sábado, 25 de febrero de 2023

La parábola del unicornio azul

He de empezar esta historia diciendo que en mi mochila (esa que a veces es bolso, es escudo, es barrera, botiquín y hasta estorbo) siempre cargo toallitas humedas, desinfectantes e íntimas, porque ya saben: la pandemia y la secundaria.

Bueno pues cuando una anda tanto tiempo en los camiones, sabe esto de a qué hora y de cuál lado pega el sol, por instinto o por inercia, calculas el tiempo en el que llegarás por como el chofer conduce o acelera. 

Una llega a una edad en la cual lo mejor que te puede pasar en el día es tener la fortuna de subirte al camión, ese de la ruta que te deja a una cuadra de tu destino, encontrar un asiento vacío en el lado de la sombra, sabiendo que para la hora en la que lo tomas ya viene cargadito de estudiantes y trabajadores del turno vespertino. 

Pues ahí me tienen, llegando a la parada después de una caminata de casi un kilómetro, con el sol de medio día a plomo, como la señora casi cuarentona que soy, con sed y cansancio, después de trabajar y sin chance de desayunar, corriendo porque es probable que pase mi camión, mi instinto me dice que ya casi es la hora.

Y sí, ahí está, avanzando despacito, como si me esperara, veo con toda claridad su derrotero y es el camión que me deja a menos de una cuadra de mi casa. Es como una visión, casi un milagro: el unicorinio azul ante mis ojos.

Pero ante la emoción, pienso, no te apendejes, y corro también por instinto o por costumbre, le hago la seña, se para. Entonces, no sé de dónde carambas sale toda una familia completita con mamá, papá e hijitos que también quieren montarse a mi unicornio azul (yo lo vi primero).

Corro, por instinto, por sobrevivencia, por gandalla. El niño de la familia se me empareja porque lo empuja su mamá, (ella también sabe lo mismo que yo) ¡no chamaco, hoy no! Meto turbo, meto mi mochila, me pisa el niño, desbanco al niño, piso el primer escalón, su mamá deseperada le grita, le ordena: ¡suuuuúbete! 

Ni hago caso al grito que parece reclamo, ya voy en el tercer escalón, ya estoy poniendo mi tarjeta, la maquinita me descuenta mis nueve cincuenta. Escucho un "pinche vieja que se vaya a la verg4" desde una voz masculina, el patriarca ha derramado su maldición sobre mí pero no me importa, porque del lado que da la sombra hay un solo lugar, cómodo y espacioso. Agradezco. Me siento.

Veo cómo la familia se sienta del lado que pega el sol, el señor me sigue con la mirada, me apuñala con los ojos, se sienta y vuelve a decir "pinche vieja".

Una hora más tarde (sí, ya una hora de trayecto y todavía no llego) veo que el señor se para con su hijita en brazos, tapándole la boca con su mano, conteniendo el vómito de su niña con su mano. La gente se hace a un lado, hace caras, pero nadie hace nada. La niña lo llena todo, lo "perfuma" todo. 

De mi mochila saco la bolsita de plástico en la que guardo mis marcadores de pintarrón para que la niña siga vomitando en ella. Saco mi arsenal de toallitas húmedas y se las ofrezco al señor. Me las acepta y me da las gracias. Le ayudo a limpiar lo que puedo. Le ofrezco gel antibacterial para que limpie sus manos, las manos de la niña. El señor quiere regresarme las poquitas toallitas que sobraron, le digo que no.

Se bajan: el señor me da las gracias, la señora me da las gracias, la niña me da las gracias. El niño que me pisó ni me peló.

Ni me alegro, ni nada. Yo solo quería ir sentada después de un día arduo de trabajo porque ya no estoy tan joven, voy lejos y me canso. 

Y todavía no llego.

jueves, 8 de agosto de 2019

Acto de purificación (Los hijos de Onán III)


Paola Sandoval

Siempre había escuchado los cuentos de horror que se viven en el 380, conocida ruta de camiones de la zona metropolitana de Guadalajara, famosa por darle la vuelta al periférico y por sus “maravillosos olores” en hora pico. Y es que no te puedes llamar tapatío si no te has subido una vez en tu vida a bordo del tres ochenta, o del puerco ochenta, o del sexo ochenta, éste último apelativo por los arrimones voluntarios o involuntarios porque ciertamente, el camión siempre va hasta su madre.

