No me di cuenta. Sólo pagué mi pasaje, me recorrí, encontré un asiento vacío y me senté. Lo típico, lo cotidiano transcurría, el camión llegaba al Centro y se llenaba de estudiantes, de señoras con niños en brazos. Yo veía al señor que estaba sentado frente a mí, -viejo sátiro, buitre- pensaba, parecía perro por como veía a las muchachas a través de la ventana, hasta daba golpecitos en el vidrio para hacerse notar. -pobre, debería lavar mejor su camisa, mira nomás que cuello tan negro-. La gente se seguía apretando más, había unas cuantas resentidas de pie, que de vez en cuando lanzaban sus miradas de odio a los afortunados que íbamos sentados. Me sentía intranquila. Empezaba a creer que me estaba obsesionando con el collarín de mugre del viejo buitre, cuando escuché que un par de chicas –de las resentidas- decían “pero está guapísimo, mira, ya se quitó los lentes y está volteando para acá” y luego se reían nerviosas. Yo seguía pensando en que si no le incomodaba la mugre en el cuello al “señor”, mientras él seguía de galán irredento con sus golpecitos en la ventana.
Ya no me incomodaban las miradas matadoras de las damas resentidas, había algo más que me inquietaba. Ya se había bajado el galán del collarín negro y me seguía sintiendo extraña. De pronto supe, volteé hacía el retrovisor. El chofer me estaba mirando, era a mí y no al par de mensas de risa nerviosa -que ya se habían sentado justo delante de mí-. Aunque era inevitable ponerse nerviosa ante un hombre así, tenía un aire europeo, como de casanova italiano. Sus lentes “Ray Juan” –porque a leguas se veía que no eran originales- a él, se le sentaban muy bien, lo hacían irresistible. Él me observaba fijamente por el espejo retrovisor. Las chicas se dieron cuenta de ello, estaban aún más resentidas, cuchicheaban molestas. –y yo que vengo hecha un estropajo, carajo-. Sin embargo, su mirada no era halagadora, al contrario, era fiera. Me puse nerviosa. Las muchachas resentidas, ahora coqueteaban más y se reían a boca abierta. El tipo ni las pelaba, su mirada era sólo mía. Comencé a sudar, siempre sudo cuando estoy nerviosa. Traté de distraerme, de verles las narices a los que iban de pie. Fue imposible, él insistía. Me estaba azorrillando y dije –no, eso no, es lo peor- y volteé a verlo basilíscamente.
Él se río y movió ligeramente la cabeza, como desaprobando mi reacción -¿se está burlando?- ya casi me bajaba. Por razones obvias, me fui a la puerta de atrás. Timbré y el camión no se paró, volví a timbrar, el chofer dijo “por adelante” yo musité –ah, qué huevos- pero me temblaban las piernas. Llegué a la puerta delantera, nos vimos cara a cara mientras él paraba el camión. Era más guapo de frente, creo que me dio un ligero escalofrió. Él lo notó y dijo “oiga señora, le faltó un peso” y yo -¿qué?- y dije “no es cierto, te lo di completo, siempre traigo el dinero justo” mientras pensaba –no estás para saberlo, pero soy una obsesiva compulsiva que siempre carga el pasaje justo antes de subirse al camión. No sé qué me dolía más, que haya dicho “señora” o que su coqueteo barato me retenía sólo por un mísero peso. Pero no era coqueteo –nunca lo fue- porque dijo “gente lacra” mientras yo bajaba.
Ya ni le pude reclamar, ni defenderme, en cuantito me bajé, aceleró y se fue. Indignada, metí las manos a los bolsillos del pantalón y sentí que algo me traicionaba: era el peso faltante. El chofer tenía razón, sólo le había dado cinco pesos sueltos. No me di cuenta.
Y así, con las manos en los bolsillos, me vi reflejada y contrariada en un ventanal –con esta facha, ¿cómo ibas a crees que te estaba coqueteando?