sábado, 17 de noviembre de 2018

En el andén del tren

Una pensaría que a estas alturas, cuando una ya está gorda, cansada, ojerosa y sin ilusiones, ya no pasa nada más que la vida, y en la rutina de tomar el tren y regresar a casa con el pensamiento deshilachado y el espíritu apretujado, en el andén de enfrente una mirada me siga, me instigue, me busque (no, no es a mí) y aunque cambie de posición, me persigue, me sonríe, me asombra (sí, es para mí, qué raro es esto) el tren arranca y giran las miradas, se incendian. Y se apagan.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Crónica camionera: Refugio

Me fui a trabajar ya con el estómago sensible, me duelen todas las articulaciones y hoy fue uno de eso días en los que mi tolerancia a los ruidos es casi nula. Comí el desayuno más horrible e insaboro de mi vida. Salí muy tarde de trabajar y tenía que ir a pagar los impuestos del mes. Pero el colmo, fue llegar al cajero y no ver los fondos que tenía previstos, vacío la  cuenta, pago los malditos impuestos e indago: me botaron un cheque que deposité la semana pasada y a ver cuándo me lo reponen, en el lapso de la indagación, el estómago me hace más estragos y en los bancos no hay baños para variar. Vencida, decido irme a casa antes de sufrir un accidente, pero mi casa queda muy lejos y hoy me pareció más lejana, y sí, maldije vivir ahí, porque cuando una está encabronada no repara en lo que piensa. También maldije a quienes no hacen bien su trabajo y los apuros en los que me meten, mi cuenta en ceros pero los pinches impuestos llenándole el bolsillo a alguien más, pago un carro y de qué me sirve tenerlo si me da pánico manejar, caminar y esperar (e s p e r a r) para tomar el camión y la revolución en mi estómago. Nunca pasó, decido tomar doble, me duele el cuerpo, la cabeza, para cuando bajo del primer camión ya estoy mareada, por fortuna viene el segundo y aparece él, todo amable, pulcro, correcto, dando las buenas tardes a pesar de mi cara de gorgona, se espera a que me siente, saluda a todos los pasajeros, los baja con amabilidad, a una señora con muchas bolsas de tianguis le dice que se siente, que él la baja cuando el camión esté completamente parado, que su mamá también anda en camión (pienso en mi madre hecha cenizas), su amabilidad me relaja, me anima un poco, estoy a salvo en ese camión Premier 710. Gracias.

Ojalá ustedes también se lo encuentren en su viajes.

miércoles, 26 de abril de 2017

Flashazos



Yo lo atraje y él a mí. Lo supe desde que me vio, con calma, a su antojo, sin reparos. Subir a aquel camión de escalinata tipo Gaudí fue complicado, nada glamuroso, él debió ver cómo me aferré a los tubos para no caer ¡qué vergüenza! Tuve que alejarme de él, de sus ojos, de sus lindos ojos detrás de sus lentes que le daban un toque bohemio. La tarde era rara, no sé cómo explicarlo, a pesar del exabrupto de mi subida al camión, en él había calma y la luz que se filtraba por las ventanas impregnaba todo como si fuera un filtro de instangram.

Cuadras más adelante se subió una señora bajita que casi y se nos mata en la escalera de ascenso, ésa que le hubiera gustado a cualquier surrealista por su “estética”, la pobre tropezó y pegó en uno de los tubos. Él se paró de inmediato para ayudarle, la levantó y le cedió su lugar. Todos los pasajeros vimos eso como algo loable, estúpidamente pensé que de haberme caído él me hubiera ayudado y quizás… ¡No! 

Él buscó un asiento qué ocupar, había muchos disponibles, pero me volvió a encontrar y fue directo hacía mí, yo, como siempre, cuándo no, abrí mi bolsa e hice como que buscaba algo para evitarlo, él se sentó justo atrás de mí, yo sentía cómo respiraba, a qué olía y esa maldita luz dorada que le daba a todo el margen perfecto para una conversación, para un devaneo amoroso… ¡Dale, que no!

Pero sonó un celular, el suyo, contestó: Bueno… bueno… papá, es que casi no te escucho, está algo madreada la señal… sí, dime… … sí, fue mi mamá, pero no se la quisieron dar, le pusieron muchas trabas… sí, ella está bien, regresó desilusionada pero está bien… oye, ¿quieres ir a desayunar mañana..? A donde tú digas, sí y platicamos mejor… sí, yo te aviso papá, no te preocupes papá… mañana yo te llamo… gracias… sí papá… hasta mañana… te amo papá… Colgó.

Para mí fue hermoso escuchar ese último “te amo papá” viniendo de un hombre, yo sabía que la tarde tenía algo extraño, que ese camión estaba como sacado de un cuadro y que él era especial, que de no haberme escondido en el fondo de mi bolsa quizás y hubiésemos hablado, aunque sea para agradecerle por lo que hizo con la señora, para decirle que era adorable, para…
Me paré, lo vi, él me sonrió, se ajustó los lentes, sonrío como si lo fueran a fotografiar, timbré y me bajé.

