domingo, 25 de agosto de 2013

Final feliz

Es bonito que siendo las seis de la madrugrada, en el camión se escuchen las canciones de Juan Gabriel cuando era jovencito, guapo y aún daban ganas de "darle un paletón". Qué bueno que corrí para alcanzarlo, valió la pena la gordibofeada, porque además cuando me subí el chofer me dijo con una voz varonil que electrizó mi piel: "súbete mija, que hay muchos lugares". Jamás me imaginé decir esto en un camión pero...

¡Buenos días a la vida, buenos señor sol!

jueves, 8 de agosto de 2013

Miradas

Una se sube al camión y de pronto es el centro de las miradas de guapos, viejitos, jóvenes, hombres maduros de insuperable galantería. Y una se siente de nuevo sensual, simpática, agraciada y bien... hasta que una doñita se acerca muy amable y te dice "mija, traes tu cierre abajo". Y una pela los ojos, aprieta los labios, agradece y se da cuenta de que todos escucharon, inclusive el chofer.

Ya no soy sensual ni atractiva, sigo siendo la misma pasajera de antes, ahora con el cierre en su lugar.

lunes, 5 de agosto de 2013

El matapasiones

Sintió horror al ver la transparencia de la ventana, todo ese derroche de luz que dejaba pasar al cuarto. Mientras él colocaba los doscientos setenta pesos, equivalentes a ocho horas de placer sin interrupciones, sobre la cilíndrica y giratoria charola de metal, ella corría enérgicamente la opaca cortina que decapitaría por completo la luminosidad entrante. Ella pensó que con eso bastaría, pero tristemente se dio cuenta de la presencia de un amplio y extenso espejo sobre una de las paredes, que ineluctablemente reflejaba todo lo habido en la habitación, especialmente la enorme cama que al entrar la sorprendió. La atacó el pánico al percatarse del insolente espejo colocado de manera siniestra en el techo, se sintió perdida. Para esto, Arturo ya se había desvestido por completo, con una velocidad increíble y desproporcional para su vasta corpulencia, que tendía prodigiosamente a desparramarse por lo ancho. La nausea se desbordó por la boca de Rosalinda, al ver las amarillentas protuberancias agolpadas en la circundante espalda de su amado que, complaciente, observaba la graciosa danza que sus dedos, cuales mariposillas, ejecutaban alrededor de su escroto. 

Lo peor, contaría ella después, no fueron los filmes pornográficos que trasmitían sin parar por el televisor, sino el terror de tener que desnudarse, así, sin más, y descubrir que esa tarde, ella traía puesto su brasier más cómodo pero también el más viejito… el más desgastado… el más percudido… el de los hoyitos… el que compró en el tianguis por 40 pesos… el gris que alguna vez fue blanco… Y como le diría el mismo Arturo en ese momento “el mata-pasiones” en un sintagma de “te pasas pinche gorda, ése es mata-pasiones”. Rosalinda, dejando de lado la vergüenza, que ya la había hundido dos metros bajo tierra, dijo resueltamente: Aquí el único “mata-pasiones” eres tú pendejo. 

Sí, la primera vez en un motel es inolvidable.

domingo, 4 de agosto de 2013

Incendios

Venía del Seguro, con más dudas que respuestas en la bolsa, pero conforme. Desde que me subí al camión me percaté, me veían con sigilo, con atención. Me siguió con la mirada, con un descarado recato inexplicable. Yo disimulé, lo veía de soslayo, pero él se volteó para verme de frente. No sé qué cara puse, hice alguna mueca, me quise reír, pero me acordé de que la coquetería ya no es para mí. Él insistía con su mirada y a pesar de eso, no me era incómoda, hace tiempo que ya no me veían así. Entonces pude notar que sus facciones eran recias pero agradables, apiñonado, deportivo, ojos olivo. Me sentí tonta, torpe; me puse seria: él seguía. “Éste me está cogiendo con la mirada” pero no me sentía mancillada, ni apenada. De pronto se volteó, miró por la ventana y se levantó. Se bajó por adelante, conocía al chofer, algo se dijeron. “Está grandote…” Volteó de nuevo hacia mí, “fue su mirada incendiaria” como diría López Portillo (el escritor). Pidió la bajada, algo se retorció dentro de mí. Antes de bajar, me vio directamente, los demás pasajeros se dieron cuenta, tardó en bajar sólo por verme. Sé que quiso decir algo; su andar escalonado se volvió plano.

