miércoles, 28 de octubre de 2015

Lobo de ojos color avellana



Ella hace mucho que dejó de ser él. Quiere que la llamemos Angie y corta el cabello de manera estupenda. Una soporta los jalones porque su fuerza sigue siendo la de un hombre, pero no importa, porque el cabello es algo que se tiene que domar y ella tiene el don con el mío, que es traicionero y voluble. Lo malo de ir a su estética (para mí, aunque suene egoísta) es que siempre, todos los días, tiene muchos clientes y claro, clientas también, pero son más los caballeros que frecuentan su local y una, se acostumbra a hacer fila entre ellos. Angie nunca dice que no, sólo que la esperes un poco, y en realidad es rápida haciendo su trabajo, además acertada, por ello vale la pena hacer "cola" mientras ojeas una Vogue y navegas entre el Ange ou demon de Givenchy y la última colección de bolsos Balenciaga.
Ayer no fue la excepción, tenía un corte, un depilado de cejas y cuando le pregunté que si tenía chance de despuntarme, me dijo que sí. Tomé la revista, comencé a leer, o mejor dicho, a ver y entonces me percaté que había un carro con el estéreo a todo volumen afuera, racargados sobre él dos muchachos, yo los vi de reojo e incluso me molesté, pues tenían música de norteño a todo volumen, tomaban cerveza en lata y platicaban a distancia con Angie, deduje que eran sus amigos pues entraban y salían a placer de la estética, se secreteaban con ella y volvían al carro. 
Noté que repetían y repetían una canción, uno de ellos cantaba estrepitosamente, como si quisieran que lo escucharan:

Por pensar que tú volverías conmigo,
y saber que ahora tú ya tienes abrigo, 
aquí se va muriendo mi alma
y va creciendo este vació en mí
que no lleno con nada.

Entonces dejé de perderme en las páginas de la Vogue y a concentrarme en la letra de la canción:  

es tu amor el que no me deja vivir,
el que no puedo resistir,
pues muy adentro se quedó
como una luz que nunca se apagó
como la noche eterna, que nunca amaneció.

A pesar de la voz chillante del cantante, me pareció hermosa la letra y el que cantaba estrepitosamente hasta me sonó afinado. Fue cuando voltee a verle: no estaba tan joven como yo esperaba, se podría decir que era casi un hombre de mi edad, vestía bien, con su cerveza en la mano y sus ojos color avellana. Él sonrió cuando lo vi, pensé, esté es así con todas; Angie se reía desde adentro y le decía "qué cabrón eres, ya te dije que no" a lo que él contestó "no me importa, chicle y pega":  

olvidar, cómo es posible olvidar,
la única vez que supe amar y ahora
tengo que renunciar, 
a lo más bello que jamás sentí,
pero ahora solo hiere y tú
ni te acuerdas de mí.

El tipo seguía cantando y sonriendo, se veía más animado. Angie me sorprendió al decirme que ya me tocaba, a pesar de que había más clientas adelante de mí. Me senté, le dije cómo quería mi corte y comenzamos a platicar. Me decía que había roto con su novio y yo le dije que lo bueno es que tenía muchos galanes en puerta, aludiendo a los que repetían y repetían la canción. Ella se río. Vi entonces que el sujeto entraba más a la estética hasta que de plano se sentó justo atrás de nosotras, en la silla del shampoo. Angie le decía "salte cabrón, me pones nerviosa" y él sólo se reía mientras le brillaban sus lindos ojos color avellana, sí, eran muy lindos y a mí me daba una pena terrible ir vestida de tenis y camisa, porque era cierto lo que Angie decía, nos ponía nerviosas, era intimidante. Me percaté de que el sujeto veía directamente al espejo, a mi reflejo mientras cantaba:  

porque la vida no me dice nada,
porque tengo temor a las miradas,
aquí, se va muriendo mi alma
y va creciendo cada día más,
el cielo de mi esperanza…

Angie terminó mi corte, el tipo se salió con su camarada. Le pagué, me despedí y ella reía también, le pregunté ¿qué pasa? ella sólo me dijo, “nada, cuídate de los lobos”. Salí perpleja del lugar sin entender. Ya en la calle, escuché “que te vaya muy bien, mi vida…”, me acalambré, sabía que esas palabras las decía el dueño de los ojos color avellana. No quise voltear, porque estaba casi segura que me petrificaría en estatua de sal; avancé unos pasos y alcancé a escuchar que Angie decía “ves, te dije que no te haría caso, ella está casada”. Apresuré el paso y entonces comprendí estas líneas:

 como una luz que nunca se apagó,
como la noche eterna, que nunca amaneció.

