Hace algunos años, cuando vivía
con mis padres, para tomar el camión y salir a la avenida principal de Zapopan,
era ineludible pasar por Los pinos,
una calle con vecindades desangeladas e insertadas en la cabecera municipal. Mi
papá siempre nos decía que le rodeáramos porque veía amenazada nuestra
doncellez por las miradas y bisbeos de los mariguanos que habitaban ahí. Nunca
le hicimos caso. No obstante, mis hermanos y yo crecimos escuchando la historia
de mi padre: cuando él era muy joven, iba de regreso a la casa cuando en la
cuadra de Los pinos una pandilla le
obstruyó el pasó, el cabecilla le sacó una navaja, lo querían asaltar porque
eso era lo mejor que sabían hacer en ese lugar, él cuenta que pensó "ya
valí madres". Ante eso mi papá tuvo que pronunciar las palabras mágicas
"pero carnal, yo soy del barrio, vivo aquí arriba". Lo dejaron ir,
intacto, y en lo sucesivo, mi padre aprovecharía cada borrachera para platicar
su aventura de incipiente valentía.
En Los pinos era común ver las peleas con piedras entre pandillas, a
los tonchos de las vecindades, la venta de coca a plena luz, la pobreza de sus
habitantes. Por eso mi papá insistía en que le rodeáramos. La situación se
calmó un poco el día que mataron a un muchacho a quema ropa en la meritita esquina
de Los pinos. Para colmo de mala
suerte, eses día regresábamos a la casa cuando vimos las ambulancias y
patrullas. Ya habían orillado y tapado al cadáver con una sábana, lo
acribillaron y le contaron 42 orificios en el cuerpo. Para cuando llegamos, mi
mamá descubrió una mancha coagulada en mi tenis. Me lo quitó de inmediato,
hubiera preferido tirarlo, pero no nos podíamos dar ese lujo, no había para
más. También al igual que mi padre, mi mamá contaría a sus amigas la anécdota
de cómo una de sus hijas pisó por descuido el charco de sangre de un joven
asesinado y la faena de quitar la mancha después.
Las calles del primer cuadro de
Zapopan han sido remozadas infinidad de veces pero Los pinos no, ahí sus habitantes se siguen hacinando en vecindades
cada día más ruinosas, alcoholizándose en la calle. Hace algunos años
regresando a mi casa (justo en la esquina donde quedó el joven acribillado) un
sujeto demasiado alto y flaco me obstruyó el paso. Pude darme cuenta que tenía
la nariz desfigurada a golpes y los ojos desorbitados. Me llené de miedo y mis
piernas de 16 años se debilitaron, él dijo algo incomprensible mientras yo
pensaba "valí madres". Tuve que pronunciar las palabras mágicas de mi
padre "carnal soy del barrio" (me sentí estúpida diciendo eso). Pero
él, tambaleante me dijo "estás muy chula para andar por aquí, si quieres
te acompaño", el pobre apenas si podía caminar de lo drogado que andaba y
lejos de halagarme, le tuve pánico.
Posteriormente fue inevitable
encontrármelo, él cuando estaba sobrio lavaba carros afuera del Hospital Civil
de Zapopan, me chuleaba como era su costumbre y me decía que cuando tuviera un
carro el me lo lavaría gratis. En una ocasión (ya más grandecita, iba a la
facultad) me lo topé de frente, rodeado de una "bolita" de
mariguanos, cual caballero andante les pidió que se callaran, le hicieron caso,
yo apreté el paso queriendo a esas alturas pasar desapercibida, él sólo dijo
"ahí viene la chula... adiós chula
que Dios te bendiga" y ya a la distancia me volvió a recordar lo del
carro y la lavada gratis.
Uno de esos días mi mamá llegó
muy asustada a la casa contando que a la señora Maguito, una vecina, le habían
quitado su monedero de un navajazo en Los
pinos. La señora dijo que había sido el cholo grandote y flaco, el de la
nariz torcida, supe de inmediato de quién hablaba; aunque desconocíamos su
nombre la gente de mi cuadra lo bautizó como "El terror de los
pinos". Después nos enteramos de que ese cholo era padre de dos niñitas y
que además tenía esposa, vivían en un cuarto de las vecindades, pero aun así,
eso no mermaba su "galanura" hacia conmigo. Poco tiempo más tarde ya
no lo vimos, pensamos que lo habían matado, o en el mejor de los casos
encerrado en la cárcel.
Pasaron los años, me cambié de
casa y aún seguía tomando el camión. Recientemente fui a casa de mis padres,
tuve que pasar por Los pinos. Ya casi
terminaba la calle cuando al doblar la esquina me topé con él. Estaba igual de
flaco, con la nariz más desfigurada y el cuerpo encorbado. Detuve mi paso (no
sé por qué) y él olío mi miedo, yo pensé "ya valí madres" y apreté mi
monedero con la mano. Pero él me sorprendió al decirme después de 14 años (y
kilos) "hola chula, tenía mucho que no te veía, estás más chula así"
yo apenas iba a decir algo cuando una jovencita desde la acera de enfrente le
gritó "apá, camínele".
Antes de cruzar la calle me dijo "adiós
chula, que Dios me la bendiga y cuando tengas un carro ya sabes, para ti gratis".
Llegué a casa de mis padres
prometiéndome no contarle nada a mi papá, casi era seguro que me dijera: hija, no pases por ahí, rodéale.
Paola Sandoval