sábado, 21 de diciembre de 2013

La bestia

Se subieron, el camión ya iba lleno y no les quedó de otra más que irse parados y contenidos en el espacio destinado para los pasajeros con silla de ruedas. Yo iba sentada y pude observarlos con detenimiento. Ella, entrada en años, se notaba que usaba una faja reductora, su vientre aplanado y el resto de su carne desbordándose hacia arriba, haciendo más evidentes los gorditos de las axilas; estaba recién bañada, perfumada (su aroma a jazmín), maquillada y su cabello escaso pero acicalado. Vestía un traje sastre sencillo, en color menta con flores blancas, si no el más bonito, por lo menos estaba nuevo. A leguas se veía que ella derrapaba por él, cayendo en el lugar más común, su mirada no sólo brillaba, irradiaba y lo miraba fijamente. Pero él ¿quién carajos era? Para empezar olía a cerveza, sí, su tufo me llegaba y eso que había un metro de distancia entre nosotros, llevaba bermudas y una vulgar playera blanca manchada de salsa Valentina; sus tenis pretendían ser blancos, más desgastados que sus calcetines percudidos. Estaba despeinado, y su cara brillaba de sudor y grasa. Él no le dirigía la mirada, pero sí me fijé que fue ella quien pagó el pasaje de los dos y que además él se veía más joven. 

  Y escuché: él le recriminaba haber llegado tarde, que por haberla esperado ni alcanzó a bañarse y que mejor prefirió echarse unos ostiones con sus camaradas (guácala, ¿quién chingados come mariscos antes de una cita?). Ella se deshacía en disculpas, mencionaba que era difícil dejar solo a su hijo en sábado, que ya no sabía qué decirle o inventar. Me pareció que él le dio un ultimátum, que se lo dijera antes de Navidad o mejor ahí le paraban. Ella se angustió y él patanamente le dijo que ni chillara, o sea, no le importó decir eso en un camión lleno de gente. Ella le pedía más tiempo, que su hijo estaba en una edad delicada y que era probable que se le descarrilara (como maestra de secundaria, deduje que su hijo era un adolescente) él me sacó de mis cavilaciones cuando eructó, así, abiertamente y sin pena. Yo pensé que ella lo reprendería, pero no, le festejó su "chascarrillo" y seguía viéndolo con cara de adoración.

  El colmo fue cuando cerca del Trompo Mágico, se subió una muchacha de muy buen ver, de ésas de cabello alaciado y pantalones trincaditos, con el vientre plano y sin necesidad de faja reductora, pues mostraba coquetamente el piercing de su ombligo. Fui testigo de cómo él se comía con la mirada a la chica del piercing, en ralentí, como si la estuviera saboreando. Y obvió, ella, la que pagó el camión, la de la faja reductora, también se dio cuenta de ello y aún así no dijo nada.

  Faltaban dos cuadras para bajarme, él le decía que pronto compraría un carro porque le cagaba ir en camión y que así era más fácil entrar al motel, ella, la del traje menta de flores blancas, enrojeció, escaneó a su alrededor como para ver si los demás habíamos escuchado, era evidente que su acompañante se quería hacer notar. Me imaginé parándome y diciéndole, "oiga, este pendejo no vale la pena, mírelo bien, usted toda linda y él todo fodongo, si ahorita paga el camión, en un futuro  usted lo va a mantener. Mejor quédese con su hijo, no deje que se le descarrile, créame que la necesita, pues ¿qué no ve que ni siquiera la respeta? nadie habla de intimidad en el camión, mire, eso no es amor, no sé que sea, pero definitivamente no es amor; ¡huya señora! no espere a que la bestia se convierta en príncipe, eso no pasa, por Dios que en la vida real no pasa..."
  Pero decidí callar, porque ella, a pesar de todo, lo seguía viendo con cara de ensoñación y él, seguía sabroseándose a la del piercing.

  Me bajé, caminé diez pasos y pensé: "no, quizás eso sí es amor" y se me amargó la boca.