Paola Sandoval

lunes, 27 de julio de 2015

De Mozart a Los Simpsons y guapos amargados



El camino a casa transcurría entre la ciudad abierta, descompuesta por las obras del Tren ligero, el caos de las máquinas y ese calor húmedo que anuncia una lluvia que no quiere caer. Yo intentaba dormirme pero en eso, se subieron dos muchachos al camión con una par de violines, bastante animosos ellos nos dijeron que interpretarían a Mozart, los pasajeros que íbamos no hicimos ni el mínimo aspaviento ante tal declaración.

Y comenzaron, a mí se me fue el sueño y por un momento olvidé que iba en un camión contrahecho, al que todo le sonaba, al que todo le olía, se me olvidó que sentía calor, se me olvidó ver el paisaje herido de la ciudad más allá de la ventana y me entregué a la efusividad de la Serenata Nocturna. Entonces fue que mis ojos repararon de nuevo en los pasajeros y me sorprendí ante su ataraxia, pareciera que en ellos no cambiaba nada, es más muchos llevaban los auriculares puestos, sin embargo había un pasajero que desde su asiento veía y escuchaba a los violinistas con fascinación y embeleso, me causó ternura su boca semiabierta, sus ojos bien abiertos, su disposición a la música y su edad, no mayor a los diez años.

Los jóvenes violinistas sabían de su admirador y fueron a tocar cerca de él. Es indescriptible la cara que el niño puso cuando los músicos caminaron hacia su asiento. Terminaron su interpretación y el niño aplaudió, junto con su mamá que decía “bravo” y claro, yo también me les uní. Al ver esto, los jóvenes tocaron la canción de Mario Bros y también la del Chavo del 8, para finalizar con la introducción de Los Simpsons. Como era de esperarse, pidieron dinero a los pasajeros y fue grato ver que la mayoría de éstos sí les dieron. El par de violinistas se bajaron y escuché que el niño le decía a su mamá: -luego me compras uno de ésos, para tocar música-. El camión siguió su marcha y mi sueño se convirtió en pesadez, mientras que mi pequeño amigo comenzó a silbar el inicio de la Serenata Nocturna una y otra vez... (estaba emocionado pues).

Unas cuadras más adelante, observé que se subían un muchacho con la que parecía ser su madre. Era bastante guapo, alto, muy serio y me agradó ver que era él quien cargaba la bolsa del mandado y al haber sólo un asiento, le dijo a la señora que se sentará, mientras él quedaba de pie. No habíamos “caminado” ni tres cuadros cuando vi que el muchacho guapo, dirigió su mirada hacia atrás, observó al niño y con gran estrépito le grito -¡Shhhhhhhhhh, ya cállate!-.

El niño paró en seco, la mamá puso cara de extrañamiento y yo sentí como una patada en el estomagó. Siempre he sido muy impulsiva y en verdad me he prometido frenar esas reacciones en mí, pero en esta ocasión fue tanto mi coraje que yo también grité -¡es una lástima ser tan joven y tan amargado!- voltee a ver  mi pequeño cómplice y le dije -y tú hijo, no permitas que te calle gente sin importancia-.

No me di cuenta de que los pasajeros también estaban viendo y escuchando. El muchacho me veía con odio, pero no dijo nada, se desocupó un asiento al lado de su madre  para después dormirse en él (o hacerse el dormido).
El niño junto con su madre se bajaron una cuadra después, él me dijo -¡adiós!- Y yo respondí -qué les vaya bien- mientras pensaba “Ojalá que sí te compren tu violín”.