Paola Sandoval

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hipocresía (por favor, no interrumpan a los lectores).

5:04pm /De verdad, suelo ser muy social, me gusta platicar con las personas, yo soy de las que va platicando con los taxistas, con las señoras en el camión.
Vine a hacer un trámite y al llegar me dicen que hasta la 5:30 de la tarde me atenderán. Llegué a las 3:50 ¿Qué hago? Pensé por un momento en ir a la casa de mi prima Esther, pero desde el sábado mi rodilla es un problema y yo ando muy guapa de medio tacón, imposible caminar 10 cuadras de ida y de venida.

Pensé en ir a comer, tomarme un café aquí en la esquina, pero sorpresa, no cargué más dinero, según yo no iba a tardar tanto, fui a la tienda más cercana y compré una botella de agua y un paste de champiñones, todo por 21 pesos (insuperable), el gozo fue mayor porque el paste estaba delicioso. Así que me senté, me lo comí, lo disfruté, hablé por teléfono con mi herma, saqué mi libro en turno y me puse a leer en santa paz.

Poco después llegó un compañero del trabajo, alguien que de entrada no me cae bien, pero pues qué hago... Me saludó (milagro, en la escuela no lo hace) lo saludé, y como era de esperarse, se sentó a mi lado. Adiós a mi lectura, se puso a checar facebook y está viendo todos los videos con el sonido en alto, se ríe estrepitosamente, tose, me molesta.

5:24pm /Preferí cerrar mi libro y comenzar a escribir esto para evadirlo, en este lapso, me enseñó dos videos (chistosísimos según él), pero no me habla, no entabla una conversación.

5:28pm /Lo bueno es que ya casi son las 5:30.

Paola Sandoval

miércoles, 19 de octubre de 2016

Fornofantasy




Abrió los ojos y sabía que era tarde, sin embargo perdió la noción del tiempo al sentir la suavidad en sus manos, en sus nalgas, se supo desnudo entonces y un fino sudor le cubría el cuerpo por completo. Quiso levantarse pero se bamboleaba sin poder lograrlo, resbalaba cadenciosamente por esa superficie de protuberancias y declives que se asemejaba a un colchón de agua. Pronto pudo asirse de lo que pensó sería una piedra, pero su sorpresa fue grande al ver que se trataba de un turgente pezón que emanaba gotas de perfumado óleo. Alzó la cabeza y vislumbró en el horizonte una infinidad de senos enormes con su infinidad de pezones, todos ellos erguidos únicamente para él. Su erección no se hizo esperar, su pene era tan largo y ancho como el cayado de Aarón, ése que en algún pasaje bíblico se convirtió en serpiente y se tragó a otra en garantía de milagro. Pero el prodigio aquí radicaba en su falo, insuperable en dureza, tan largo como cualquiera de sus extremidades. No era lógico, pero era real, ahí estaba tan obediente y feroz como perro de pelea. El hombre, trípode ahora, pudo asirse, tenía un soporte extra.
   Súbitamente resbaló en una atmósfera de gemidos encabritados, le temía a las bajadas pero era placentera la mezcla de vértigo y la sensación de los pezones rosando en su espalda. Cayó en un río espeso y rosado, la viscosidad del oleaje secuestró sus fosas nasales, olía a vinagre y vainilla. Salió a flote y pudo ver que cuesta arriba dos arcángeles de vergas enormes eyaculaban sin cesar alimentando el caudal del río. Nadó apaciblemente, sin prisa, fluyendo en el divino semen, contribuyendo con el suyo.
   Llegó a la orilla donde siete mujeres lo aguardaban, gustosas lo lamieron y lo condujeron al sendero de un bosque donde las ramas lo flagelaban. No eran ramas, eran látigos de piel y caucho que pendían graciosamente de los árboles. Mientras más corría los látigos lo azotaban hasta sangrarlo, su “perro de pelea” reaccionaba satisfactoriamente, como no lo hacía desde hace años.
   Al final del camino una mujer gigante lo esperaba y le invitaba a subir a su cuerpo que era el mundo. Sólo vestía medias de corte cubano sostenidas por cilicios a manera de liguero. Quiso verle la cara, pero en su lugar sólo encontró un gran lente fotográfico. La cíclope lo colocó en medio de sus senos-volcán a punto de erupción. Explotaron. Una delicada lluvia de leche y miel le perlaba la piel. Paladeaba. Y en su mente la Tierra Prometida, esa que no supieron interpretar sus maestros, la que nunca conoció Abraham porque es metáfora y sólo eso.
   La cíclope se desvanecía dejando ardor en la insurrección de carne. Un niño recostado en un pesebre repetía con aparente enfado: “tomar y coger todos de él, porque éste es tu cuerpo...

   El estruendo de las campanas lo espantó. El sopor de la húmeda sacristía lo enervaba. El niño le tiraba de la manga de la sotana:
–Padre, padre, despierte, ya es hora de la misa.


Paola Sandoval



Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.