Una vez más, me tocó ir parada. Es increíble que el camión casi saliendo de su terminal ya vaya lleno. Cuando esto sucede, cómo añoro a ese personaje del Confabulario de Arreola que dejaba a las señoras sentar en su lugar. Ya no sucede. Los señores, o van dormidos o se hacen. Cada vez éramos más en el camión, son normales los apretones y empujones. Así que fue normal sentir el primer "arrimón". No la haces de pedo porque somos demasiados. Pero el fenómeno se repitió. Y otra vez. Y otra. Eso ya no era normal. Me empecé a azorrillar, a hacerme a un ladito, sin pensar empujé a la persona de un costado. Pero el de atrás insistía. Claro, ya éramos demasiados, pero él seguía sin recorrerse. Sentía su calor, percibí su aliento, su olor. Él mascaba un chicle de menta y lo agradecí, no tenía el peculiar aliento a centavo que los pasajeros solemos tener en las mañanas. Era alto, lo vi en el reflejo de la ventana. Eso también me agradó, aunque sentía su cadera muy cerca de mí. Pensé -tranquila, quizás es su mochila, no seas paranoica-. Pero su proximidad era muy "abultada" y chocaba en la parte trasera de mi cintura. Las curvas del camión me lo confirmaron, porque una siempre trata de arquearse en las curvas para no rozar ni con el de adelante, ni con el de atrás. Yo por más que me arqueaba lo sentía cerca, comenzaba a empujarme. Estaba a punto de encararlo, de decirle "qué te traes cabrón", cuando me llegó el soplo de su aroma. Olía bien, a limpio, a recién bañado, a jabón escudo. Su loción era varonil. Decidí no voltear y "verlo" sólo a través del reflejo de la ventana. En sí jamás supe cómo era su cara, si era feo o bien parecido. Él se abultó más y su chicle de menta me invadió.
-¿Qué hago?- se desalojó un poco el camión y él seguía detrás de mí. La cosa aquí, es que su cosa no me incomodaba. -Y que tal si es su mochila y yo haciendo un pancho en plena madrugada-. El colmo fue que ya teníamos a un espectador. Eso me incomodó más que la protuberancia sin rostro. Eso ojos de insinuación de un hombre que bien podría ser mi padre y que no hacía nada por librarme de la situación. Entonces yo di el último empujón, creo que lo pisé, intenté voltear a verlo pero sentí que se alejó.
Seguíamos siendo demasiados y apretados, pero ya no sentí el bulto en mi cintura, se había recorrido. Quise verlo, saber si su olor agradable coincidía con su fisonomía. Mejor no. Sólo vi de soslayo que ahora, estaba detrás de otra. Prefiero quedarme con el recuerdo de su menta.
-Sí, yo creo que era su mochila.
Paola Sandoval
Paola Sandoval
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