Amiga... Amiga... Ya llegamos...
Abro lo ojos y veo a un hombre bien parecido a un metro de distancia, sonriendo. Lo que nunca, me quedé dormida y llegué hasta la terminal del camión. Me disculpo y me dice "no te preocupes ahorita te regreso" y aquí estoy, esperando y escribiendo esto, mientras veo que el chofer simpático está de lo más a gusto platicando con la muchacha que administra su terminal. Sólo espero no haber estado dormida con la boca abierta mientras él me despertaba.
domingo, 21 de diciembre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
El terror de los pinos
Hace algunos años, cuando vivía
con mis padres, para tomar el camión y salir a la avenida principal de Zapopan,
era ineludible pasar por Los pinos,
una calle con vecindades desangeladas e insertadas en la cabecera municipal. Mi
papá siempre nos decía que le rodeáramos porque veía amenazada nuestra
doncellez por las miradas y bisbeos de los mariguanos que habitaban ahí. Nunca
le hicimos caso. No obstante, mis hermanos y yo crecimos escuchando la historia
de mi padre: cuando él era muy joven, iba de regreso a la casa cuando en la
cuadra de Los pinos una pandilla le
obstruyó el pasó, el cabecilla le sacó una navaja, lo querían asaltar porque
eso era lo mejor que sabían hacer en ese lugar, él cuenta que pensó "ya
valí madres". Ante eso mi papá tuvo que pronunciar las palabras mágicas
"pero carnal, yo soy del barrio, vivo aquí arriba". Lo dejaron ir,
intacto, y en lo sucesivo, mi padre aprovecharía cada borrachera para platicar
su aventura de incipiente valentía.
En Los pinos era común ver las peleas con piedras entre pandillas, a
los tonchos de las vecindades, la venta de coca a plena luz, la pobreza de sus
habitantes. Por eso mi papá insistía en que le rodeáramos. La situación se
calmó un poco el día que mataron a un muchacho a quema ropa en la meritita esquina
de Los pinos. Para colmo de mala
suerte, eses día regresábamos a la casa cuando vimos las ambulancias y
patrullas. Ya habían orillado y tapado al cadáver con una sábana, lo
acribillaron y le contaron 42 orificios en el cuerpo. Para cuando llegamos, mi
mamá descubrió una mancha coagulada en mi tenis. Me lo quitó de inmediato,
hubiera preferido tirarlo, pero no nos podíamos dar ese lujo, no había para
más. También al igual que mi padre, mi mamá contaría a sus amigas la anécdota
de cómo una de sus hijas pisó por descuido el charco de sangre de un joven
asesinado y la faena de quitar la mancha después.
Las calles del primer cuadro de
Zapopan han sido remozadas infinidad de veces pero Los pinos no, ahí sus habitantes se siguen hacinando en vecindades
cada día más ruinosas, alcoholizándose en la calle. Hace algunos años
regresando a mi casa (justo en la esquina donde quedó el joven acribillado) un
sujeto demasiado alto y flaco me obstruyó el paso. Pude darme cuenta que tenía
la nariz desfigurada a golpes y los ojos desorbitados. Me llené de miedo y mis
piernas de 16 años se debilitaron, él dijo algo incomprensible mientras yo
pensaba "valí madres". Tuve que pronunciar las palabras mágicas de mi
padre "carnal soy del barrio" (me sentí estúpida diciendo eso). Pero
él, tambaleante me dijo "estás muy chula para andar por aquí, si quieres
te acompaño", el pobre apenas si podía caminar de lo drogado que andaba y
lejos de halagarme, le tuve pánico.
Posteriormente fue inevitable
encontrármelo, él cuando estaba sobrio lavaba carros afuera del Hospital Civil
de Zapopan, me chuleaba como era su costumbre y me decía que cuando tuviera un
carro el me lo lavaría gratis. En una ocasión (ya más grandecita, iba a la
facultad) me lo topé de frente, rodeado de una "bolita" de
mariguanos, cual caballero andante les pidió que se callaran, le hicieron caso,
yo apreté el paso queriendo a esas alturas pasar desapercibida, él sólo dijo
"ahí viene la chula... adiós chula
que Dios te bendiga" y ya a la distancia me volvió a recordar lo del
carro y la lavada gratis.
