domingo, 4 de agosto de 2013

Los lectores petulantes

Pues ándale que iba yo muy quitada de la pena y se subió un chavo que me pidió lo dejara sentar a un lado mío. Lo hice (¿tenía opción?). Ya sabes, su look típico de intelectual, con lente de armazón negro rectangular, jeans y camisa de vestir. Me estaba "zorreando" de arriba abajo, y a mí que no me alcanzaba el vestido para taparme más las piernas a pesar de la medias. Yo fingí que ni lo veía, pero el soslayo no me fallaba. Hasta que se hartó y sacó una revista (de ésas, de intelectuales) y se puso a leer, ¿cómo le hacía? no sé, porque el camión iba a puro brinco, pero él no se bajaba de su pose de hombre culto. Adrede, de vez en cuando yo daba un vistazo a lo que estaba leyendo (no entendía ni madres, creo que era algo de historia) lo que puso a mi compañero de asiento alerta y él de vez en cuando me echaba otra miradilla. Hasta que se decidió medirle el agua a los frijoles y preguntarme ¿te gusta leer? Yo contesté que no, ningún trabajo me costaba dar la respuesta más real a eso, pero le dije que no, que la neta me mareaba al leer, pero que sí leía un poquito de vez en cuando. Fue cuestión de segundos, primero hubo algo de decepción en su cara y después algo así como una sonrisa. Y siguieron las preguntas ¿y que lees "bonita"? en ese momento me pregunté, ¿por qué diablos me dice "bonita"? así que decidí inventarme una vida: le dije que me encantaban los libros de Paulo Cohello y Gaby Vargas, que había aprendido mucho de ellos, que estaban "bien bonitos". La cara del intelectual era indescifrable, yo no sé qué esperaba. Pasó un ratito y me volvió a preguntar ¿Y estudias? y yo seguí con mi vida inventada, le dije que no, que nada más había llegado hasta la secundaria. Después de eso, él se soltó como hilo de media, me dijo que era historiador, que si yo quería él me podía recomendar "buenas lecturas". Yo cínicamente, adopté el papel de víctima y le dije que se lo agradecería con el alma. Él, ahora en su papel de héroe al rescate, sacó un papel y un bolígrafo y apuntó tres títulos y un número (supongo que de su celular). Por fortuna yo ya tenía que bajar, le volví a agradecer, él me dio la mano agregando su nombre, soy Edgar y cuando quieras te puedo prestar libros. Me reí, me levanté, me volví a bajar el vestido, me bajé del camión... si supiera...

2 comentarios:

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.