viernes, 13 de septiembre de 2013

El cielo se humanizó




Los interminables chipichipis de septiembre llegaban a Atotonilco, mi pueblo, y con ellos también llegaban las fiestas en honor al santo patrono del lugar, San Miguel Arcángel.
Así que previo a esto, el pueblo se convertía en un alborozo y relajo bien hecho, todo comenzaba a prepararse: el pozole, los cuetes, la lotería, la banda, los lazos de papel, el novenario, la túnica del santo... Me era imposible safarme de todos esos argüendes, ya que mi madre, como buena católica, esataba muy involucrada en eso, de tal modo que mi tarea consistía en levantarme muy temprano e ir al templo por la madrugada nueve días antes de la mera fiesta, por aquello del novenario, para cambiar el agua de las flores, acomodar las bancas y prenderles fuego a las veladoras que los fieles le dejaban al santito.

Una de esas mañanas, cuando ya las flores tenían agua fresca y las bancas estaban alineadas, acomodando la veladoras alrededor del arcángel, me detuve a contemplarlo; era de esas imágenes viejísimas hechas aún a base de pasta, a la cual se le cambiaba la vestimenta si se ensuciaba y se le ponía una nueva el día de su santo. Además, contaban que lo habían encontrado tirado en un cerro, que a lo lejos parecía un hombre muerto, pero al acercarse, comprobaron que se trataba de la escultura de una ángel y al parecer de muchos años, tantos, que se creía que lo trajeron los españoles cuando vinieron a México.
Pero a pesar de eso, su carita era perfecta, hermosa, con sus ojitos azules muy claros y su nariz respingada, y en mis adentros pensaba ¿Y si fueras hombre?.. Claro que esto jamás se lo dije a nadie, ni siquiera al padre Maclovio en secreto de confesión, después de todo,  nadie tiene por qué saberlo, cuando de repente, voy viendo que los deditos del pie del santito se movían y después la rodilla; pensé que sólo eran alucinaciones mías, además, estaba yo muy desmañanada.

Al día siguiente, acabando mis queaceres, voltee a ver al santo patrono y cual va siendo mi sorpresa y espanto, cuando éste me cierra uno de sus ojitos azules; sin decir nada, salí corriendo despavorida del templo.Toda la noche estuve pensando en lo ocurrido, llegué a la conclusión de que los estragos del mal sueño me estaban volviendo loca.

No quería que amaneciera. Pero a la naturaleza no se le manda y al primer canto del gallo me levanté, era inevitable. Antes de hacer cualquier cosa, fui directamente al pilar que sostiene al patrono, me paré frente a él y fijamente lo miré a los ojos... Nada, ni los movÍa, ni los cerraba. Sentí una gran sensación de alivio,  pensé que eran figuraciones mías. Me recargué en el pilar para bostezar profundamente pero en pleno bostezo, sentí en mi nuca un ligero salpicón, me percaté de que un chorro de “agua” salía potentemente debajo de la túnica del santo. Ante tremenda manifestación celestial y como buena católica, me desmayé.

Después de una buenas frotadas de alcohol en el pecho y dos pruebas de vinagre, pude abrir los ojos: “pero como se te fue a ocurrir, dormirte y ni siquiera haber cambiado los floreros hoy que es el mero día de la fiesta” me decía furibunda mi madre. “No se enoje comadre, sosieguese, la chiquilla está bien; ahora mejor que ella vista al santito, ya trajeron la túnica nueva, y qué mejor que una muchacha casta en obra y pensamiento lo vista dijo apocalípticamente mi madrina. Salieron las dos de la sacristía, dejandome con la implícita obligación de vestir al patrono del pueblo.

No tuve más opción que hacerlo, ya lo habían bajado del  pilar y lo habían llevado hasta ahí. Cuidadosamente desprendí las alas de la imagen, sin éstas ya no se veía tan majestuoso, sino más bien mundano. Con la punta de los dedos le quité la túnica vieja y sucia que algún día fue inmaculadamente blanca. Fui a tomar la gala nueva, era tinta de razo fino con estrellas doradas, me entretuve viéndola cuando de pronto, sentí que dos manos comprimían mi cintura, pasmada voltee de inmediato para ver de quién se trataba. Me encontré frente a un hombre de ojos azules, facciones perfectas, con el cuerpo completamente desnudo y sudado: - Tú pediste que fuera hombre -  y eso fue todo lo que dijo.
 