Ahora yo volteaba a la ventanilla, él desde la banqueta, desde sus ojos olivo siguiendo la marcha del camión. Mi mejor sonrisa la merecía. En un instante las miradas convergieron, en un instante bifurcaron. El también sonrió y yo me perdí en la ciudad con mi “pudor” a salvo.

Sí, Cortázar tenía razón: que lo fantástico me asalte a la vuelta de la esquina.


Retrovisor

No me di cuenta. Sólo pagué mi pasaje, me recorrí, encontré un asiento vacío y me senté. Lo típico, lo cotidiano transcurría, el camión llegaba al Centro y se llenaba de estudiantes, de señoras con niños en brazos. Yo veía al señor que estaba sentado frente a mí, -viejo sátiro, buitre- pensaba, parecía perro por como veía a las muchachas a través de la ventana, hasta daba golpecitos en el vidrio para hacerse notar. -pobre, debería lavar mejor su camisa, mira nomás que cuello tan negro-. La gente se seguía apretando más, había unas cuantas resentidas de pie, que de vez en cuando lanzaban sus miradas de odio a los afortunados que íbamos sentados. Me sentía intranquila. Empezaba a creer que me estaba obsesionando con el collarín de mugre del viejo buitre, cuando escuché que un par de chicas –de las resentidas- decían “pero está guapísimo, mira, ya se quitó los lentes y está volteando para acá” y luego se reían nerviosas. Yo seguía pensando en que si no le incomodaba la mugre en el cuello al “señor”, mientras él seguía de galán irredento con sus golpecitos en la ventana.

Ya no me incomodaban las miradas matadoras de las damas resentidas, había algo más que me inquietaba. Ya se había bajado el galán del collarín negro y me seguía sintiendo extraña. De pronto supe, volteé hacía el retrovisor. El chofer me estaba mirando, era a mí y no al par de mensas de risa nerviosa -que ya se habían sentado justo delante de mí-. Aunque era inevitable ponerse nerviosa ante un hombre así, tenía un aire europeo, como de casanova italiano. Sus lentes “Ray Juan” –porque a leguas se veía que no eran originales- a él, se le sentaban muy bien, lo hacían irresistible. Él me observaba fijamente por el espejo retrovisor. Las chicas se dieron cuenta de ello, estaban aún más resentidas, cuchicheaban molestas. –y yo que vengo hecha un estropajo, carajo-. Sin embargo, su mirada no era halagadora, al contrario, era fiera. Me puse nerviosa. Las muchachas resentidas, ahora coqueteaban más y se reían a boca abierta. El tipo ni las pelaba, su mirada era sólo mía. Comencé a sudar, siempre sudo cuando estoy nerviosa. Traté de distraerme, de verles las narices a los que iban de pie. Fue imposible, él insistía. Me estaba azorrillando y dije –no, eso no, es lo peor- y volteé a verlo basilíscamente. 

Él se río y movió ligeramente la cabeza, como desaprobando mi reacción -¿se está burlando?- ya casi me bajaba. Por razones obvias, me fui a la puerta de atrás. Timbré y el camión no se paró, volví a timbrar, el chofer dijo “por adelante” yo musité –ah, qué huevos- pero me temblaban las piernas. Llegué a la puerta delantera, nos vimos cara a cara mientras él paraba el camión. Era más guapo de frente, creo que me dio un ligero escalofrió. Él lo notó y dijo “oiga señora, le faltó un peso” y yo -¿qué?- y dije “no es cierto, te lo di completo, siempre traigo el dinero justo” mientras pensaba –no estás para saberlo, pero soy una obsesiva compulsiva que siempre carga el pasaje justo antes de subirse al camión. No sé qué me dolía más, que haya dicho “señora” o que su coqueteo barato me retenía sólo por un mísero peso. Pero no era coqueteo –nunca lo fue- porque dijo “gente lacra” mientras yo bajaba. 