Hubo un tiempo en el que trabajaba en Tonalá y la opción más rápida para llegar allá era, irremediablemente, tomar el 380. Y sí, siempre iba lleno, casi nunca me tocaba sentarme, evitaba los arrimones a toda costa, de ahí mi decisión de siempre llevar conmigo una mochila y jamás un bolso de mano: supe que la mochila me serviría de escudo, caparazón o fuerte en medio de la inhumana batalla que luchas con otros desconocidos pasajeros.

Una mañana, al tomar el 380 me percaté de que una vecina junto con su hija también tomarían el camión. Las saludé y una vez arriba, la marabunta de pasajeros se encargaría de separarnos. Como era de esperarse, íbamos paradas, pero a mi vecina le dieron el asiento y gustosa lo aceptó, noté que su hija, una niña de 12 años a lo sumo, iba paradita sin despegarse de su madre.

El viaje se volvió un calvario, gente subía, subía, subía y el conductor sólo era bueno para decir “pásenle por en medio”. Afortunadamente yo iba rodeada de mujeres, ninguna de ellas se me repegaba con saña o mala voluntad, o al menos así lo quería pensar. En medio de ese amontonamiento, el conductor todavía fue capaz de frenar su camión en el tianguis de la colonia Jalisco, largarnos ahí para bajarse por unos tacos de barbacoa.

Cuando por fin me bajé, vi a mis vecinas que también lo hacían por la puerta delantera. Fue inevitable saludarlas de nuevo y de rigor preguntar hacia dónde iban, típico que te responden, “voy a hacer un mandadito” y con eso bastó para saber que no entraría en detalles, pues ¿qué carajos me importaba su destino?

A punto de decirles, “pues que les vaya bien” y bifurcar mi rumbo (o sea, abrirme como birote duro de la Central) la hija de mi vecina dijo horrorizada “mami, me mojé”. Nos paramos en seco las tres, la cara de la niña era indescriptible porque tocaba sus nalgas y no daba crédito a lo que traía ahí pegado, eso viscoso, blancuzco, que tenía entre los dedos, que sólo atinó a decir “son como mocos”.

Mi vecina dio algo así como un grito, yo tenía cara de asco pero supe que lo correcto era quedarme para ayudar, estaba a dos cuadras de mi trabajo, un baño limpio con agua corriente podría aminorar la tragedia o el intento de violación que la niña había sufrido en el puerco ochenta (ahora lo entiendo). Sin embargo, mi vecina me dijo adiós, no dejó que yo hablara o le ofreciera ayuda, obligó a la niña a dar pasos apresurados mientras le ordenaba amarrarse un suéter en la cintura.

Pasaron los años, y como dice el Tri, “las piedras rodando se encuentran”, en una parada de camión volví a encontrarme con la hija de mi vecina, una muchacha guapa y simpática que de inmediato me reconoció y saludó. Sacamos el tema de aquel vergonzoso viaje que compartimos a Tonalá en el “sexo ochenta” (fue ella quien así lo dijo); ya no le hacía meya, ni le causaba escozor la anécdota, de los más relajada me contó que su mamá lloró todo el día, que le trató de explicar qué era aquello a lo que nunca le pudo decir semen, le dijo que los hombres eran malos, que por algo ella no tenía padre, pero lo más asombroso de todo, fue que su madre no lavó, ni tiró a la basura su pantalón impregnado de mecos (también así lo dijo), hizo una fogata en el patio y lo quemó mientras rezaba o maldecía. “Haz de cuenta como si realmente me hubieran quitado la virginidad en el camión”.

Me dio gusto que lo tomara en ese tono y que no viviera traumada de por vida. Yo desde entonces, evito tomar ese camión.

sábado, 17 de noviembre de 2018

En el andén del tren

Una pensaría que a estas alturas, cuando una ya está gorda, cansada, ojerosa y sin ilusiones, ya no pasa nada más que la vida, y en la rutina de tomar el tren y regresar a casa con el pensamiento deshilachado y el espíritu apretujado, en el andén de enfrente una mirada me siga, me instigue, me busque (no, no es a mí) y aunque cambie de posición, me persigue, me sonríe, me asombra (sí, es para mí, qué raro es esto) el tren arranca y giran las miradas, se incendian. Y se apagan.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Crónica camionera: Refugio

