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lunes, 27 de julio de 2015

De Mozart a Los Simpsons y guapos amargados



El camino a casa transcurría entre la ciudad abierta, descompuesta por las obras del Tren ligero, el caos de las máquinas y ese calor húmedo que anuncia una lluvia que no quiere caer. Yo intentaba dormirme pero en eso, se subieron dos muchachos al camión con una par de violines, bastante animosos ellos nos dijeron que interpretarían a Mozart, los pasajeros que íbamos no hicimos ni el mínimo aspaviento ante tal declaración.

Y comenzaron, a mí se me fue el sueño y por un momento olvidé que iba en un camión contrahecho, al que todo le sonaba, al que todo le olía, se me olvidó que sentía calor, se me olvidó ver el paisaje herido de la ciudad más allá de la ventana y me entregué a la efusividad de la Serenata Nocturna. Entonces fue que mis ojos repararon de nuevo en los pasajeros y me sorprendí ante su ataraxia, pareciera que en ellos no cambiaba nada, es más muchos llevaban los auriculares puestos, sin embargo había un pasajero que desde su asiento veía y escuchaba a los violinistas con fascinación y embeleso, me causó ternura su boca semiabierta, sus ojos bien abiertos, su disposición a la música y su edad, no mayor a los diez años.

Los jóvenes violinistas sabían de su admirador y fueron a tocar cerca de él. Es indescriptible la cara que el niño puso cuando los músicos caminaron hacia su asiento. Terminaron su interpretación y el niño aplaudió, junto con su mamá que decía “bravo” y claro, yo también me les uní. Al ver esto, los jóvenes tocaron la canción de Mario Bros y también la del Chavo del 8, para finalizar con la introducción de Los Simpsons. Como era de esperarse, pidieron dinero a los pasajeros y fue grato ver que la mayoría de éstos sí les dieron. El par de violinistas se bajaron y escuché que el niño le decía a su mamá: -luego me compras uno de ésos, para tocar música-. El camión siguió su marcha y mi sueño se convirtió en pesadez, mientras que mi pequeño amigo comenzó a silbar el inicio de la Serenata Nocturna una y otra vez... (estaba emocionado pues).

Unas cuadras más adelante, observé que se subían un muchacho con la que parecía ser su madre. Era bastante guapo, alto, muy serio y me agradó ver que era él quien cargaba la bolsa del mandado y al haber sólo un asiento, le dijo a la señora que se sentará, mientras él quedaba de pie. No habíamos “caminado” ni tres cuadros cuando vi que el muchacho guapo, dirigió su mirada hacia atrás, observó al niño y con gran estrépito le grito -¡Shhhhhhhhhh, ya cállate!-.

El niño paró en seco, la mamá puso cara de extrañamiento y yo sentí como una patada en el estomagó. Siempre he sido muy impulsiva y en verdad me he prometido frenar esas reacciones en mí, pero en esta ocasión fue tanto mi coraje que yo también grité -¡es una lástima ser tan joven y tan amargado!- voltee a ver  mi pequeño cómplice y le dije -y tú hijo, no permitas que te calle gente sin importancia-.

No me di cuenta de que los pasajeros también estaban viendo y escuchando. El muchacho me veía con odio, pero no dijo nada, se desocupó un asiento al lado de su madre  para después dormirse en él (o hacerse el dormido).
El niño junto con su madre se bajaron una cuadra después, él me dijo -¡adiós!- Y yo respondí -qué les vaya bien- mientras pensaba “Ojalá que sí te compren tu violín”.


Paola Sandoval

domingo, 10 de mayo de 2015

El actor

Que al subir al camión, te des cuenta de que el chofer es guapo hasta el arrepentimiento, te quedes pasmada viéndole, y para disimular tu paroxismo, preguntes tartamudeando si el camión va a tu colonia, como si no lo supieses de sobra.
Y él sonríe, no por ti o contigo, sino de saberse guapo, saberse actor principal de escenas como ésta una y otra vez. Y tú, aprietas el paso hacia el asiento más lejano y una vez sentada, él te llama para decirte que olvidaste el cambio... y tu boleto. Caminas hacia él, medio viva, medio muerta de vergüenza, tomas tu dinero y boleto, se rozan las manos, se encuentran los ojos a través del retrovisor y es entonces, que ves que uno de los botones de tu blusa se ha desabrochado, ve tú a saber desde cuándo. Y él sonríe, como si hubiese ganado un Óscar, y tú... como si hubieses sido nominada a la peor actriz de reparto.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Terminal

Amiga... Amiga... Ya llegamos...