Paola Sandoval

sábado, 23 de noviembre de 2013

Armonía

El camión venía hasta su puta madre, era de esperarse, es un 275 que cruza cuatro municipios de la zona metropolitana y en ese momento atravesaba el centro de Guadalajara. Solo que cualquiera que esté leyendo esto, se imaginará que era un día entre semana en una hora pico. No, era sábado por la tarde y aun así el camión iba hasta su puta madre. Yo traía mi chamarra de tres kilos en una mano y un tianguis por bolsa al hombro, además de un gripa inclemente, de ésas en la que no te para de escurrir la nariz. Iba parada y literalmente agarrada, por lo frenazos que daba el camión a cada momento. Muchos íbamos parados, apretujados, y a pesar de que hacía frío, también íbamos sudando; agradecí tener tapada la nariz en ese momento. Pero había algo en la sinergia de ese camión y de pronto lo vi, los asientos especiales, los amarillos, estaban vacíos, los estábamos respetando por mucho que fuera nuestro cansancio o largo el camino. Y así duraron un buen tramo, aún no se subía la persona que realmente lo necesitaba, nadie cortaba con la irónica armonía que se vivía en ese 275 Diagonal.

Pero en la parada del Santuario, se subió ella, era joven y atractiva, como suelen decir mis amigos (finos machos cabríos) tenía "buen lejos". Yo pude observar su molestia cuando se subió al camión, pero en cuestión de instantes le tornó la faz al ver los asientos amarillos desocupados. No vaciló y se sentó de inmediato en  uno de ellos, en el que da al pasillo. Pero al llegar a la calle de Hospital, la siguiente parada, se subieron dos señoras mayores, una de ellas vendada del brazo y con una pañoleta en la cabeza, la otra con bastón. Pensé que la del "buen lejos" se pararía para dejarles el asiento, pero la muy zafia ni se inmutó cuando la señora del brazo vendado le pidió permiso para sentarse en el asiento contiguo, ni siquiera se hizo a un ladito, no se movió, la señora de la pañoleta se sentó como pudo. La señora del bastón se quedó parada a un lado mío, una señora joven con bolsas de mandado se paró para dejarle el asiento. La señora del bastón le dijo que ella le cargaba sus bolsas. La señora joven dijo, "gracias madre, pero ésta (refiriéndose a la del "buen lejos") se tenía que haber parado, usted no cargue". Yo sin pensarlo dije "pero ella va en el lugar correcto" las señoras voltearon a verme con cara de enojo y añadí "que no ven que ni siquiera sabe leer, hay que disculparla, la pobre está discapacitada del cerebro". La del "buen lejos" que todo venía oyendo y además haciendo caras de reprobación, volteó de inmediato a verme. Yo traía el peor de los aspectos, la nariz enrojecida y le eché esa mirada de basilisco que me caracteriza, mientras pensaba -dime algo y te estornudo en este momento-. No me dijo nada, creo que la asusté. Las señoras celebraron mis palabras. La señora con las bolsas del mandado remató diciendo "lástima de carita". 

No sé si ya había llegado o si fue mucha la presión, el caso es que dos cuadras después la joven se bajó. La señora del bastón dijo "me voy con mi hermana" y todos los que íbamos parados nos apretujamos más pero le abrimos campo y paso para que lo hiciera sin complicaciones. La señora de las bolsas me dijo "siéntate mija" y se bajó en la Normal, dejándome su lugar.
El camión, seguía yendo hasta su puta madre, pero recobró la extraña armonía que le caracterizaba. Y hasta me dieron ganas de escribirlo.


Paola Sandoval

viernes, 13 de septiembre de 2013

El cielo se humanizó




Los interminables chipichipis de septiembre llegaban a Atotonilco, mi pueblo, y con ellos también llegaban las fiestas en honor al santo patrono del lugar, San Miguel Arcángel.
Así que previo a esto, el pueblo se convertía en un alborozo y relajo bien hecho, todo comenzaba a prepararse: el pozole, los cuetes, la lotería, la banda, los lazos de papel, el novenario, la túnica del santo... Me era imposible safarme de todos esos argüendes, ya que mi madre, como buena católica, esataba muy involucrada en eso, de tal modo que mi tarea consistía en levantarme muy temprano e ir al templo por la madrugada nueve días antes de la mera fiesta, por aquello del novenario, para cambiar el agua de las flores, acomodar las bancas y prenderles fuego a las veladoras que los fieles le dejaban al santito.

Una de esas mañanas, cuando ya las flores tenían agua fresca y las bancas estaban alineadas, acomodando la veladoras alrededor del arcángel, me detuve a contemplarlo; era de esas imágenes viejísimas hechas aún a base de pasta, a la cual se le cambiaba la vestimenta si se ensuciaba y se le ponía una nueva el día de su santo. Además, contaban que lo habían encontrado tirado en un cerro, que a lo lejos parecía un hombre muerto, pero al acercarse, comprobaron que se trataba de la escultura de una ángel y al parecer de muchos años, tantos, que se creía que lo trajeron los españoles cuando vinieron a México.
Pero a pesar de eso, su carita era perfecta, hermosa, con sus ojitos azules muy claros y su nariz respingada, y en mis adentros pensaba ¿Y si fueras hombre?.. Claro que esto jamás se lo dije a nadie, ni siquiera al padre Maclovio en secreto de confesión, después de todo,  nadie tiene por qué saberlo, cuando de repente, voy viendo que los deditos del pie del santito se movían y después la rodilla; pensé que sólo eran alucinaciones mías, además, estaba yo muy desmañanada.