Hoy, simplemente puedo decir que he conocido la infinita gloria del cielo y que con fe todo se puede realizar... Claro que esto jamás se lo dije a nadie, después de todo, nadie tiene por qué saberlo.


                   
2011.- Participación en una noche de narraciones eróticas, en el Centro Cultural 
"La Chintola". Yo misma narrando El cielo se humanizó.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Menta: Los hijos de Onán II

Una vez más, me tocó ir parada. Es increíble que el camión casi saliendo de su terminal ya vaya lleno. Cuando esto sucede, cómo añoro a ese personaje del Confabulario de Arreola que dejaba a las señoras sentar en su lugar. Ya no sucede. Los señores, o van dormidos o se hacen. Cada vez éramos más en el camión, son normales los apretones y empujones. Así que fue normal sentir el primer "arrimón". No la haces de pedo porque somos demasiados. Pero el fenómeno se repitió. Y otra vez. Y otra. Eso ya no era normal. Me empecé a azorrillar, a hacerme a un ladito, sin pensar empujé a la persona de un costado. Pero el de atrás insistía. Claro, ya éramos demasiados, pero él seguía sin recorrerse. Sentía su calor, percibí su aliento, su olor. Él mascaba un chicle de menta y lo agradecí, no tenía el peculiar aliento a centavo que los pasajeros solemos tener en las mañanas. Era alto, lo vi en el reflejo de la ventana. Eso también me agradó, aunque sentía su cadera muy cerca de mí. Pensé -tranquila, quizás es su mochila, no seas paranoica-. Pero su proximidad era muy "abultada" y chocaba en la parte trasera de mi cintura. Las curvas del camión me lo confirmaron, porque una siempre trata de arquearse en las curvas para no rozar ni con el de adelante, ni con el de atrás. Yo por más que me arqueaba lo sentía cerca, comenzaba a empujarme. Estaba a punto de encararlo, de decirle "qué te traes cabrón", cuando me llegó el soplo de su aroma. Olía bien, a limpio, a recién bañado, a jabón escudo. Su loción era varonil. Decidí no voltear y "verlo" sólo a través del reflejo de la ventana. En sí jamás supe cómo era su cara, si era feo o bien parecido. Él se abultó más y su chicle de menta me invadió. 
-¿Qué hago?- se desalojó un poco el camión y él seguía detrás de mí. La cosa aquí, es que su cosa no me incomodaba. -Y que tal si es su mochila y yo haciendo un pancho en plena madrugada-. El colmo fue que ya teníamos a un espectador. Eso me incomodó más que la protuberancia sin rostro. Eso ojos de insinuación de un hombre que bien podría ser mi padre y que no hacía nada por librarme de la situación. Entonces yo di el último empujón, creo que lo pisé, intenté voltear a verlo pero sentí que se alejó.
Seguíamos siendo demasiados y apretados, pero ya no sentí el bulto en mi cintura, se había recorrido. Quise verlo, saber si su olor agradable coincidía con su fisonomía. Mejor no. Sólo vi de soslayo que ahora, estaba detrás de otra. Prefiero quedarme con el recuerdo de su menta.

-Sí, yo creo que era su mochila.

Paola Sandoval

domingo, 25 de agosto de 2013

Final feliz

Es bonito que siendo las seis de la madrugrada, en el camión se escuchen las canciones de Juan Gabriel cuando era jovencito, guapo y aún daban ganas de "darle un paletón". Qué bueno que corrí para alcanzarlo, valió la pena la gordibofeada, porque además cuando me subí el chofer me dijo con una voz varonil que electrizó mi piel: "súbete mija, que hay muchos lugares". Jamás me imaginé decir esto en un camión pero...

