión me percaté, me veían con sigilo, con atención. Me siguió con la mirada, con un descarado recato inexplicable. Yo disimulé, lo veía de soslayo, pero él se volteó para verme de frente. No sé qué cara puse, hice alguna mueca, me quise reír, pero me acordé de que la coquetería ya no es para mí. Él insistía con su mirada y a pesar de eso, no me era incómoda, hace tiempo que ya no me veían así. Entonces pude notar que sus facciones eran recias pero agradables, apiñonado, deportivo, ojos olivo. Me sentí tonta, torpe; me puse seria: él seguía. “Éste me está cogiendo con la mirada” pero no me sentía mancillada, ni apenada. De pronto se volteó, miró por la ventana y se levantó. Se bajó por adelante, conocía al chofer, algo se dijeron. “Está grandote…” Volteó de nuevo hacia mí, “fue su mirada incendiaria” como diría López Portillo (el escritor). Pidió la bajada, algo se retorció dentro de mí. Antes de bajar, me vio directamente, los demás pasajeros se dieron cuenta, tardó en bajar sólo por verme. Sé que quiso decir algo; su andar escalonado se volvió plano.
Ahora yo volteaba a la ventanilla, él desde la banqueta, desde sus ojos olivo siguiendo la marcha del camión. Mi mejor sonrisa la merecía. En un instante las miradas convergieron, en un instante bifurcaron. El también sonrió y yo me perdí en la ciudad con mi “pudor” a salvo.
Sí, Cortázar tenía razón: que lo fantástico me asalte a la vuelta de la esquina.
Hola, acabo de descubrir tu blog y me ha gustado mucho, en particular esta entrada. Me hizo recordar ciero affair de camión....
ResponderEliminarHola, muchas gracias por tu atención, yo hasta he salido con novio (hoy exnovio) del camión, será una de las próximas entradas. ¡Saludos!
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