domingo, 17 de mayo de 2015

Crónica chilaquilera

Es bien sabido por todos ustedes que a mí me encantan los chilaquiles. Esta mañana fuimos mi esposo y yo a desayunar y había demasiada gente, aun así encontramos una mesa vacía y nos sentamos, a leguas se veía que la acababan de desocupar pero no estaba sucia, si acaso un trapazo y ya estaba lista. Nos gusta ir a comer ahí porque nos queda en el mismo barrio (Santa Mariguanita, perdón, Margarita) los chilaquiles son deliciosos, están bien servidos y el precio es accesible, sin embargo, la selecta perrada de Valle Real y feudos circunvecinos también lo saben y ha sido común ver que, de ser una fonda popular, de repente haya subido a la categoría casi casi de café Bistró. Así que ya imaginarán a la gente que asiste a desayunar, que son capaces de darse un baño de pueblo por un buen plato de chilaquiles. 
Volviendo a la mesa, vimos que llegó una despampanante pareja que de inmediato se dirigió a la dueña-patrona-cacique del lugar y ésta honorable matrona se dirigió a la mesa que quedaba a nuestro lado, la cual acababa de vaciarse, en ella únicamente dejó dos sillas (no se le fuera ocurrir a alguien sentarse ahí también) y de manera bastante déspota le gritó al mesero que a nosotros ya nos había atendido "¡Jaime! (para acabarla de chingar se llamaba Jaime) limpia esta mesa, pero movidito". Mi esposo y yo los quedamos sin palabras, la pareja de principitos de Dinamarca (sí, porque como diría Shakespeare, ahí algo huele a podrido) no se atrevieron ni a sentarse y miren que su mesa estaba más limpia de como encontramos la de nosotros.
La dueña de la fonda gritó en dos ocasiones más, y el pobre Jaime ya corría de una mesa a otra. Tanto fue el enojo de mi esposo que en ese momento quiso retirarse, pero yo le dije que se calmara, que iba a escribirle una nota al final de nuestro desayuno. Por fin, Jaime limpió la mesa de los comensales influyentes y escuchamos que ellos le ordenaban al mesero en el mismo tono en que le ordenaba la dueña, o sea que como diría mi papá "la mierda se junta con la cagada".
Diez minutos después llegó nuestra orden y yo pensaba en las palabras que dejaría al finalizar de desayunar, en una de esas Jaime se acercó para preguntar si nos faltaba algo y nosotros aprovechamos para decirle que no se dejara tratar así por su patrona, que como diría mi tía Chuyita, ésa sí era una "¡zaz, culera!", a Jaime le dio una risita nerviosa y sólo nos dijo que "así era ella", que ya se había acostumbrado.
Terminamos, yo le daba el último sorbo al jugo de naranja cuando vi que en el fondo del vaso algo subía y bajaba, pensé que eran semillas pero no, se trataba de esos pequeños gusanos blancos que salen en la basura, y para ser exacta había tres nadando en lo que quedaba de jugo. Mi esposo vio mi cara de asco y preguntó "¿qué?", me quitó el vaso y observó, puso cara de encabronamiento, buscó en toda la fonda, ubicó a la dueña, se dirigió hacia ella y a un metro de distancia le dijo, "señora, este jugo tiene gusanos". La mayoría de los comensales voltearon a ver, los príncipes de Dinamarca dejaron de comer, la señora tomó el vaso, lo revisó y puso peor cara: de emputecimiento.
La pareja despampanante pidió la cuenta de inmediato. Dos minutos después, la dueña de la fonda fue hacia nuestra mesa, nos pidió una disculpa y nos dijo que nuestro consumo corría por su cuenta.
Mi esposo buscó al mesero, a Jaime, le dejó su propina y le dijo "y no te dejes viejo".
Saliendo de ahí, le dije a mi esposo "ves, sin querer vengaste al mesero". Y yo, ahora que escribo esto tengo una duda: ¿cuántos gusanillos me habré tomado?

