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jueves, 8 de agosto de 2019

Acto de purificación (Los hijos de Onán III)


Paola Sandoval

Siempre había escuchado los cuentos de horror que se viven en el 380, conocida ruta de camiones de la zona metropolitana de Guadalajara, famosa por darle la vuelta al periférico y por sus “maravillosos olores” en hora pico. Y es que no te puedes llamar tapatío si no te has subido una vez en tu vida a bordo del tres ochenta, o del puerco ochenta, o del sexo ochenta, éste último apelativo por los arrimones voluntarios o involuntarios porque ciertamente, el camión siempre va hasta su madre.

Hubo un tiempo en el que trabajaba en Tonalá y la opción más rápida para llegar allá era, irremediablemente, tomar el 380. Y sí, siempre iba lleno, casi nunca me tocaba sentarme, evitaba los arrimones a toda costa, de ahí mi decisión de siempre llevar conmigo una mochila y jamás un bolso de mano: supe que la mochila me serviría de escudo, caparazón o fuerte en medio de la inhumana batalla que luchas con otros desconocidos pasajeros.

Una mañana, al tomar el 380 me percaté de que una vecina junto con su hija también tomarían el camión. Las saludé y una vez arriba, la marabunta de pasajeros se encargaría de separarnos. Como era de esperarse, íbamos paradas, pero a mi vecina le dieron el asiento y gustosa lo aceptó, noté que su hija, una niña de 12 años a lo sumo, iba paradita sin despegarse de su madre.

El viaje se volvió un calvario, gente subía, subía, subía y el conductor sólo era bueno para decir “pásenle por en medio”. Afortunadamente yo iba rodeada de mujeres, ninguna de ellas se me repegaba con saña o mala voluntad, o al menos así lo quería pensar. En medio de ese amontonamiento, el conductor todavía fue capaz de frenar su camión en el tianguis de la colonia Jalisco, largarnos ahí para bajarse por unos tacos de barbacoa.

Cuando por fin me bajé, vi a mis vecinas que también lo hacían por la puerta delantera. Fue inevitable saludarlas de nuevo y de rigor preguntar hacia dónde iban, típico que te responden, “voy a hacer un mandadito” y con eso bastó para saber que no entraría en detalles, pues ¿qué carajos me importaba su destino?

A punto de decirles, “pues que les vaya bien” y bifurcar mi rumbo (o sea, abrirme como birote duro de la Central) la hija de mi vecina dijo horrorizada “mami, me mojé”. Nos paramos en seco las tres, la cara de la niña era indescriptible porque tocaba sus nalgas y no daba crédito a lo que traía ahí pegado, eso viscoso, blancuzco, que tenía entre los dedos, que sólo atinó a decir “son como mocos”.

Mi vecina dio algo así como un grito, yo tenía cara de asco pero supe que lo correcto era quedarme para ayudar, estaba a dos cuadras de mi trabajo, un baño limpio con agua corriente podría aminorar la tragedia o el intento de violación que la niña había sufrido en el puerco ochenta (ahora lo entiendo). Sin embargo, mi vecina me dijo adiós, no dejó que yo hablara o le ofreciera ayuda, obligó a la niña a dar pasos apresurados mientras le ordenaba amarrarse un suéter en la cintura.

Pasaron los años, y como dice el Tri, “las piedras rodando se encuentran”, en una parada de camión volví a encontrarme con la hija de mi vecina, una muchacha guapa y simpática que de inmediato me reconoció y saludó. Sacamos el tema de aquel vergonzoso viaje que compartimos a Tonalá en el “sexo ochenta” (fue ella quien así lo dijo); ya no le hacía meya, ni le causaba escozor la anécdota, de los más relajada me contó que su mamá lloró todo el día, que le trató de explicar qué era aquello a lo que nunca le pudo decir semen, le dijo que los hombres eran malos, que por algo ella no tenía padre, pero lo más asombroso de todo, fue que su madre no lavó, ni tiró a la basura su pantalón impregnado de mecos (también así lo dijo), hizo una fogata en el patio y lo quemó mientras rezaba o maldecía. “Haz de cuenta como si realmente me hubieran quitado la virginidad en el camión”.

Me dio gusto que lo tomara en ese tono y que no viviera traumada de por vida. Yo desde entonces, evito tomar ese camión.

miércoles, 26 de abril de 2017

Flashazos



Yo lo atraje y él a mí. Lo supe desde que me vio, con calma, a su antojo, sin reparos. Subir a aquel camión de escalinata tipo Gaudí fue complicado, nada glamuroso, él debió ver cómo me aferré a los tubos para no caer ¡qué vergüenza! Tuve que alejarme de él, de sus ojos, de sus lindos ojos detrás de sus lentes que le daban un toque bohemio. La tarde era rara, no sé cómo explicarlo, a pesar del exabrupto de mi subida al camión, en él había calma y la luz que se filtraba por las ventanas impregnaba todo como si fuera un filtro de instangram.

Cuadras más adelante se subió una señora bajita que casi y se nos mata en la escalera de ascenso, ésa que le hubiera gustado a cualquier surrealista por su “estética”, la pobre tropezó y pegó en uno de los tubos. Él se paró de inmediato para ayudarle, la levantó y le cedió su lugar. Todos los pasajeros vimos eso como algo loable, estúpidamente pensé que de haberme caído él me hubiera ayudado y quizás… ¡No! 