Abro lo ojos y veo a un hombre bien parecido a un metro de distancia, sonriendo. Lo que nunca, me quedé dormida y llegué hasta la terminal del camión. Me disculpo y me dice "no te preocupes ahorita te regreso" y aquí estoy, esperando y escribiendo esto, mientras veo que el chofer simpático está de lo más a gusto platicando con la muchacha que administra su terminal. Sólo espero no haber estado dormida con la boca abierta mientras él me despertaba.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Armonía

El camión venía hasta su puta madre, era de esperarse, es un 275 que cruza cuatro municipios de la zona metropolitana y en ese momento atravesaba el centro de Guadalajara. Solo que cualquiera que esté leyendo esto, se imaginará que era un día entre semana en una hora pico. No, era sábado por la tarde y aun así el camión iba hasta su puta madre. Yo traía mi chamarra de tres kilos en una mano y un tianguis por bolsa al hombro, además de un gripa inclemente, de ésas en la que no te para de escurrir la nariz. Iba parada y literalmente agarrada, por lo frenazos que daba el camión a cada momento. Muchos íbamos parados, apretujados, y a pesar de que hacía frío, también íbamos sudando; agradecí tener tapada la nariz en ese momento. Pero había algo en la sinergia de ese camión y de pronto lo vi, los asientos especiales, los amarillos, estaban vacíos, los estábamos respetando por mucho que fuera nuestro cansancio o largo el camino. Y así duraron un buen tramo, aún no se subía la persona que realmente lo necesitaba, nadie cortaba con la irónica armonía que se vivía en ese 275 Diagonal.

Pero en la parada del Santuario, se subió ella, era joven y atractiva, como suelen decir mis amigos (finos machos cabríos) tenía "buen lejos". Yo pude observar su molestia cuando se subió al camión, pero en cuestión de instantes le tornó la faz al ver los asientos amarillos desocupados. No vaciló y se sentó de inmediato en  uno de ellos, en el que da al pasillo. Pero al llegar a la calle de Hospital, la siguiente parada, se subieron dos señoras mayores, una de ellas vendada del brazo y con una pañoleta en la cabeza, la otra con bastón. Pensé que la del "buen lejos" se pararía para dejarles el asiento, pero la muy zafia ni se inmutó cuando la señora del brazo vendado le pidió permiso para sentarse en el asiento contiguo, ni siquiera se hizo a un ladito, no se movió, la señora de la pañoleta se sentó como pudo. La señora del bastón se quedó parada a un lado mío, una señora joven con bolsas de mandado se paró para dejarle el asiento. La señora del bastón le dijo que ella le cargaba sus bolsas. La señora joven dijo, "gracias madre, pero ésta (refiriéndose a la del "buen lejos") se tenía que haber parado, usted no cargue". Yo sin pensarlo dije "pero ella va en el lugar correcto" las señoras voltearon a verme con cara de enojo y añadí "que no ven que ni siquiera sabe leer, hay que disculparla, la pobre está discapacitada del cerebro". La del "buen lejos" que todo venía oyendo y además haciendo caras de reprobación, volteó de inmediato a verme. Yo traía el peor de los aspectos, la nariz enrojecida y le eché esa mirada de basilisco que me caracteriza, mientras pensaba -dime algo y te estornudo en este momento-. No me dijo nada, creo que la asusté. Las señoras celebraron mis palabras. La señora con las bolsas del mandado remató diciendo "lástima de carita". 

No sé si ya había llegado o si fue mucha la presión, el caso es que dos cuadras después la joven se bajó. La señora del bastón dijo "me voy con mi hermana" y todos los que íbamos parados nos apretujamos más pero le abrimos campo y paso para que lo hiciera sin complicaciones. La señora de las bolsas me dijo "siéntate mija" y se bajó en la Normal, dejándome su lugar.
El camión, seguía yendo hasta su puta madre, pero recobró la extraña armonía que le caracterizaba. Y hasta me dieron ganas de escribirlo.


Paola Sandoval

domingo, 4 de agosto de 2013

Estrellas de la televisión

Es muy común que me duerma en el camión y más por las mañanas; también es normal que las personas me despierten para que les dé chance de sentarse. Hoy, ya iba en el octavo sueño cuando me dicen, cuando en la lejanía de lo onírico escucho -con permiso- desperté de inmediato y era nada menos que don Cornelio García, sí el del programa De kiosko en kiosko. Me incorporé, lo dejé pasar, le dije ¡Don Cornelio buenos días! Y él dijo -ya la desperté, pero échese otro coyoyito, yo aquí le cuido. Yo, le hice caso, me dormí y no le pedí autógrafo.


Como dice mi amiga Mónica, no tengo vergüenza.

Paola Sandoval

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.