Paola Sandoval

domingo, 17 de mayo de 2015

Crónica chilaquilera

Es bien sabido por todos ustedes que a mí me encantan los chilaquiles. Esta mañana fuimos mi esposo y yo a desayunar y había demasiada gente, aun así encontramos una mesa vacía y nos sentamos, a leguas se veía que la acababan de desocupar pero no estaba sucia, si acaso un trapazo y ya estaba lista. Nos gusta ir a comer ahí porque nos queda en el mismo barrio (Santa Mariguanita, perdón, Margarita) los chilaquiles son deliciosos, están bien servidos y el precio es accesible, sin embargo, la selecta perrada de Valle Real y feudos circunvecinos también lo saben y ha sido común ver que, de ser una fonda popular, de repente haya subido a la categoría casi casi de café Bistró. Así que ya imaginarán a la gente que asiste a desayunar, que son capaces de darse un baño de pueblo por un buen plato de chilaquiles. 
Volviendo a la mesa, vimos que llegó una despampanante pareja que de inmediato se dirigió a la dueña-patrona-cacique del lugar y ésta honorable matrona se dirigió a la mesa que quedaba a nuestro lado, la cual acababa de vaciarse, en ella únicamente dejó dos sillas (no se le fuera ocurrir a alguien sentarse ahí también) y de manera bastante déspota le gritó al mesero que a nosotros ya nos había atendido "¡Jaime! (para acabarla de chingar se llamaba Jaime) limpia esta mesa, pero movidito". Mi esposo y yo los quedamos sin palabras, la pareja de principitos de Dinamarca (sí, porque como diría Shakespeare, ahí algo huele a podrido) no se atrevieron ni a sentarse y miren que su mesa estaba más limpia de como encontramos la de nosotros.
La dueña de la fonda gritó en dos ocasiones más, y el pobre Jaime ya corría de una mesa a otra. Tanto fue el enojo de mi esposo que en ese momento quiso retirarse, pero yo le dije que se calmara, que iba a escribirle una nota al final de nuestro desayuno. Por fin, Jaime limpió la mesa de los comensales influyentes y escuchamos que ellos le ordenaban al mesero en el mismo tono en que le ordenaba la dueña, o sea que como diría mi papá "la mierda se junta con la cagada".
Diez minutos después llegó nuestra orden y yo pensaba en las palabras que dejaría al finalizar de desayunar, en una de esas Jaime se acercó para preguntar si nos faltaba algo y nosotros aprovechamos para decirle que no se dejara tratar así por su patrona, que como diría mi tía Chuyita, ésa sí era una "¡zaz, culera!", a Jaime le dio una risita nerviosa y sólo nos dijo que "así era ella", que ya se había acostumbrado.
Terminamos, yo le daba el último sorbo al jugo de naranja cuando vi que en el fondo del vaso algo subía y bajaba, pensé que eran semillas pero no, se trataba de esos pequeños gusanos blancos que salen en la basura, y para ser exacta había tres nadando en lo que quedaba de jugo. Mi esposo vio mi cara de asco y preguntó "¿qué?", me quitó el vaso y observó, puso cara de encabronamiento, buscó en toda la fonda, ubicó a la dueña, se dirigió hacia ella y a un metro de distancia le dijo, "señora, este jugo tiene gusanos". La mayoría de los comensales voltearon a ver, los príncipes de Dinamarca dejaron de comer, la señora tomó el vaso, lo revisó y puso peor cara: de emputecimiento.
La pareja despampanante pidió la cuenta de inmediato. Dos minutos después, la dueña de la fonda fue hacia nuestra mesa, nos pidió una disculpa y nos dijo que nuestro consumo corría por su cuenta.
Mi esposo buscó al mesero, a Jaime, le dejó su propina y le dijo "y no te dejes viejo".
Saliendo de ahí, le dije a mi esposo "ves, sin querer vengaste al mesero". Y yo, ahora que escribo esto tengo una duda: ¿cuántos gusanillos me habré tomado?

domingo, 10 de mayo de 2015

El actor

Que al subir al camión, te des cuenta de que el chofer es guapo hasta el arrepentimiento, te quedes pasmada viéndole, y para disimular tu paroxismo, preguntes tartamudeando si el camión va a tu colonia, como si no lo supieses de sobra.
Y él sonríe, no por ti o contigo, sino de saberse guapo, saberse actor principal de escenas como ésta una y otra vez. Y tú, aprietas el paso hacia el asiento más lejano y una vez sentada, él te llama para decirte que olvidaste el cambio... y tu boleto. Caminas hacia él, medio viva, medio muerta de vergüenza, tomas tu dinero y boleto, se rozan las manos, se encuentran los ojos a través del retrovisor y es entonces, que ves que uno de los botones de tu blusa se ha desabrochado, ve tú a saber desde cuándo. Y él sonríe, como si hubiese ganado un Óscar, y tú... como si hubieses sido nominada a la peor actriz de reparto.

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.