Al día siguiente, acabando mis queaceres, voltee a ver al santo patrono y cual va siendo mi sorpresa y espanto, cuando éste me cierra uno de sus ojitos azules; sin decir nada, salí corriendo despavorida del templo.Toda la noche estuve pensando en lo ocurrido, llegué a la conclusión de que los estragos del mal sueño me estaban volviendo loca.

No quería que amaneciera. Pero a la naturaleza no se le manda y al primer canto del gallo me levanté, era inevitable. Antes de hacer cualquier cosa, fui directamente al pilar que sostiene al patrono, me paré frente a él y fijamente lo miré a los ojos... Nada, ni los movÍa, ni los cerraba. Sentí una gran sensación de alivio,  pensé que eran figuraciones mías. Me recargué en el pilar para bostezar profundamente pero en pleno bostezo, sentí en mi nuca un ligero salpicón, me percaté de que un chorro de “agua” salía potentemente debajo de la túnica del santo. Ante tremenda manifestación celestial y como buena católica, me desmayé.

Después de una buenas frotadas de alcohol en el pecho y dos pruebas de vinagre, pude abrir los ojos: “pero como se te fue a ocurrir, dormirte y ni siquiera haber cambiado los floreros hoy que es el mero día de la fiesta” me decía furibunda mi madre. “No se enoje comadre, sosieguese, la chiquilla está bien; ahora mejor que ella vista al santito, ya trajeron la túnica nueva, y qué mejor que una muchacha casta en obra y pensamiento lo vista dijo apocalípticamente mi madrina. Salieron las dos de la sacristía, dejandome con la implícita obligación de vestir al patrono del pueblo.

No tuve más opción que hacerlo, ya lo habían bajado del  pilar y lo habían llevado hasta ahí. Cuidadosamente desprendí las alas de la imagen, sin éstas ya no se veía tan majestuoso, sino más bien mundano. Con la punta de los dedos le quité la túnica vieja y sucia que algún día fue inmaculadamente blanca. Fui a tomar la gala nueva, era tinta de razo fino con estrellas doradas, me entretuve viéndola cuando de pronto, sentí que dos manos comprimían mi cintura, pasmada voltee de inmediato para ver de quién se trataba. Me encontré frente a un hombre de ojos azules, facciones perfectas, con el cuerpo completamente desnudo y sudado: - Tú pediste que fuera hombre -  y eso fue todo lo que dijo.
 
Hoy, simplemente puedo decir que he conocido la infinita gloria del cielo y que con fe todo se puede realizar... Claro que esto jamás se lo dije a nadie, después de todo, nadie tiene por qué saberlo.


                   
2011.- Participación en una noche de narraciones eróticas, en el Centro Cultural 
"La Chintola". Yo misma narrando El cielo se humanizó.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Menta: Los hijos de Onán II

