No tengo idea de lo que dura un semáforo en alto. Ni quiero indagar en ello. El camión venía hasta su madre y el chofer con característico temple nos decía “recórranse por en medio, que atrás hay lugar”, (hasta el momento, yo no he visto que alguien en un camión se recorra por arriba o por abajo, pero pienso que el chofer fue claro por si llegara a existir un osado que intente lo contrario). La gente estrujaba, apretaba, embarraba. No pedía ”con permiso” porque nadie era merecedor de tal cortesía en esa lata, la cosa era muy democrática pues. Lo cierto es que el tráfico era insufrible y todos querían llegar.
Yo moría de hambre y ya no aguantaba mis entaconados pies, todo el camino parada y ninguna alma cándida que me cediera el asiento. Me sentí indignada. Fue entonces que hubo un alto porque el semáforo así lo marcó. Cual princesa que se asoma por atalaya, observé por la ventana: abajo, por el carril de alta, una camioneta de redilas esperaba con ansia el siga. Siete fulanos iban en la caja y tres más afortunados en la cabina. Era claro que venían de la “chamba”, sus jeans decorados con mezcla los delataban. Uno de los que iba en la cabina le pegaba la mordida a un lonche monumental. Me imaginé que sería de frijoles con panela, y no de jamón, mucho menos de huevo. Tenía hambre y mi cara también me delataba.
El afortunado del lonche se supo observado, giró rápidamente para ver de dónde venía el flechazo y entonces me vio. Bastaron tres segundos para que tomara la decisión de pasarle el lonche a su adlátere y bajarse la bragueta.
Yo no sé si mi cara de hambre sea igual a mi cara de lujuria o viceversa. Pero ese inhiesto “lonchecito” ¡sí era de huevos! Lo peor (o mejor del caso) es que ninguno de los pasajeros se daba cuenta de la maniobra y los compañeros de mi “personal Onán” festejaban la hazaña cual “arlecchinos” de distinguido castillo. Se vino… el verde en el semáforo y fluyó el carril de alta velocidad.
Se me quitó el hambre y hasta lo cansado.
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