Uno de esos días mi mamá llegó
muy asustada a la casa contando que a la señora Maguito, una vecina, le habían
quitado su monedero de un navajazo en Los
pinos. La señora dijo que había sido el cholo grandote y flaco, el de la
nariz torcida, supe de inmediato de quién hablaba; aunque desconocíamos su
nombre la gente de mi cuadra lo bautizó como "El terror de los
pinos". Después nos enteramos de que ese cholo era padre de dos niñitas y
que además tenía esposa, vivían en un cuarto de las vecindades, pero aun así,
eso no mermaba su "galanura" hacia conmigo. Poco tiempo más tarde ya
no lo vimos, pensamos que lo habían matado, o en el mejor de los casos
encerrado en la cárcel.
Pasaron los años, me cambié de
casa y aún seguía tomando el camión. Recientemente fui a casa de mis padres,
tuve que pasar por Los pinos. Ya casi
terminaba la calle cuando al doblar la esquina me topé con él. Estaba igual de
flaco, con la nariz más desfigurada y el cuerpo encorbado. Detuve mi paso (no
sé por qué) y él olío mi miedo, yo pensé "ya valí madres" y apreté mi
monedero con la mano. Pero él me sorprendió al decirme después de 14 años (y
kilos) "hola chula, tenía mucho que no te veía, estás más chula así"
yo apenas iba a decir algo cuando una jovencita desde la acera de enfrente le
gritó "apá, camínele".
Antes de cruzar la calle me dijo "adiós
chula, que Dios me la bendiga y cuando tengas un carro ya sabes, para ti gratis".
Llegué a casa de mis padres
prometiéndome no contarle nada a mi papá, casi era seguro que me dijera: hija, no pases por ahí, rodéale.
Paola Sandoval
viernes, 22 de agosto de 2014
Vanidad incomprendida
Me subo al camión y me encuentro después de mucho tiempo con un maestro guapo como lo es Alberto García, nos saludamos con efusividad, el nerviosismo de mis palabras es evidente, y en ese momento, reparo en que no estoy maquillada y él, aún así, me dice hermosa añadiendo "ya voy a ser parte de tus narraciones de camión".
Al bajarme le dije "te haré personaje Beto" y pienso que es lo más sexy que le he dicho a un hombre.
Paola Sandoval
Paola Sandoval
miércoles, 16 de abril de 2014
El pacto con Adonis
Después de esperar más de veinte minutos, pasó el camión. Imaginaba que vendría lleno, sin embargo tenía asientos vacíos, sólo que éstos estaban en la parte que pega el sol, de eso a ir parada... Me senté y me coloqué mis enormes gafas para el sol, de ésas que te cubren media faz. Le pedí a la señora que me dejara pasar y amablemente accedió. Diez minutos después ella se bajó y aproveché para recorrerme porque el sol pegaba con ganas.
Subió una tanda de pasajeros, entre ellos venía un muchacho que pronto llamó mi atención, era anguloso y de espalda ancha, como de mi edad, no era un Adonis, pero tampoco estaba nada despreciable; yo creo que me le quedé viendo mucho tiempo (fue una de esas miradas que cruzas con desconocidos en donde concentras un reconocimiento de atracción recíproca) porque vi en sus ojos y movimientos la negra intención de sentarse a mi lado (en el lugar del sol). Estaba a punto de recorrerme (total, llevaba lentes) cuando una mujer rubia con una gafas más grandes que las mías (y quien parecía que nunca se había subido al transporte público) lo rebasó y sin pedir permiso, prácticamente me saltó y se sentó donde pegaba el sol, todo en menos de un minuto. Vi que el muchacho de la ancha espalda se molestó y se fue a la parte trasera del camión. La rubia sacó un enorme sombrero de tela de su bolso y se lo puso.
Subió una tanda de pasajeros, entre ellos venía un muchacho que pronto llamó mi atención, era anguloso y de espalda ancha, como de mi edad, no era un Adonis, pero tampoco estaba nada despreciable; yo creo que me le quedé viendo mucho tiempo (fue una de esas miradas que cruzas con desconocidos en donde concentras un reconocimiento de atracción recíproca) porque vi en sus ojos y movimientos la negra intención de sentarse a mi lado (en el lugar del sol). Estaba a punto de recorrerme (total, llevaba lentes) cuando una mujer rubia con una gafas más grandes que las mías (y quien parecía que nunca se había subido al transporte público) lo rebasó y sin pedir permiso, prácticamente me saltó y se sentó donde pegaba el sol, todo en menos de un minuto. Vi que el muchacho de la ancha espalda se molestó y se fue a la parte trasera del camión. La rubia sacó un enorme sombrero de tela de su bolso y se lo puso.