Me fui a trabajar ya con el estómago sensible, me duelen todas las articulaciones y hoy fue uno de eso días en los que mi tolerancia a los ruidos es casi nula. Comí el desayuno más horrible e insaboro de mi vida. Salí muy tarde de trabajar y tenía que ir a pagar los impuestos del mes. Pero el colmo, fue llegar al cajero y no ver los fondos que tenía previstos, vacío la  cuenta, pago los malditos impuestos e indago: me botaron un cheque que deposité la semana pasada y a ver cuándo me lo reponen, en el lapso de la indagación, el estómago me hace más estragos y en los bancos no hay baños para variar. Vencida, decido irme a casa antes de sufrir un accidente, pero mi casa queda muy lejos y hoy me pareció más lejana, y sí, maldije vivir ahí, porque cuando una está encabronada no repara en lo que piensa. También maldije a quienes no hacen bien su trabajo y los apuros en los que me meten, mi cuenta en ceros pero los pinches impuestos llenándole el bolsillo a alguien más, pago un carro y de qué me sirve tenerlo si me da pánico manejar, caminar y esperar (e s p e r a r) para tomar el camión y la revolución en mi estómago. Nunca pasó, decido tomar doble, me duele el cuerpo, la cabeza, para cuando bajo del primer camión ya estoy mareada, por fortuna viene el segundo y aparece él, todo amable, pulcro, correcto, dando las buenas tardes a pesar de mi cara de gorgona, se espera a que me siente, saluda a todos los pasajeros, los baja con amabilidad, a una señora con muchas bolsas de tianguis le dice que se siente, que él la baja cuando el camión esté completamente parado, que su mamá también anda en camión (pienso en mi madre hecha cenizas), su amabilidad me relaja, me anima un poco, estoy a salvo en ese camión Premier 710. Gracias.

Ojalá ustedes también se lo encuentren en su viajes.

miércoles, 26 de abril de 2017

Flashazos



Yo lo atraje y él a mí. Lo supe desde que me vio, con calma, a su antojo, sin reparos. Subir a aquel camión de escalinata tipo Gaudí fue complicado, nada glamuroso, él debió ver cómo me aferré a los tubos para no caer ¡qué vergüenza! Tuve que alejarme de él, de sus ojos, de sus lindos ojos detrás de sus lentes que le daban un toque bohemio. La tarde era rara, no sé cómo explicarlo, a pesar del exabrupto de mi subida al camión, en él había calma y la luz que se filtraba por las ventanas impregnaba todo como si fuera un filtro de instangram.

Cuadras más adelante se subió una señora bajita que casi y se nos mata en la escalera de ascenso, ésa que le hubiera gustado a cualquier surrealista por su “estética”, la pobre tropezó y pegó en uno de los tubos. Él se paró de inmediato para ayudarle, la levantó y le cedió su lugar. Todos los pasajeros vimos eso como algo loable, estúpidamente pensé que de haberme caído él me hubiera ayudado y quizás… ¡No! 

Él buscó un asiento qué ocupar, había muchos disponibles, pero me volvió a encontrar y fue directo hacía mí, yo, como siempre, cuándo no, abrí mi bolsa e hice como que buscaba algo para evitarlo, él se sentó justo atrás de mí, yo sentía cómo respiraba, a qué olía y esa maldita luz dorada que le daba a todo el margen perfecto para una conversación, para un devaneo amoroso… ¡Dale, que no!

Pero sonó un celular, el suyo, contestó: Bueno… bueno… papá, es que casi no te escucho, está algo madreada la señal… sí, dime… … sí, fue mi mamá, pero no se la quisieron dar, le pusieron muchas trabas… sí, ella está bien, regresó desilusionada pero está bien… oye, ¿quieres ir a desayunar mañana..? A donde tú digas, sí y platicamos mejor… sí, yo te aviso papá, no te preocupes papá… mañana yo te llamo… gracias… sí papá… hasta mañana… te amo papá… Colgó.

Para mí fue hermoso escuchar ese último “te amo papá” viniendo de un hombre, yo sabía que la tarde tenía algo extraño, que ese camión estaba como sacado de un cuadro y que él era especial, que de no haberme escondido en el fondo de mi bolsa quizás y hubiésemos hablado, aunque sea para agradecerle por lo que hizo con la señora, para decirle que era adorable, para…
Me paré, lo vi, él me sonrió, se ajustó los lentes, sonrío como si lo fueran a fotografiar, timbré y me bajé.

Paola Sandoval

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hipocresía (por favor, no interrumpan a los lectores).

5:04pm /De verdad, suelo ser muy social, me gusta platicar con las personas, yo soy de las que va platicando con los taxistas, con las señoras en el camión.
Vine a hacer un trámite y al llegar me dicen que hasta la 5:30 de la tarde me atenderán. Llegué a las 3:50 ¿Qué hago? Pensé por un momento en ir a la casa de mi prima Esther, pero desde el sábado mi rodilla es un problema y yo ando muy guapa de medio tacón, imposible caminar 10 cuadras de ida y de venida.

