La semana pasada llevamos a mi
mamá a su cita en el hospital, en lo que mi esposo la llevaba a desayunar, yo
me quedé haciendo fila en la farmacia para recoger su medicamento. Me puse a
leer y de pronto el señor que estaba adelante de mí volteó y me dijo "disculpe,
¿qué está leyendo?" yo le respondí que una antología de cuentos mexicanos
y le presté el libro para que lo viera. El señor, ya mayor, lo observó con
detenimiento, me dijo que él también leía pero que no conocía de esos cuentos,
sacó una libretita y anotó el título de mi libro. Luego me dijo que si no había
leído yo a Paulo Coelho, yo le dije que sí, y él se entusiasmó mucho, me dijo
que eran una chulada sus historias y yo reprimí mis opiniones acerca de ese
autor, porque ahí yo ya no era la maestra de literatura, era una lectora frente
a otro lector en una fila interminable.
El señor me dijo que esas
historias le ayudaban mucho, después sacó un breviario de salmos, me lo prestó
y me dijo que todo eso le hacía mucho bien, yo le escuchaba atenta. Me dijo
"yo tengo cáncer señorita, y es terminal, pero no quiero tener miedo, por
eso leo", yo sólo atiné a decirle que de alguna forma a mí la lectura me
hizo una persona menos temerosa. Al señor le brillaron los ojos, me dijo que
leer era un placer inmenso para él, que le daba paz, que le gustaba ir a leer a
las banquitas del templo de los ángeles y me dijo "¿lo conoce? " yo
le dije que no, él me vio fijamente y me dijo, "usted tiene que ir
señorita, para que también sienta paz" y supe que sus palabras eran un
mensaje para mí.
No nos dimos cuenta de que la
fila había terminado. Al señor le tocaba su turno, sacó una bolsita de plástico
en donde metió todo su medicamento. Al despedirse, me dijo que le daba mucho
gusto conversar con personas que leían, que iba a buscar el libro que yo estaba
leyendo. Yo le di la mano y un apapacho en el hombro, y le dije que iría a
buscar el templo.
Hoy fui y en verdad es un lugar
hermoso, vine a dar gracias, a pedir por la salud de los enfermos, a llorar y a
sentir paz en el corazón.
Ella hace mucho que dejó de ser él. Quiere que la llamemos Angie y corta el cabello de manera estupenda. Una soporta los jalones porque su fuerza sigue siendo la de un hombre, pero no importa, porque el cabello es algo que se tiene que domar y ella tiene el don con el mío, que es traicionero y voluble. Lo malo de ir a su estética (para mí, aunque suene egoísta) es que siempre, todos los días, tiene muchos clientes y claro, clientas también, pero son más los caballeros que frecuentan su local y una, se acostumbra a hacer fila entre ellos. Angie nunca dice que no, sólo que la esperes un poco, y en realidad es rápida haciendo su trabajo, además acertada, por ello vale la pena hacer "cola" mientras ojeas una Vogue y navegas entre el Ange ou demon de Givenchy y la última colección de bolsos Balenciaga.
Ayer no fue la excepción, tenía un corte, un depilado de cejas y cuando le pregunté que si tenía chance de despuntarme, me dijo que sí. Tomé la revista, comencé a leer, o mejor dicho, a ver y entonces me percaté que había un carro con el estéreo a todo volumen afuera, racargados sobre él dos muchachos, yo los vi de reojo e incluso me molesté, pues tenían música de norteño a todo volumen, tomaban cerveza en lata y platicaban a distancia con Angie, deduje que eran sus amigos pues entraban y salían a placer de la estética, se secreteaban con ella y volvían al carro.
Noté que repetían y repetían una canción, uno de ellos cantaba estrepitosamente, como si quisieran que lo escucharan:
Por pensar que tú volverías conmigo, y saber que ahora tú ya tienes abrigo, aquí se va muriendo mi alma y va creciendo este vació en mí que no lleno con nada.
Entonces dejé de perderme en las páginas de la Vogue y a concentrarme en la letra de la canción:
es tu amor el que no me deja vivir, el que no puedo resistir, pues muy adentro se quedó como una luz que nunca se apagó como la noche eterna, que nunca amaneció.
A pesar de la voz chillante del cantante, me pareció hermosa la letra y el que cantaba estrepitosamente hasta me sonó afinado. Fue cuando voltee a verle: no estaba tan joven como yo esperaba, se podría decir que era casi un hombre de mi edad, vestía bien, con su cerveza en la mano y sus ojos color avellana. Él sonrió cuando lo vi, pensé, esté es así con todas; Angie se reía desde adentro y le decía "qué cabrón eres, ya te dije que no" a lo que él contestó "no me importa, chicle y pega":
olvidar, cómo es posible olvidar,
la única vez que supe amar y ahora tengo que renunciar, a lo más bello que jamás sentí, pero ahora solo hiere y tú ni te acuerdas de mí.