Él buscó un asiento qué ocupar, había muchos disponibles, pero me volvió a encontrar y fue directo hacía mí, yo, como siempre, cuándo no, abrí mi bolsa e hice como que buscaba algo para evitarlo, él se sentó justo atrás de mí, yo sentía cómo respiraba, a qué olía y esa maldita luz dorada que le daba a todo el margen perfecto para una conversación, para un devaneo amoroso… ¡Dale, que no!

Pero sonó un celular, el suyo, contestó: Bueno… bueno… papá, es que casi no te escucho, está algo madreada la señal… sí, dime… … sí, fue mi mamá, pero no se la quisieron dar, le pusieron muchas trabas… sí, ella está bien, regresó desilusionada pero está bien… oye, ¿quieres ir a desayunar mañana..? A donde tú digas, sí y platicamos mejor… sí, yo te aviso papá, no te preocupes papá… mañana yo te llamo… gracias… sí papá… hasta mañana… te amo papá… Colgó.

Para mí fue hermoso escuchar ese último “te amo papá” viniendo de un hombre, yo sabía que la tarde tenía algo extraño, que ese camión estaba como sacado de un cuadro y que él era especial, que de no haberme escondido en el fondo de mi bolsa quizás y hubiésemos hablado, aunque sea para agradecerle por lo que hizo con la señora, para decirle que era adorable, para…
Me paré, lo vi, él me sonrió, se ajustó los lentes, sonrío como si lo fueran a fotografiar, timbré y me bajé.

Paola Sandoval

lunes, 27 de julio de 2015

De Mozart a Los Simpsons y guapos amargados



El camino a casa transcurría entre la ciudad abierta, descompuesta por las obras del Tren ligero, el caos de las máquinas y ese calor húmedo que anuncia una lluvia que no quiere caer. Yo intentaba dormirme pero en eso, se subieron dos muchachos al camión con una par de violines, bastante animosos ellos nos dijeron que interpretarían a Mozart, los pasajeros que íbamos no hicimos ni el mínimo aspaviento ante tal declaración.

Y comenzaron, a mí se me fue el sueño y por un momento olvidé que iba en un camión contrahecho, al que todo le sonaba, al que todo le olía, se me olvidó que sentía calor, se me olvidó ver el paisaje herido de la ciudad más allá de la ventana y me entregué a la efusividad de la Serenata Nocturna. Entonces fue que mis ojos repararon de nuevo en los pasajeros y me sorprendí ante su ataraxia, pareciera que en ellos no cambiaba nada, es más muchos llevaban los auriculares puestos, sin embargo había un pasajero que desde su asiento veía y escuchaba a los violinistas con fascinación y embeleso, me causó ternura su boca semiabierta, sus ojos bien abiertos, su disposición a la música y su edad, no mayor a los diez años.

Los jóvenes violinistas sabían de su admirador y fueron a tocar cerca de él. Es indescriptible la cara que el niño puso cuando los músicos caminaron hacia su asiento. Terminaron su interpretación y el niño aplaudió, junto con su mamá que decía “bravo” y claro, yo también me les uní. Al ver esto, los jóvenes tocaron la canción de Mario Bros y también la del Chavo del 8, para finalizar con la introducción de Los Simpsons. Como era de esperarse, pidieron dinero a los pasajeros y fue grato ver que la mayoría de éstos sí les dieron. El par de violinistas se bajaron y escuché que el niño le decía a su mamá: -luego me compras uno de ésos, para tocar música-. El camión siguió su marcha y mi sueño se convirtió en pesadez, mientras que mi pequeño amigo comenzó a silbar el inicio de la Serenata Nocturna una y otra vez... (estaba emocionado pues).

Unas cuadras más adelante, observé que se subían un muchacho con la que parecía ser su madre. Era bastante guapo, alto, muy serio y me agradó ver que era él quien cargaba la bolsa del mandado y al haber sólo un asiento, le dijo a la señora que se sentará, mientras él quedaba de pie. No habíamos “caminado” ni tres cuadros cuando vi que el muchacho guapo, dirigió su mirada hacia atrás, observó al niño y con gran estrépito le grito -¡Shhhhhhhhhh, ya cállate!-.

El niño paró en seco, la mamá puso cara de extrañamiento y yo sentí como una patada en el estomagó. Siempre he sido muy impulsiva y en verdad me he prometido frenar esas reacciones en mí, pero en esta ocasión fue tanto mi coraje que yo también grité -¡es una lástima ser tan joven y tan amargado!- voltee a ver  mi pequeño cómplice y le dije -y tú hijo, no permitas que te calle gente sin importancia-.

No me di cuenta de que los pasajeros también estaban viendo y escuchando. El muchacho me veía con odio, pero no dijo nada, se desocupó un asiento al lado de su madre  para después dormirse en él (o hacerse el dormido).
El niño junto con su madre se bajaron una cuadra después, él me dijo -¡adiós!- Y yo respondí -qué les vaya bien- mientras pensaba “Ojalá que sí te compren tu violín”.


Paola Sandoval

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.