Pensé en ir a comer, tomarme un café aquí en la esquina, pero sorpresa, no cargué más dinero, según yo no iba a tardar tanto, fui a la tienda más cercana y compré una botella de agua y un paste de champiñones, todo por 21 pesos (insuperable), el gozo fue mayor porque el paste estaba delicioso. Así que me senté, me lo comí, lo disfruté, hablé por teléfono con mi herma, saqué mi libro en turno y me puse a leer en santa paz.

Poco después llegó un compañero del trabajo, alguien que de entrada no me cae bien, pero pues qué hago... Me saludó (milagro, en la escuela no lo hace) lo saludé, y como era de esperarse, se sentó a mi lado. Adiós a mi lectura, se puso a checar facebook y está viendo todos los videos con el sonido en alto, se ríe estrepitosamente, tose, me molesta.

5:24pm /Preferí cerrar mi libro y comenzar a escribir esto para evadirlo, en este lapso, me enseñó dos videos (chistosísimos según él), pero no me habla, no entabla una conversación.

5:28pm /Lo bueno es que ya casi son las 5:30.

Paola Sandoval

miércoles, 19 de octubre de 2016

Fornofantasy




Abrió los ojos y sabía que era tarde, sin embargo perdió la noción del tiempo al sentir la suavidad en sus manos, en sus nalgas, se supo desnudo entonces y un fino sudor le cubría el cuerpo por completo. Quiso levantarse pero se bamboleaba sin poder lograrlo, resbalaba cadenciosamente por esa superficie de protuberancias y declives que se asemejaba a un colchón de agua. Pronto pudo asirse de lo que pensó sería una piedra, pero su sorpresa fue grande al ver que se trataba de un turgente pezón que emanaba gotas de perfumado óleo. Alzó la cabeza y vislumbró en el horizonte una infinidad de senos enormes con su infinidad de pezones, todos ellos erguidos únicamente para él. Su erección no se hizo esperar, su pene era tan largo y ancho como el cayado de Aarón, ése que en algún pasaje bíblico se convirtió en serpiente y se tragó a otra en garantía de milagro. Pero el prodigio aquí radicaba en su falo, insuperable en dureza, tan largo como cualquiera de sus extremidades. No era lógico, pero era real, ahí estaba tan obediente y feroz como perro de pelea. El hombre, trípode ahora, pudo asirse, tenía un soporte extra.
   Súbitamente resbaló en una atmósfera de gemidos encabritados, le temía a las bajadas pero era placentera la mezcla de vértigo y la sensación de los pezones rosando en su espalda. Cayó en un río espeso y rosado, la viscosidad del oleaje secuestró sus fosas nasales, olía a vinagre y vainilla. Salió a flote y pudo ver que cuesta arriba dos arcángeles de vergas enormes eyaculaban sin cesar alimentando el caudal del río. Nadó apaciblemente, sin prisa, fluyendo en el divino semen, contribuyendo con el suyo.
   Llegó a la orilla donde siete mujeres lo aguardaban, gustosas lo lamieron y lo condujeron al sendero de un bosque donde las ramas lo flagelaban. No eran ramas, eran látigos de piel y caucho que pendían graciosamente de los árboles. Mientras más corría los látigos lo azotaban hasta sangrarlo, su “perro de pelea” reaccionaba satisfactoriamente, como no lo hacía desde hace años.
   Al final del camino una mujer gigante lo esperaba y le invitaba a subir a su cuerpo que era el mundo. Sólo vestía medias de corte cubano sostenidas por cilicios a manera de liguero. Quiso verle la cara, pero en su lugar sólo encontró un gran lente fotográfico. La cíclope lo colocó en medio de sus senos-volcán a punto de erupción. Explotaron. Una delicada lluvia de leche y miel le perlaba la piel. Paladeaba. Y en su mente la Tierra Prometida, esa que no supieron interpretar sus maestros, la que nunca conoció Abraham porque es metáfora y sólo eso.
   La cíclope se desvanecía dejando ardor en la insurrección de carne. Un niño recostado en un pesebre repetía con aparente enfado: “tomar y coger todos de él, porque éste es tu cuerpo...

   El estruendo de las campanas lo espantó. El sopor de la húmeda sacristía lo enervaba. El niño le tiraba de la manga de la sotana:
–Padre, padre, despierte, ya es hora de la misa.


Paola Sandoval



Crónicas desde lo cotidiano

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.