Abrió los ojos y
sabía que era tarde, sin embargo perdió la noción del tiempo al sentir la
suavidad en sus manos, en sus nalgas, se supo desnudo entonces y un fino sudor
le cubría el cuerpo por completo. Quiso levantarse pero se bamboleaba sin poder
lograrlo, resbalaba cadenciosamente por esa superficie de protuberancias y
declives que se asemejaba a un colchón de agua. Pronto pudo asirse de lo que
pensó sería una piedra, pero su sorpresa fue grande al ver que se trataba de un
turgente pezón que emanaba gotas de perfumado óleo. Alzó la cabeza y vislumbró
en el horizonte una infinidad de senos enormes con su infinidad de pezones,
todos ellos erguidos únicamente para él. Su erección no se hizo esperar, su
pene era tan largo y ancho como el cayado de Aarón, ése que en algún pasaje
bíblico se convirtió en serpiente y se tragó a otra en garantía de milagro.
Pero el prodigio aquí radicaba en su falo, insuperable en dureza, tan largo
como cualquiera de sus extremidades. No era lógico, pero era real, ahí estaba
tan obediente y feroz como perro de pelea. El hombre, trípode ahora, pudo
asirse, tenía un soporte extra.
Súbitamente resbaló en una atmósfera de gemidos encabritados, le temía a las
bajadas pero era placentera la mezcla de vértigo y la sensación de los pezones
rosando en su espalda. Cayó en un río espeso y rosado, la viscosidad del oleaje
secuestró sus fosas nasales, olía a vinagre y vainilla. Salió a flote y pudo
ver que cuesta arriba dos arcángeles de vergas enormes eyaculaban sin cesar
alimentando el caudal del río. Nadó apaciblemente, sin prisa, fluyendo en el
divino semen, contribuyendo con el suyo.
Llegó a
la orilla donde siete mujeres lo aguardaban, gustosas lo lamieron y lo
condujeron al sendero de un bosque donde las ramas lo flagelaban. No eran
ramas, eran látigos de piel y caucho que pendían graciosamente de los árboles.
Mientras más corría los látigos lo azotaban hasta sangrarlo, su “perro de
pelea” reaccionaba satisfactoriamente, como no lo hacía desde hace años.
Al
final del camino una mujer gigante lo esperaba y le invitaba a subir a su
cuerpo que era el mundo. Sólo vestía medias de corte cubano sostenidas por
cilicios a manera de liguero. Quiso verle la cara, pero en su lugar sólo
encontró un gran lente fotográfico. La cíclope lo colocó en medio de sus
senos-volcán a punto de erupción. Explotaron. Una delicada lluvia de leche y
miel le perlaba la piel. Paladeaba. Y en su mente la Tierra Prometida, esa que
no supieron interpretar sus maestros, la que nunca conoció Abraham porque es
metáfora y sólo eso.
La
cíclope se desvanecía dejando ardor en la insurrección de carne. Un niño
recostado en un pesebre repetía con aparente enfado: “tomar y coger todos
de él, porque éste es tu cuerpo...”
El estruendo de las campanas lo espantó. El
sopor de la húmeda sacristía lo enervaba. El niño le tiraba de la manga de la
sotana:
–Padre, padre,
despierte, ya es hora de la misa.
Paola Sandoval