domingo, 10 de mayo de 2015

El actor

Que al subir al camión, te des cuenta de que el chofer es guapo hasta el arrepentimiento, te quedes pasmada viéndole, y para disimular tu paroxismo, preguntes tartamudeando si el camión va a tu colonia, como si no lo supieses de sobra.
Y él sonríe, no por ti o contigo, sino de saberse guapo, saberse actor principal de escenas como ésta una y otra vez. Y tú, aprietas el paso hacia el asiento más lejano y una vez sentada, él te llama para decirte que olvidaste el cambio... y tu boleto. Caminas hacia él, medio viva, medio muerta de vergüenza, tomas tu dinero y boleto, se rozan las manos, se encuentran los ojos a través del retrovisor y es entonces, que ves que uno de los botones de tu blusa se ha desabrochado, ve tú a saber desde cuándo. Y él sonríe, como si hubiese ganado un Óscar, y tú... como si hubieses sido nominada a la peor actriz de reparto.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Terminal

Amiga... Amiga... Ya llegamos...

Abro lo ojos y veo a un hombre bien parecido a un metro de distancia, sonriendo. Lo que nunca, me quedé dormida y llegué hasta la terminal del camión. Me disculpo y me dice "no te preocupes ahorita te regreso" y aquí estoy, esperando y escribiendo esto, mientras veo que el chofer simpático está de lo más a gusto platicando con la muchacha que administra su terminal. Sólo espero no haber estado dormida con la boca abierta mientras él me despertaba.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El terror de los pinos

Hace algunos años, cuando vivía con mis padres, para tomar el camión y salir a la avenida principal de Zapopan, era ineludible pasar por Los pinos, una calle con vecindades desangeladas e insertadas en la cabecera municipal. Mi papá siempre nos decía que le rodeáramos porque veía amenazada nuestra doncellez por las miradas y bisbeos de los mariguanos que habitaban ahí. Nunca le hicimos caso. No obstante, mis hermanos y yo crecimos escuchando la historia de mi padre: cuando él era muy joven, iba de regreso a la casa cuando en la cuadra de Los pinos una pandilla le obstruyó el pasó, el cabecilla le sacó una navaja, lo querían asaltar porque eso era lo mejor que sabían hacer en ese lugar, él cuenta que pensó "ya valí madres". Ante eso mi papá tuvo que pronunciar las palabras mágicas "pero carnal, yo soy del barrio, vivo aquí arriba". Lo dejaron ir, intacto, y en lo sucesivo, mi padre aprovecharía cada borrachera para platicar su aventura de incipiente valentía.
En Los pinos era común ver las peleas con piedras entre pandillas, a los tonchos de las vecindades, la venta de coca a plena luz, la pobreza de sus habitantes. Por eso mi papá insistía en que le rodeáramos. La situación se calmó un poco el día que mataron a un muchacho a quema ropa en la meritita esquina de Los pinos. Para colmo de mala suerte, eses día regresábamos a la casa cuando vimos las ambulancias y patrullas. Ya habían orillado y tapado al cadáver con una sábana, lo acribillaron y le contaron 42 orificios en el cuerpo. Para cuando llegamos, mi mamá descubrió una mancha coagulada en mi tenis. Me lo quitó de inmediato, hubiera preferido tirarlo, pero no nos podíamos dar ese lujo, no había para más. También al igual que mi padre, mi mamá contaría a sus amigas la anécdota de cómo una de sus hijas pisó por descuido el charco de sangre de un joven asesinado y la faena de quitar la mancha después.
Las calles del primer cuadro de Zapopan han sido remozadas infinidad de veces pero Los pinos no, ahí sus habitantes se siguen hacinando en vecindades cada día más ruinosas, alcoholizándose en la calle. Hace algunos años regresando a mi casa (justo en la esquina donde quedó el joven acribillado) un sujeto demasiado alto y flaco me obstruyó el paso. Pude darme cuenta que tenía la nariz desfigurada a golpes y los ojos desorbitados. Me llené de miedo y mis piernas de 16 años se debilitaron, él dijo algo incomprensible mientras yo pensaba "valí madres". Tuve que pronunciar las palabras mágicas de mi padre "carnal soy del barrio" (me sentí estúpida diciendo eso). Pero él, tambaleante me dijo "estás muy chula para andar por aquí, si quieres te acompaño", el pobre apenas si podía caminar de lo drogado que andaba y lejos de halagarme, le tuve pánico.
Posteriormente fue inevitable encontrármelo, él cuando estaba sobrio lavaba carros afuera del Hospital Civil de Zapopan, me chuleaba como era su costumbre y me decía que cuando tuviera un carro el me lo lavaría gratis. En una ocasión (ya más grandecita, iba a la facultad) me lo topé de frente, rodeado de una "bolita" de mariguanos, cual caballero andante les pidió que se callaran, le hicieron caso, yo apreté el paso queriendo a esas alturas pasar desapercibida, él sólo dijo "ahí viene la chula... adiós chula que Dios te bendiga" y ya a la distancia me volvió a recordar lo del carro y la lavada gratis.
Uno de esos días mi mamá llegó muy asustada a la casa contando que a la señora Maguito, una vecina, le habían quitado su monedero de un navajazo en Los pinos. La señora dijo que había sido el cholo grandote y flaco, el de la nariz torcida, supe de inmediato de quién hablaba; aunque desconocíamos su nombre la gente de mi cuadra lo bautizó como "El terror de los pinos". Después nos enteramos de que ese cholo era padre de dos niñitas y que además tenía esposa, vivían en un cuarto de las vecindades, pero aun así, eso no mermaba su "galanura" hacia conmigo. Poco tiempo más tarde ya no lo vimos, pensamos que lo habían matado, o en el mejor de los casos encerrado en la cárcel.
Pasaron los años, me cambié de casa y aún seguía tomando el camión. Recientemente fui a casa de mis padres, tuve que pasar por Los pinos. Ya casi terminaba la calle cuando al doblar la esquina me topé con él. Estaba igual de flaco, con la nariz más desfigurada y el cuerpo encorbado. Detuve mi paso (no sé por qué) y él olío mi miedo, yo pensé "ya valí madres" y apreté mi monedero con la mano. Pero él me sorprendió al decirme después de 14 años (y kilos) "hola chula, tenía mucho que no te veía, estás más chula así" yo apenas iba a decir algo cuando una jovencita desde la acera de enfrente le gritó "apá, camínele". Antes de cruzar la calle me dijo "adiós chula, que Dios me la bendiga y cuando tengas un carro ya sabes, para ti gratis".