Ya ni le pude reclamar, ni defenderme, en cuantito me bajé, aceleró y se fue. Indignada, metí las manos a los bolsillos del pantalón y sentí que algo me traicionaba: era el peso faltante. El chofer tenía razón, sólo le había dado cinco pesos sueltos. No me di cuenta.

Y así, con las manos en los bolsillos, me vi reflejada y contrariada en un ventanal –con esta facha, ¿cómo ibas a crees que te estaba coqueteando?

Mujeres en altos tacones que toman el camión

Camino al trabajo, para tomar el camión, hay un guardia de seguridad que cuando paso por su acera siempre me piropea: "qué bonita", "qué vestidito", pero qué risueña vas hoy", "adiós guapa", "cuidado con esos zapatitos"… Una, irremediablemente se acostumbra a esas frases. Hoy pasé, pero iba en pans y tenis, me vio, lo vi, sonreí estúpidamente y él ni me peló, se volteó para otro lado sin decirme nada. No sé si me reconoció pero he decidido ya no pasar más por su acera.

Imagen: Jill Hartley; Lotería Fotográfica Mexicana.

Cantautor

¡Qué ya se calle por favor! 

No sé si lo haga por necesidad, quizá porque no tiene trabajo, porque tenga que estudiar y no tiene para pagar la matrícula, qué se yo. Pero trae bueno zapatos, una guitarra de calidad y un look de lo más hípster. Ya lleva como quince canciones y canta reculero. Imposta la voz, está desentonado, y lo que no puedo perdonarle es que cante las canciones de Roberto Carlos tan desafinado y sin chiste. Creo que no fui la única inconforme con su interpretación. Ni gracia tuvo para pedir "una monedita, con lo que sea su voluntad", la gente casi no le dio. Se nota su molestia en la cara, en su caminar entre asiento y asiento, sin embargo es arrogante, acabó diciendo que esto -cantar en los camiones- sólo lo hace para "echarle ganas a la música". Pasa por mi asiento, me ve, yo pienso -ya está grande, trata verse forever young- me río, me ve con odio, todo en un instante: masculla un 'estúpida' lo alcancé a escuchar, yo digo fuerte y abiertamente: muerto de hambre. Voltea, le sostengo la mirada, el muy joto presiona el timbre y se baja. La señora que va detrás de mí dice "Ay, ya me había hartado".

Estrellas de la televisión

Es muy común que me duerma en el camión y más por las mañanas; también es normal que las personas me despierten para que les dé chance de sentarse. Hoy, ya iba en el octavo sueño cuando me dicen, cuando en la lejanía de lo onírico escucho -con permiso- desperté de inmediato y era nada menos que don Cornelio García, sí el del programa De kiosko en kiosko. Me incorporé, lo dejé pasar, le dije ¡Don Cornelio buenos días! Y él dijo -ya la desperté, pero échese otro coyoyito, yo aquí le cuido. Yo, le hice caso, me dormí y no le pedí autógrafo.


Como dice mi amiga Mónica, no tengo vergüenza.