El tipo seguía cantando y sonriendo, se veía más animado. Angie me sorprendió al decirme que ya me tocaba, a pesar de que había más clientas adelante de mí. Me senté, le dije cómo quería mi corte y comenzamos a platicar. Me decía que había roto con su novio y yo le dije que lo bueno es que tenía muchos galanes en puerta, aludiendo a los que repetían y repetían la canción. Ella se río. Vi entonces que el sujeto entraba más a la estética hasta que de plano se sentó justo atrás de nosotras, en la silla del shampoo. Angie le decía "salte cabrón, me pones nerviosa" y él sólo se reía mientras le brillaban sus lindos ojos color avellana, sí, eran muy lindos y a mí me daba una pena terrible ir vestida de tenis y camisa, porque era cierto lo que Angie decía, nos ponía nerviosas, era intimidante. Me percaté de que el sujeto veía directamente al espejo, a mi reflejo mientras cantaba:
porque la vida no me dice nada, porque tengo temor a las miradas, aquí, se va muriendo mi alma y va creciendo cada día más, el cielo de mi esperanza…
Angie terminó mi corte, el tipo se salió con su camarada. Le pagué, me despedí y ella reía también, le pregunté ¿qué pasa? ella sólo me dijo, “nada, cuídate de los lobos”. Salí perpleja del lugar sin entender. Ya en la calle, escuché “que te vaya muy bien, mi vida…”, me acalambré, sabía que esas palabras las decía el dueño de los ojos color avellana. No quise voltear, porque estaba casi segura que me petrificaría en estatua de sal; avancé unos pasos y alcancé a escuchar que Angie decía “ves, te dije que no te haría caso, ella está casada”. Apresuré el paso y entonces comprendí estas líneas:
como una luz que nunca se apagó,
como la noche eterna, que nunca amaneció. Paola Sandoval
El camino a casa
transcurría entre la ciudad abierta, descompuesta por las obras del Tren ligero,
el caos de las máquinas y ese calor húmedo que anuncia una lluvia que no quiere
caer. Yo intentaba dormirme pero en eso, se subieron dos muchachos al camión
con una par de violines, bastante animosos ellos nos dijeron que interpretarían
a Mozart, los pasajeros que íbamos no hicimos ni el mínimo aspaviento ante tal
declaración.
Y comenzaron, a mí se
me fue el sueño y por un momento olvidé que iba en un camión contrahecho, al
que todo le sonaba, al que todo le olía, se me olvidó que sentía calor, se me
olvidó ver el paisaje herido de la ciudad más allá de la ventana y me entregué a
la efusividad de la Serenata Nocturna.
Entonces fue que mis ojos repararon de nuevo en los pasajeros y me sorprendí
ante su ataraxia, pareciera que en ellos no cambiaba nada, es más muchos
llevaban los auriculares puestos, sin embargo había un pasajero que desde su
asiento veía y escuchaba a los violinistas con fascinación y embeleso, me causó
ternura su boca semiabierta, sus ojos bien abiertos, su disposición a la música
y su edad, no mayor a los diez años.
Los jóvenes violinistas
sabían de su admirador y fueron a tocar cerca de él. Es indescriptible la cara
que el niño puso cuando los músicos caminaron hacia su asiento. Terminaron su
interpretación y el niño aplaudió, junto con su mamá que decía “bravo” y claro,
yo también me les uní. Al ver esto, los jóvenes tocaron la canción de Mario
Bros y también la del Chavo del 8, para finalizar con la introducción de Los
Simpsons. Como era de esperarse, pidieron dinero a los pasajeros y fue grato
ver que la mayoría de éstos sí les dieron. El par de violinistas se
bajaron y escuché que el niño le decía a su mamá: -luego me compras uno de ésos,
para tocar música-. El camión siguió su marcha y mi sueño se convirtió en pesadez,
mientras que mi pequeño amigo comenzó a silbar el inicio de la Serenata Nocturna una y otra vez... (estaba
emocionado pues).
Unas cuadras más
adelante, observé que se subían un muchacho con la que parecía ser su madre. Era
bastante guapo, alto, muy serio y me agradó ver que era él quien cargaba la
bolsa del mandado y al haber sólo un asiento, le dijo a la señora que se
sentará, mientras él quedaba de pie. No habíamos “caminado” ni tres cuadros
cuando vi que el muchacho guapo, dirigió su mirada hacia atrás, observó al niño
y con gran estrépito le grito -¡Shhhhhhhhhh,
ya cállate!-.
El niño paró en seco,
la mamá puso cara de extrañamiento y yo sentí como una patada en el estomagó.
Siempre he sido muy impulsiva y en verdad me he prometido frenar esas reacciones
en mí, pero en esta ocasión fue tanto mi coraje que yo también grité -¡es una lástima ser tan joven y tan
amargado!- voltee a vermi pequeño
cómplice y le dije -y tú hijo, no
permitas que te calle gente sin importancia-.
No me di cuenta de que
los pasajeros también estaban viendo y escuchando. El muchacho me veía con
odio, pero no dijo nada, se desocupó un asiento al lado de su madre para después dormirse en él (o hacerse el
dormido).
El niño junto con su
madre se bajaron una cuadra después, él me dijo -¡adiós!- Y yo respondí -qué les
vaya bien- mientras pensaba “Ojalá
que sí te compren tu violín”.