Llegué a casa de mis padres prometiéndome no contarle nada a mi papá, casi era seguro que me dijera: hija, no pases por ahí, rodéale.

Paola Sandoval

viernes, 22 de agosto de 2014

Vanidad incomprendida

Me subo al camión y me encuentro después de mucho tiempo con un maestro guapo como lo es Alberto García, nos saludamos con efusividad, el nerviosismo de mis palabras es evidente, y en ese momento, reparo en que no estoy maquillada y él, aún así, me dice hermosa añadiendo "ya voy a ser parte de tus narraciones de camión".

Al bajarme le dije "te haré personaje Beto" y pienso que es lo más sexy que le he dicho a un hombre.

Paola Sandoval

miércoles, 16 de abril de 2014

El pacto con Adonis

Después de esperar más de veinte minutos, pasó el camión. Imaginaba que vendría lleno, sin embargo tenía asientos vacíos, sólo que éstos estaban en la parte que pega el sol, de eso a ir parada... Me senté y me coloqué mis enormes gafas para el sol, de ésas que te cubren media faz. Le pedí a la señora que me dejara pasar y amablemente accedió. Diez minutos después ella se bajó y aproveché para recorrerme porque el sol pegaba con ganas.

   Subió una tanda de pasajeros, entre ellos venía un muchacho que pronto llamó mi atención, era anguloso y de espalda ancha, como de mi edad, no era un Adonis, pero tampoco estaba nada despreciable; yo creo que me le quedé viendo mucho tiempo (fue una de esas miradas que cruzas con desconocidos en donde concentras un reconocimiento de atracción recíproca) porque vi en sus ojos y movimientos la negra intención de sentarse a mi lado (en el lugar del sol). Estaba a punto de recorrerme (total, llevaba lentes) cuando una mujer rubia con una gafas más grandes que las mías (y quien parecía que nunca se había subido al transporte público) lo rebasó y sin pedir permiso, prácticamente me saltó y se sentó donde pegaba el sol, todo en menos de un minuto. Vi que el muchacho de la ancha espalda se molestó y se fue a la parte trasera del camión. La rubia sacó un enorme sombrero de tela de su bolso y se lo puso.

