Me fui a trabajar ya con el estómago sensible, me duelen todas las articulaciones y hoy fue uno de eso días en los que mi tolerancia a los ruidos es casi nula. Comí el desayuno más horrible e insaboro de mi vida. Salí muy tarde de trabajar y tenía que ir a pagar los impuestos del mes. Pero el colmo, fue llegar al cajero y no ver los fondos que tenía previstos, vacío la cuenta, pago los malditos impuestos e indago: me botaron un cheque que deposité la semana pasada y a ver cuándo me lo reponen, en el lapso de la indagación, el estómago me hace más estragos y en los bancos no hay baños para variar. Vencida, decido irme a casa antes de sufrir un accidente, pero mi casa queda muy lejos y hoy me pareció más lejana, y sí, maldije vivir ahí, porque cuando una está encabronada no repara en lo que piensa. También maldije a quienes no hacen bien su trabajo y los apuros en los que me meten, mi cuenta en ceros pero los pinches impuestos llenándole el bolsillo a alguien más, pago un carro y de qué me sirve tenerlo si me da pánico manejar, caminar y esperar (e s p e r a r) para tomar el camión y la revolución en mi estómago. Nunca pasó, decido tomar doble, me duele el cuerpo, la cabeza, para cuando bajo del primer camión ya estoy mareada, por fortuna viene el segundo y aparece él, todo amable, pulcro, correcto, dando las buenas tardes a pesar de mi cara de gorgona, se espera a que me siente, saluda a todos los pasajeros, los baja con amabilidad, a una señora con muchas bolsas de tianguis le dice que se siente, que él la baja cuando el camión esté completamente parado, que su mamá también anda en camión (pienso en mi madre hecha cenizas), su amabilidad me relaja, me anima un poco, estoy a salvo en ese camión Premier 710. Gracias.
Ojalá ustedes también se lo encuentren en su viajes.
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