Paola Sandoval

Los lectores petulantes

Pues ándale que iba yo muy quitada de la pena y se subió un chavo que me pidió lo dejara sentar a un lado mío. Lo hice (¿tenía opción?). Ya sabes, su look típico de intelectual, con lente de armazón negro rectangular, jeans y camisa de vestir. Me estaba "zorreando" de arriba abajo, y a mí que no me alcanzaba el vestido para taparme más las piernas a pesar de la medias. Yo fingí que ni lo veía, pero el soslayo no me fallaba. Hasta que se hartó y sacó una revista (de ésas, de intelectuales) y se puso a leer, ¿cómo le hacía? no sé, porque el camión iba a puro brinco, pero él no se bajaba de su pose de hombre culto. Adrede, de vez en cuando yo daba un vistazo a lo que estaba leyendo (no entendía ni madres, creo que era algo de historia) lo que puso a mi compañero de asiento alerta y él de vez en cuando me echaba otra miradilla. Hasta que se decidió medirle el agua a los frijoles y preguntarme ¿te gusta leer? Yo contesté que no, ningún trabajo me costaba dar la respuesta más real a eso, pero le dije que no, que la neta me mareaba al leer, pero que sí leía un poquito de vez en cuando. Fue cuestión de segundos, primero hubo algo de decepción en su cara y después algo así como una sonrisa. Y siguieron las preguntas ¿y que lees "bonita"? en ese momento me pregunté, ¿por qué diablos me dice "bonita"? así que decidí inventarme una vida: le dije que me encantaban los libros de Paulo Cohello y Gaby Vargas, que había aprendido mucho de ellos, que estaban "bien bonitos". La cara del intelectual era indescifrable, yo no sé qué esperaba. Pasó un ratito y me volvió a preguntar ¿Y estudias? y yo seguí con mi vida inventada, le dije que no, que nada más había llegado hasta la secundaria. Después de eso, él se soltó como hilo de media, me dijo que era historiador, que si yo quería él me podía recomendar "buenas lecturas". Yo cínicamente, adopté el papel de víctima y le dije que se lo agradecería con el alma. Él, ahora en su papel de héroe al rescate, sacó un papel y un bolígrafo y apuntó tres títulos y un número (supongo que de su celular). Por fortuna yo ya tenía que bajar, le volví a agradecer, él me dio la mano agregando su nombre, soy Edgar y cuando quieras te puedo prestar libros. Me reí, me levanté, me volví a bajar el vestido, me bajé del camión... si supiera...

Los hijos de Onán I

No tengo idea de lo que dura un semáforo en alto. Ni quiero indagar en ello. El camión venía hasta su madre y el chofer con característico temple nos decía “recórranse por en medio, que atrás hay lugar”, (hasta el momento, yo no he visto que alguien en un camión se recorra por arriba o por abajo, pero pienso que el chofer fue claro por si llegara a existir un osado que intente lo contrario). La gente estrujaba, apretaba, embarraba. No pedía ”con permiso” porque nadie era merecedor de tal cortesía en esa lata, la cosa era muy democrática pues. Lo cierto es que el tráfico era insufrible y todos querían llegar.

Yo moría de hambre y ya no aguantaba mis entaconados pies, todo el camino parada y ninguna alma cándida que me cediera el asiento. Me sentí indignada. Fue entonces que hubo un alto porque el semáforo así lo marcó. Cual princesa que se asoma por atalaya, observé por la ventana: abajo, por el carril de alta, una camioneta de redilas esperaba con ansia el siga. Siete fulanos iban en la caja y tres más afortunados en la cabina. Era claro que venían de la “chamba”, sus jeans decorados con mezcla los delataban. Uno de los que iba en la cabina le pegaba la mordida a un lonche monumental. Me imaginé que sería de frijoles con panela, y no de jamón, mucho menos de huevo. Tenía hambre y mi cara también me delataba.

El afortunado del lonche se supo observado, giró rápidamente para ver de dónde venía el flechazo y entonces me vio. Bastaron tres segundos para que tomara la decisión de pasarle el lonche a su adlátere y bajarse la bragueta.

Yo no sé si mi cara de hambre sea igual a mi cara de lujuria o viceversa. Pero ese inhiesto “lonchecito” ¡sí era de huevos! Lo peor (o mejor del caso) es que ninguno de los pasajeros se daba cuenta de la maniobra y los compañeros de mi “personal Onán” festejaban la hazaña cual “arlecchinos” de distinguido castillo. Se vino… el verde en el semáforo y fluyó el carril de alta velocidad.

Se me quitó el hambre y hasta lo cansado.

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.