Cinco cuadras después se bajaron varios pasajeros, los asientos "de la sombra" se habían desocupado, así que sin pensarlo me fui a uno de ellos; la rubia pensó igual y fue ahí que pensé -chingado ¿también se va a sentar acá?- porque su perfume ya me había mareado. Pero no, ella se fue al asiento de atrás, justo donde estaba sentado el chico nada despreciable (ya hasta lo había olvidado). Inesperadamente, él se paró de su lugar y se fue a sentar junto a mí, eso, sin decir nada, ya era casi un pacto: la rubia nos caía mal.
Ya una vez sentado, volteó a mirarme fijamente, yo, escondida detrás de mis gafas de sol, no hice por moverme ni corresponderle la mirada, pero veía todo; sonará ridículo, pero casi me sentía como el detective Auguste Dupin en el cuento La carta robada de Edgar Allan Poe, entonces supe que el casi Adonis si tenía toda la negra intención de coqueterar. Pero yo ¿qué haría? ¿le devolvería la mirada, la sonrisa cautivante? (tenía los dientes parejitos, comisuras maliciosas). Me quedé hundida en el asiento, haciendo de cuenta que no lo veía y que no me interesaba su flirteo.
No sé cuánto tiempo dormí, desperté porque sentí un ligero golpe en la cabeza, abrí los ojos y vi que él (muy próximo a mí) iba también "dormido" y su cabeza pegaba con la mía. La verdad me dio un poco de risa, me incorporé lentamente en mi asiento y vi que él seguía (o eso aparentaba), entonces desde la trinchera de mis gafas solares pude observarlo con detenimiento: tenía un cutis lindo y las pestañas muy negras, sus labios eran carnosos y entonaban bien con los ángulos de su cara. Fui injusta, tenía todo para ser un Adonis. Él debió sentir mi mirada de basilisco porque despertó y yo de inmediato me hice la desentendida. Sin embargo, aunque ya despiertos los dos, seguíamos muy próximos, nuestros espacios vitales estaban fusionados, creo que nos sentíamos cómodos, a pesar del calor. Mas yo me tenía que bajar. Arreglé mi bolsa y él me lanzó su última mirada con sonrisa maliciosa. Le pedí permiso para salir del asiento (sí, yo estaba del lado de la ventana), él accedió dándome espacio sin dejar de verme, yo trataba de ni siquiera rozarlo (irónico, después de dormir cabeza con cabeza) al salir cuando escuché que dijo -estás muy suavecita-. Entonces sí, lo voltee a ver directamente -¿suavecita yo?- pensé, -si siempre me estoy quejando de mi piel escamosa y ceniza- y me reí con él, seguíamos sosteniendo un pacto de miradas, de tersura, aunque ya habíamos olvidado por completo a la rubia del sombrero desplegable.
Timbré y me bajé.
Timbré y me bajé.
viernes, 7 de marzo de 2014
Vaticinio
Aún estaba oscuro, tomé el primer camión de la corrida. La penumbra del interior era cósmica, era aquello una galaxia contenida: sorprendente, varios de los pasajeros llevaban teléfonos celulares de pantallas luminosas, eran como enormes luciérnagas que viajaban rumbo al centro de la ciudad.
Por eso, es que nadie se percató de su rareza, noté que el dispositivo de aquella pasajera era el más luminoso de todos "seguramente trae una tablet" pensé. Al acercarme, lo supe, ella traía entre sus manos una bola de cristal. Lo triste es que todos iban absortos en sus aparatos, nadie se fijó en el milagro de la oportunidad. Quise ver más allá, vencí el miedo y fui hacia la pasajera del vaticinio. Ella volcó la negrura de sus ojos en mí para decirme: "hoy no será, porque ya llegaste".
Desperté y vi que estaba a una cuadra de mi destino, corrí para pedir la bajada. El día ya estaba clareando, la galaxia y las luciérnagas ahora estaban en la palma de mi mano izquierda.