¡Buenos días a la vida, buenos señor sol!

jueves, 8 de agosto de 2013

Miradas

Una se sube al camión y de pronto es el centro de las miradas de guapos, viejitos, jóvenes, hombres maduros de insuperable galantería. Y una se siente de nuevo sensual, simpática, agraciada y bien... hasta que una doñita se acerca muy amable y te dice "mija, traes tu cierre abajo". Y una pela los ojos, aprieta los labios, agradece y se da cuenta de que todos escucharon, inclusive el chofer.

Ya no soy sensual ni atractiva, sigo siendo la misma pasajera de antes, ahora con el cierre en su lugar.

lunes, 5 de agosto de 2013

El matapasiones

Sintió horror al ver la transparencia de la ventana, todo ese derroche de luz que dejaba pasar al cuarto. Mientras él colocaba los doscientos setenta pesos, equivalentes a ocho horas de placer sin interrupciones, sobre la cilíndrica y giratoria charola de metal, ella corría enérgicamente la opaca cortina que decapitaría por completo la luminosidad entrante. Ella pensó que con eso bastaría, pero tristemente se dio cuenta de la presencia de un amplio y extenso espejo sobre una de las paredes, que ineluctablemente reflejaba todo lo habido en la habitación, especialmente la enorme cama que al entrar la sorprendió. La atacó el pánico al percatarse del insolente espejo colocado de manera siniestra en el techo, se sintió perdida. Para esto, Arturo ya se había desvestido por completo, con una velocidad increíble y desproporcional para su vasta corpulencia, que tendía prodigiosamente a desparramarse por lo ancho. La nausea se desbordó por la boca de Rosalinda, al ver las amarillentas protuberancias agolpadas en la circundante espalda de su amado que, complaciente, observaba la graciosa danza que sus dedos, cuales mariposillas, ejecutaban alrededor de su escroto. 

Lo peor, contaría ella después, no fueron los filmes pornográficos que trasmitían sin parar por el televisor, sino el terror de tener que desnudarse, así, sin más, y descubrir que esa tarde, ella traía puesto su brasier más cómodo pero también el más viejito… el más desgastado… el más percudido… el de los hoyitos… el que compró en el tianguis por 40 pesos… el gris que alguna vez fue blanco… Y como le diría el mismo Arturo en ese momento “el mata-pasiones” en un sintagma de “te pasas pinche gorda, ése es mata-pasiones”. Rosalinda, dejando de lado la vergüenza, que ya la había hundido dos metros bajo tierra, dijo resueltamente: Aquí el único “mata-pasiones” eres tú pendejo. 

Sí, la primera vez en un motel es inolvidable.

domingo, 4 de agosto de 2013

Incendios

Venía del Seguro, con más dudas que respuestas en la bolsa, pero conforme. Desde que me subí al camión me percaté, me veían con sigilo, con atención. Me siguió con la mirada, con un descarado recato inexplicable. Yo disimulé, lo veía de soslayo, pero él se volteó para verme de frente. No sé qué cara puse, hice alguna mueca, me quise reír, pero me acordé de que la coquetería ya no es para mí. Él insistía con su mirada y a pesar de eso, no me era incómoda, hace tiempo que ya no me veían así. Entonces pude notar que sus facciones eran recias pero agradables, apiñonado, deportivo, ojos olivo. Me sentí tonta, torpe; me puse seria: él seguía. “Éste me está cogiendo con la mirada” pero no me sentía mancillada, ni apenada. De pronto se volteó, miró por la ventana y se levantó. Se bajó por adelante, conocía al chofer, algo se dijeron. “Está grandote…” Volteó de nuevo hacia mí, “fue su mirada incendiaria” como diría López Portillo (el escritor). Pidió la bajada, algo se retorció dentro de mí. Antes de bajar, me vio directamente, los demás pasajeros se dieron cuenta, tardó en bajar sólo por verme. Sé que quiso decir algo; su andar escalonado se volvió plano.

Ahora yo volteaba a la ventanilla, él desde la banqueta, desde sus ojos olivo siguiendo la marcha del camión. Mi mejor sonrisa la merecía. En un instante las miradas convergieron, en un instante bifurcaron. El también sonrió y yo me perdí en la ciudad con mi “pudor” a salvo.

