Siempre había escuchado los cuentos de horror que
se viven en el 380, conocida ruta de camiones de la zona metropolitana de
Guadalajara, famosa por darle la vuelta al periférico y por sus “maravillosos
olores” en hora pico. Y es que no te puedes llamar tapatío si no te has subido
una vez en tu vida a bordo del tres ochenta, o del puerco ochenta, o del sexo
ochenta, éste último apelativo por los arrimones voluntarios o involuntarios
porque ciertamente, el camión siempre va hasta su madre.
Hubo un tiempo en el que trabajaba en Tonalá y la
opción más rápida para llegar allá era, irremediablemente, tomar el 380. Y sí,
siempre iba lleno, casi nunca me tocaba sentarme, evitaba los arrimones a toda
costa, de ahí mi decisión de siempre llevar conmigo una mochila y jamás un
bolso de mano: supe que la mochila me serviría de escudo, caparazón o fuerte en
medio de la inhumana batalla que luchas con otros desconocidos pasajeros.
Una mañana, al tomar el 380 me percaté de que una
vecina junto con su hija también tomarían el camión. Las saludé y una vez
arriba, la marabunta de pasajeros se encargaría de separarnos. Como era de
esperarse, íbamos paradas, pero a mi vecina le dieron el asiento y gustosa lo
aceptó, noté que su hija, una niña de 12 años a lo sumo, iba paradita sin
despegarse de su madre.
El viaje se volvió un calvario, gente subía,
subía, subía y el conductor sólo era bueno para decir “pásenle por en medio”.
Afortunadamente yo iba rodeada de mujeres, ninguna de ellas se me repegaba con
saña o mala voluntad, o al menos así lo quería pensar. En medio de ese amontonamiento,
el conductor todavía fue capaz de frenar su camión en el tianguis de la colonia
Jalisco, largarnos ahí para bajarse por unos tacos de barbacoa.
Cuando por fin me bajé, vi a mis vecinas que
también lo hacían por la puerta delantera. Fue inevitable saludarlas de nuevo y
de rigor preguntar hacia dónde iban, típico que te responden, “voy a hacer un
mandadito” y con eso bastó para saber que no entraría en detalles, pues ¿qué
carajos me importaba su destino?
A punto de decirles, “pues que les vaya bien” y
bifurcar mi rumbo (o sea, abrirme como birote duro de la Central) la hija de mi
vecina dijo horrorizada “mami, me mojé”. Nos paramos en seco las tres, la cara
de la niña era indescriptible porque tocaba sus nalgas y no daba crédito a lo
que traía ahí pegado, eso viscoso, blancuzco, que tenía entre los dedos, que
sólo atinó a decir “son como mocos”.
Mi vecina dio algo así como un grito, yo tenía
cara de asco pero supe que lo correcto era quedarme para ayudar, estaba a dos
cuadras de mi trabajo, un baño limpio con agua corriente podría aminorar la
tragedia o el intento de violación que la niña había sufrido en el puerco
ochenta (ahora lo entiendo). Sin embargo, mi vecina me dijo adiós, no dejó que
yo hablara o le ofreciera ayuda, obligó a la niña a dar pasos apresurados
mientras le ordenaba amarrarse un suéter en la cintura.
Pasaron los años, y como dice el Tri, “las piedras rodando se encuentran”, en
una parada de camión volví a encontrarme con la hija de mi vecina, una muchacha
guapa y simpática que de inmediato me reconoció y saludó. Sacamos el tema de
aquel vergonzoso viaje que compartimos a Tonalá en el “sexo ochenta” (fue ella
quien así lo dijo); ya no le hacía meya, ni le causaba escozor la anécdota, de
los más relajada me contó que su mamá lloró todo el día, que le trató de
explicar qué era aquello a lo que nunca le pudo decir semen, le dijo que los
hombres eran malos, que por algo ella no tenía padre, pero lo más asombroso de
todo, fue que su madre no lavó, ni tiró a la basura su pantalón impregnado de
mecos (también así lo dijo), hizo una fogata en el patio y lo quemó mientras
rezaba o maldecía. “Haz de cuenta como si realmente me hubieran quitado la
virginidad en el camión”.

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