Paola Sandoval
jueves, 13 de febrero de 2014
Amor de verano
Yo tenía 17 años, iba en la prepa
y estaba a punto de tronar la materia de química. Trabajaba por las tardes,
saliendo de la escuela me iba derechito a tomar el 190 para llegar a mi trabajo
que quedaba en el centro de la ciudad. Pero ese día había olvidado el manual de
química y tuve que ir por él, así que cambié de ruta, abordé la legendaria ruta
275 Diagonal, ésa que cruza cuatro municipios y que entonces sólo lo hacía por cuatro pesos el pasaje.
Yo tenía todos los problemas de la vida, trabaja para evadir el ambiente
familiar, de milagro “estudiaba” y no tenía tiempo para socializar: casa,
escuela, trabajo, casa, escuela…
Recuerdo que ese día además me
sentía mal, sólo tenía el tiempo necesario para bañarme y salir corriendo, mi
cabello era un nido de pájaros y pude darme cuenta de eso porque en el camión
iba parada reflejándome en una ventana polarizada, no quería verme pero ahí
estaba, me chocaba verme tan ojerosa, tan desordenada, tan sin chiste. Jamás
fui como las demás muchachas de mi edad, yo me refugiaba en los libros y en el
trabajo.
Ese día maldije todo el camino, el camión estaba atiborrado, todos se
repegaban, empujaban, a nadie le importaba que yo no tuviera ni puta idea de
química, que no traía para la comida de ese día, que hacía mucho calor y sin
embargo no quería quitarme la sempiterna
chamarra color olivo que me servía de coraza. Y encima, ese reflejo que me
confrontaba y me decía lo fracasada que estaba. Quise llorar, ahí arriba del
camión, delante de toda esa gente que me estrujaba al pasar, pero me aguanté
por no parecer ridícula.
Entonces el camión hizo su parada
obligatoria en la Basílica de Zapopan y vi cómo una fila infinita de personas
se subía. Ya no cabíamos, yo iba aplastada y pude ver que el último en subir
traía una guitarra, me encabroné más “y todavía se van a subir a cantar” pensé.
El reflejo del polarizado escupía mi enojo, esperaba que comenzara una voz desafinada
a entonar canciones que nadie quería escuchar, mientras pensaba que me vengaría
al no darle nada al trovador (claro, no
traía ni un quinto, puros trasvales).
Pero a las cinco cuadras no escuché nada, así que voltee y lo vi: tenía
la guitarra colgada al hombro y la mirada más dulce y seductora que he visto en
un hombre, me estaba viendo de costado y
sonrío. Yo volví a mi reflejo y me vi fea, mugrosa, enfundada en esa chamarra
tan holgada y quise desaparecer. Habíamos llegado a la Normal, el camión no se desazolvaba
ni siquiera un poco y la gente seguía subiéndose.
Fue él quien desapareció porque ya no lo vi, pensé “ya se bajó” y me
sentí aliviada. No obstante, sentía el peso de una mirada y no lograba
comprender de dónde provenía. Fue hasta que el sujeto que iba a mi lado se
movió y vi en el reflejo el rostro con la mirada dulce, sí, él me estaba viendo
por el polarizado y yo ni en cuenta. Entonces me apené, agaché la cabeza “me
lleva la chingada”. Después pensé, “pero cómo crees que se está fijando en ti”
cuando de repente sólo escuché -¡Amh! ¿Qué ser el ticket?- yo no comprendí
hasta que señaló el boleto del camión.Y entonces sonreí, se me había
olvidado el inminente extraordinario de química, que tenía hambre, que traía
los tenis más feos, que la chamarra color olivo estaba rota.
Se llamaba Alejandro, era gringo de padres mexicanos, venía a ver a su
familia e hizo el verano de aquel 2002 inolvidable. Me cantaba canciones en
pocho con su guitarra, me enseñó a probar la comida china y me regaló las obras completas
de Shakespeare. Ah, y también me partió el corazón.
Sin embargo, hasta la fecha sigo bendiciendo ese manual de química que
olvidé aquel día, porque hizo que yo dejara la ruta 190 que de costumbre tomaba,
para irme a la siempre congestionada 275 Diagonal, para conocer al primer amor
de mi vida.