Una vez más, me tocó ir parada. Es increíble que el camión casi saliendo de su terminal ya vaya lleno. Cuando esto sucede, cómo añoro a ese personaje del Confabulario de Arreola que dejaba a las señoras sentar en su lugar. Ya no sucede. Los señores, o van dormidos o se hacen. Cada vez éramos más en el camión, son normales los apretones y empujones. Así que fue normal sentir el primer "arrimón". No la haces de pedo porque somos demasiados. Pero el fenómeno se repitió. Y otra vez. Y otra. Eso ya no era normal. Me empecé a azorrillar, a hacerme a un ladito, sin pensar empujé a la persona de un costado. Pero el de atrás insistía. Claro, ya éramos demasiados, pero él seguía sin recorrerse. Sentía su calor, percibí su aliento, su olor. Él mascaba un chicle de menta y lo agradecí, no tenía el peculiar aliento a centavo que los pasajeros solemos tener en las mañanas. Era alto, lo vi en el reflejo de la ventana. Eso también me agradó, aunque sentía su cadera muy cerca de mí. Pensé -tranquila, quizás es su mochila, no seas paranoica-. Pero su proximidad era muy "abultada" y chocaba en la parte trasera de mi cintura. Las curvas del camión me lo confirmaron, porque una siempre trata de arquearse en las curvas para no rozar ni con el de adelante, ni con el de atrás. Yo por más que me arqueaba lo sentía cerca, comenzaba a empujarme. Estaba a punto de encararlo, de decirle "qué te traes cabrón", cuando me llegó el soplo de su aroma. Olía bien, a limpio, a recién bañado, a jabón escudo. Su loción era varonil. Decidí no voltear y "verlo" sólo a través del reflejo de la ventana. En sí jamás supe cómo era su cara, si era feo o bien parecido. Él se abultó más y su chicle de menta me invadió. 
-¿Qué hago?- se desalojó un poco el camión y él seguía detrás de mí. La cosa aquí, es que su cosa no me incomodaba. -Y que tal si es su mochila y yo haciendo un pancho en plena madrugada-. El colmo fue que ya teníamos a un espectador. Eso me incomodó más que la protuberancia sin rostro. Eso ojos de insinuación de un hombre que bien podría ser mi padre y que no hacía nada por librarme de la situación. Entonces yo di el último empujón, creo que lo pisé, intenté voltear a verlo pero sentí que se alejó.
Seguíamos siendo demasiados y apretados, pero ya no sentí el bulto en mi cintura, se había recorrido. Quise verlo, saber si su olor agradable coincidía con su fisonomía. Mejor no. Sólo vi de soslayo que ahora, estaba detrás de otra. Prefiero quedarme con el recuerdo de su menta.

-Sí, yo creo que era su mochila.

Paola Sandoval

domingo, 25 de agosto de 2013

Final feliz

Es bonito que siendo las seis de la madrugrada, en el camión se escuchen las canciones de Juan Gabriel cuando era jovencito, guapo y aún daban ganas de "darle un paletón". Qué bueno que corrí para alcanzarlo, valió la pena la gordibofeada, porque además cuando me subí el chofer me dijo con una voz varonil que electrizó mi piel: "súbete mija, que hay muchos lugares". Jamás me imaginé decir esto en un camión pero...

¡Buenos días a la vida, buenos señor sol!

jueves, 8 de agosto de 2013

Miradas

Una se sube al camión y de pronto es el centro de las miradas de guapos, viejitos, jóvenes, hombres maduros de insuperable galantería. Y una se siente de nuevo sensual, simpática, agraciada y bien... hasta que una doñita se acerca muy amable y te dice "mija, traes tu cierre abajo". Y una pela los ojos, aprieta los labios, agradece y se da cuenta de que todos escucharon, inclusive el chofer.

Ya no soy sensual ni atractiva, sigo siendo la misma pasajera de antes, ahora con el cierre en su lugar.

lunes, 5 de agosto de 2013

El matapasiones

Sintió horror al ver la transparencia de la ventana, todo ese derroche de luz que dejaba pasar al cuarto. Mientras él colocaba los doscientos setenta pesos, equivalentes a ocho horas de placer sin interrupciones, sobre la cilíndrica y giratoria charola de metal, ella corría enérgicamente la opaca cortina que decapitaría por completo la luminosidad entrante. Ella pensó que con eso bastaría, pero tristemente se dio cuenta de la presencia de un amplio y extenso espejo sobre una de las paredes, que ineluctablemente reflejaba todo lo habido en la habitación, especialmente la enorme cama que al entrar la sorprendió. La atacó el pánico al percatarse del insolente espejo colocado de manera siniestra en el techo, se sintió perdida. Para esto, Arturo ya se había desvestido por completo, con una velocidad increíble y desproporcional para su vasta corpulencia, que tendía prodigiosamente a desparramarse por lo ancho. La nausea se desbordó por la boca de Rosalinda, al ver las amarillentas protuberancias agolpadas en la circundante espalda de su amado que, complaciente, observaba la graciosa danza que sus dedos, cuales mariposillas, ejecutaban alrededor de su escroto. 

Lo peor, contaría ella después, no fueron los filmes pornográficos que trasmitían sin parar por el televisor, sino el terror de tener que desnudarse, así, sin más, y descubrir que esa tarde, ella traía puesto su brasier más cómodo pero también el más viejito… el más desgastado… el más percudido… el de los hoyitos… el que compró en el tianguis por 40 pesos… el gris que alguna vez fue blanco… Y como le diría el mismo Arturo en ese momento “el mata-pasiones” en un sintagma de “te pasas pinche gorda, ése es mata-pasiones”. Rosalinda, dejando de lado la vergüenza, que ya la había hundido dos metros bajo tierra, dijo resueltamente: Aquí el único “mata-pasiones” eres tú pendejo. 

Sí, la primera vez en un motel es inolvidable.

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.