Sí, Cortázar tenía razón: que lo fantástico me asalte a la vuelta de la esquina.


Retrovisor

No me di cuenta. Sólo pagué mi pasaje, me recorrí, encontré un asiento vacío y me senté. Lo típico, lo cotidiano transcurría, el camión llegaba al Centro y se llenaba de estudiantes, de señoras con niños en brazos. Yo veía al señor que estaba sentado frente a mí, -viejo sátiro, buitre- pensaba, parecía perro por como veía a las muchachas a través de la ventana, hasta daba golpecitos en el vidrio para hacerse notar. -pobre, debería lavar mejor su camisa, mira nomás que cuello tan negro-. La gente se seguía apretando más, había unas cuantas resentidas de pie, que de vez en cuando lanzaban sus miradas de odio a los afortunados que íbamos sentados. Me sentía intranquila. Empezaba a creer que me estaba obsesionando con el collarín de mugre del viejo buitre, cuando escuché que un par de chicas –de las resentidas- decían “pero está guapísimo, mira, ya se quitó los lentes y está volteando para acá” y luego se reían nerviosas. Yo seguía pensando en que si no le incomodaba la mugre en el cuello al “señor”, mientras él seguía de galán irredento con sus golpecitos en la ventana.

Ya no me incomodaban las miradas matadoras de las damas resentidas, había algo más que me inquietaba. Ya se había bajado el galán del collarín negro y me seguía sintiendo extraña. De pronto supe, volteé hacía el retrovisor. El chofer me estaba mirando, era a mí y no al par de mensas de risa nerviosa -que ya se habían sentado justo delante de mí-. Aunque era inevitable ponerse nerviosa ante un hombre así, tenía un aire europeo, como de casanova italiano. Sus lentes “Ray Juan” –porque a leguas se veía que no eran originales- a él, se le sentaban muy bien, lo hacían irresistible. Él me observaba fijamente por el espejo retrovisor. Las chicas se dieron cuenta de ello, estaban aún más resentidas, cuchicheaban molestas. –y yo que vengo hecha un estropajo, carajo-. Sin embargo, su mirada no era halagadora, al contrario, era fiera. Me puse nerviosa. Las muchachas resentidas, ahora coqueteaban más y se reían a boca abierta. El tipo ni las pelaba, su mirada era sólo mía. Comencé a sudar, siempre sudo cuando estoy nerviosa. Traté de distraerme, de verles las narices a los que iban de pie. Fue imposible, él insistía. Me estaba azorrillando y dije –no, eso no, es lo peor- y volteé a verlo basilíscamente. 

Él se río y movió ligeramente la cabeza, como desaprobando mi reacción -¿se está burlando?- ya casi me bajaba. Por razones obvias, me fui a la puerta de atrás. Timbré y el camión no se paró, volví a timbrar, el chofer dijo “por adelante” yo musité –ah, qué huevos- pero me temblaban las piernas. Llegué a la puerta delantera, nos vimos cara a cara mientras él paraba el camión. Era más guapo de frente, creo que me dio un ligero escalofrió. Él lo notó y dijo “oiga señora, le faltó un peso” y yo -¿qué?- y dije “no es cierto, te lo di completo, siempre traigo el dinero justo” mientras pensaba –no estás para saberlo, pero soy una obsesiva compulsiva que siempre carga el pasaje justo antes de subirse al camión. No sé qué me dolía más, que haya dicho “señora” o que su coqueteo barato me retenía sólo por un mísero peso. Pero no era coqueteo –nunca lo fue- porque dijo “gente lacra” mientras yo bajaba. 

Ya ni le pude reclamar, ni defenderme, en cuantito me bajé, aceleró y se fue. Indignada, metí las manos a los bolsillos del pantalón y sentí que algo me traicionaba: era el peso faltante. El chofer tenía razón, sólo le había dado cinco pesos sueltos. No me di cuenta.

Y así, con las manos en los bolsillos, me vi reflejada y contrariada en un ventanal –con esta facha, ¿cómo ibas a crees que te estaba coqueteando?

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.