   Cinco cuadras después se bajaron varios pasajeros, los asientos "de la sombra" se habían desocupado, así que sin pensarlo me fui a uno de ellos; la rubia pensó igual y fue ahí que pensé -chingado ¿también se va a sentar acá?- porque su perfume ya me había mareado. Pero no, ella se fue al asiento de atrás, justo donde estaba sentado el chico nada despreciable (ya hasta lo había olvidado). Inesperadamente, él se paró de su lugar y se fue a sentar junto a mí, eso, sin decir nada, ya era casi un pacto: la rubia nos caía mal.

   Ya una vez sentado, volteó a mirarme fijamente, yo, escondida detrás de mis gafas de sol, no hice por moverme ni corresponderle la mirada, pero veía todo; sonará ridículo, pero casi me sentía como el detective Auguste Dupin en el cuento La carta robada de Edgar Allan Poe, entonces supe que el casi Adonis si tenía toda la negra intención de coqueterar. Pero yo ¿qué haría? ¿le devolvería la mirada, la sonrisa cautivante? (tenía los dientes parejitos, comisuras maliciosas). Me quedé hundida en el asiento, haciendo de cuenta que no lo veía y que no me interesaba su flirteo.

   No sé cuánto tiempo dormí, desperté porque sentí un ligero golpe en la cabeza, abrí los ojos y vi que él (muy próximo a mí) iba también "dormido" y su cabeza pegaba con la mía. La verdad me dio un poco de risa, me incorporé lentamente en mi asiento y vi que él seguía (o eso aparentaba), entonces desde la trinchera de mis gafas solares pude observarlo con detenimiento: tenía un cutis lindo y las pestañas muy negras, sus labios eran carnosos y entonaban bien con los ángulos de su cara. Fui injusta, tenía todo para ser un Adonis. Él debió sentir mi mirada de basilisco porque despertó y yo de inmediato me hice la desentendida. Sin embargo, aunque ya despiertos los dos, seguíamos muy próximos, nuestros espacios vitales estaban fusionados, creo que nos sentíamos cómodos, a pesar del calor. Mas yo me tenía que bajar. Arreglé mi bolsa y él me lanzó su última mirada con sonrisa maliciosa. Le pedí permiso para salir del asiento (sí, yo estaba del lado de la ventana), él accedió dándome espacio sin dejar de verme, yo trataba de ni siquiera rozarlo (irónico, después de dormir cabeza con cabeza) al salir cuando escuché que dijo -estás muy suavecita-. Entonces sí, lo voltee a ver directamente -¿suavecita yo?- pensé, -si siempre me estoy quejando de mi piel escamosa y ceniza- y me reí con él, seguíamos sosteniendo un pacto de miradas, de tersura, aunque ya habíamos olvidado por completo a la rubia del sombrero desplegable.

Timbré y me bajé.



viernes, 7 de marzo de 2014

Vaticinio

Aún estaba oscuro, tomé el primer camión de la corrida. La penumbra del interior era cósmica, era aquello una galaxia contenida: sorprendente, varios de los pasajeros llevaban teléfonos celulares de pantallas luminosas, eran como enormes luciérnagas que viajaban rumbo al centro de la ciudad.
Por eso, es que nadie se percató de su rareza, noté que el dispositivo de aquella pasajera era el más luminoso de todos "seguramente trae una tablet" pensé. Al acercarme, lo supe, ella traía entre sus manos una bola de cristal. Lo triste es que todos iban absortos en sus aparatos, nadie se fijó en el milagro de la oportunidad. Quise ver más allá, vencí el miedo y fui hacia la pasajera del vaticinio. Ella volcó la negrura de sus ojos en mí para decirme: "hoy no será, porque ya llegaste".

Desperté y vi que estaba a una cuadra de mi destino, corrí para pedir la bajada. El día ya estaba clareando, la galaxia y las luciérnagas ahora estaban en la palma de mi mano izquierda.

Paola Sandoval

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.