Una pensaría que a estas alturas, cuando una ya está gorda, cansada, ojerosa y sin ilusiones, ya no pasa nada más que la vida, y en la rutina de tomar el tren y regresar a casa con el pensamiento deshilachado y el espíritu apretujado, en el andén de enfrente una mirada me siga, me instigue, me busque (no, no es a mí) y aunque cambie de posición, me persigue, me sonríe, me asombra (sí, es para mí, qué raro es esto) el tren arranca y giran las miradas, se incendian. Y se apagan.