Paola Sandoval
Paola Sandoval
jueves, 9 de enero de 2014
El héroe
Fue raro, a pesar del embotellamiento, calor canicular y mi pago con transvale, el chofer me sonrió y me dijo "buenas tardes". Seguramente notó mi cara de asombro y casi ni le contesto, sin embargo le devolví el saludo con sonrisa incluida. El semáforo de la avenida no servía y todos los carros y camiones bajaban por una sola calle porque la paralela estaba "en obra". En verdad era admirable, todo el pasajero que se subía al camión era saludado amablemente por el chofer, algunos (como yo) se sacaban de onda, otros ni caso le hacían. Entonces él tuvo toda mi atención: era un señor chaparrito, escuálido, de facciones finas y rizada melena. Sin embargo, el encanto lo tenía en sus ojos, claros y determinantes, le daban carácter a su complexión. También era cafre o quizás la situación así lo ameritaba, pues manejaba a la defensiva en ese caos, no obstante, levantaba a los pasajeros y los atendía con cordialidad. -Uno entre cien- pensé.
Cerca de avenida Revolución se subió él. Volteé a verlo porque escuché que contestaba el "buenas tardes" del chofer con la misma amabilidad rematando con un "gracias hermano". Fue su tono, porque otras mujeres también volteraon para ver a quién le pertenecía ese vocerrón ronco y viril. Y sí, concordaban, él era alto, moreno claro de ojos negros, fuerte (por no decir mamado, tronado) de cuello grueso, barba de candado y vestir casual. Le adornaba una sonrisa coqueta, con dientes parejitos y hoyuelos en cada comisura. Repito, yo no era la única boba. Primero nos encantó con su voz y después con su imagen, pues vi que todas lo veíamos, tanto, que sintió el peso de nuestras miradas y se fue a acomodar a la parte trasera del camión.
Llegamos al centro de la ciudad y el camión se desocupó un poco, no tuve opción más que recorrerme hacia atrás, quedé a un lado de él -es la Providencia- pensé. Entonces, percibí su aroma -¡mmmmmmh!- y me enamoré de sus zapatos perfectamente lustrados. Me empezaron a sudar las manos, comencé a imaginar que él me sacaba plática -ilusa- y mientras pensaba en mis hipotéticas y seductoras respuestas, un olor a tonsol me sacó de la fantasía. Eran dos chavos que acababan de subirse al camión y que para colmo también se acomodaron en la parte trasera (obvio, para no ser vistos con su "mona"). No rebasaban los veinte años, vestían holgadamente, con el rostro desencajado, enjuto y los ojos perdidos. En instantes el camión se impregnó del olor a tonsol, se hizo insoportable el camino.
Cuatro cuadras después el camión se detuvo, el chofer -lo había olvidado- se paró y fue directamente hacia los chavos. "Hey, si se van a tonchar, aquí no, mejor bájense". Por supuesto, el chofer era la autoridad inmediata y estaba en su derecho de pedir eso. Sin embargo, los tonchos se burlaron de él, le dijeron "pinche enano, qué nos haces" y se rieron. El chofer se enojó y les gritó que se bajaran, uno de los tonchos se paró diciéndole "¿qué, puto?" notablemente, el chofer llevaba las de perder en cuanto a la estatura. Yo sinceramente me asusté, me seguían sudando las manos. Todos los pasajeros nos quedamos "de a seis" cuando él, el hombre de mis fantasías, se paró entre el chofer y el toncho, y dijo con aquel vocerrón "¡Como van, bájense cabrones o los bajo!". Sentí que sus palabras me aturdieron. Los tonchos lo obedecieron con fastidio. Ya abajo, le hacían señas obscenas al camión (supongo que a los que íbamos arriba de él). Una señora ya mayor terminó diciendo "qué bueno, por mariguanos".
El chofer le agradeció al hombre de la barba de candado, él contestó con una voz más mesurada "en lo que te pueda ayudar, hermano". El chofer reanudó la marcha del camión, en ese momento él me volteó a ver, no sé cuál era mi expresión que me dijo "no te asustes chica, ya pasó". Volví a poner cara de asombro (o de mensa, que es lo más seguro) y también me quedé a poco de no responderle -¡me está hablando!- pensé, "Sí" dije -¿Sí? ¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿En dónde están tus respuestas inteligentes y seductoras?- y agregué "jamás me había tocado un chofer así de amable como para que estos jayanes le falten el respeto", él asintió con su sonrisa de hoyuelos, el sudor de mis manos era incontrolable.
Una cuadra después se volvió hacia mí y dijo "que te vaya bien"; timbró, el chofer volteó por el retrovisor y le dijo "!gracias carnal¡". Todos los que íbamos en el camión volteamos a ver cómo bajaba, y cursimente pensé: allí va mi héroe, el hombre de mis fantasías-.
Paola Sandoval
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Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.