El camino a casa
transcurría entre la ciudad abierta, descompuesta por las obras del Tren ligero,
el caos de las máquinas y ese calor húmedo que anuncia una lluvia que no quiere
caer. Yo intentaba dormirme pero en eso, se subieron dos muchachos al camión
con una par de violines, bastante animosos ellos nos dijeron que interpretarían
a Mozart, los pasajeros que íbamos no hicimos ni el mínimo aspaviento ante tal
declaración.
Y comenzaron, a mí se
me fue el sueño y por un momento olvidé que iba en un camión contrahecho, al
que todo le sonaba, al que todo le olía, se me olvidó que sentía calor, se me
olvidó ver el paisaje herido de la ciudad más allá de la ventana y me entregué a
la efusividad de la Serenata Nocturna.
Entonces fue que mis ojos repararon de nuevo en los pasajeros y me sorprendí
ante su ataraxia, pareciera que en ellos no cambiaba nada, es más muchos
llevaban los auriculares puestos, sin embargo había un pasajero que desde su
asiento veía y escuchaba a los violinistas con fascinación y embeleso, me causó
ternura su boca semiabierta, sus ojos bien abiertos, su disposición a la música
y su edad, no mayor a los diez años.
Los jóvenes violinistas
sabían de su admirador y fueron a tocar cerca de él. Es indescriptible la cara
que el niño puso cuando los músicos caminaron hacia su asiento. Terminaron su
interpretación y el niño aplaudió, junto con su mamá que decía “bravo” y claro,
yo también me les uní. Al ver esto, los jóvenes tocaron la canción de Mario
Bros y también la del Chavo del 8, para finalizar con la introducción de Los
Simpsons. Como era de esperarse, pidieron dinero a los pasajeros y fue grato
ver que la mayoría de éstos sí les dieron. El par de violinistas se
bajaron y escuché que el niño le decía a su mamá: -luego me compras uno de ésos,
para tocar música-. El camión siguió su marcha y mi sueño se convirtió en pesadez,
mientras que mi pequeño amigo comenzó a silbar el inicio de la Serenata Nocturna una y otra vez... (estaba
emocionado pues).
Unas cuadras más
adelante, observé que se subían un muchacho con la que parecía ser su madre. Era
bastante guapo, alto, muy serio y me agradó ver que era él quien cargaba la
bolsa del mandado y al haber sólo un asiento, le dijo a la señora que se
sentará, mientras él quedaba de pie. No habíamos “caminado” ni tres cuadros
cuando vi que el muchacho guapo, dirigió su mirada hacia atrás, observó al niño
y con gran estrépito le grito -¡Shhhhhhhhhh,
ya cállate!-.
El niño paró en seco,
la mamá puso cara de extrañamiento y yo sentí como una patada en el estomagó.
Siempre he sido muy impulsiva y en verdad me he prometido frenar esas reacciones
en mí, pero en esta ocasión fue tanto mi coraje que yo también grité -¡es una lástima ser tan joven y tan
amargado!- voltee a ver mi pequeño
cómplice y le dije -y tú hijo, no
permitas que te calle gente sin importancia-.
No me di cuenta de que
los pasajeros también estaban viendo y escuchando. El muchacho me veía con
odio, pero no dijo nada, se desocupó un asiento al lado de su madre para después dormirse en él (o hacerse el
dormido).
El niño junto con su
madre se bajaron una cuadra después, él me dijo -¡adiós!- Y yo respondí -qué les
vaya bien- mientras pensaba “Ojalá
que sí te compren tu violín”.
Paola Sandoval