miércoles, 16 de abril de 2014

El pacto con Adonis

Después de esperar más de veinte minutos, pasó el camión. Imaginaba que vendría lleno, sin embargo tenía asientos vacíos, sólo que éstos estaban en la parte que pega el sol, de eso a ir parada... Me senté y me coloqué mis enormes gafas para el sol, de ésas que te cubren media faz. Le pedí a la señora que me dejara pasar y amablemente accedió. Diez minutos después ella se bajó y aproveché para recorrerme porque el sol pegaba con ganas.

   Subió una tanda de pasajeros, entre ellos venía un muchacho que pronto llamó mi atención, era anguloso y de espalda ancha, como de mi edad, no era un Adonis, pero tampoco estaba nada despreciable; yo creo que me le quedé viendo mucho tiempo (fue una de esas miradas que cruzas con desconocidos en donde concentras un reconocimiento de atracción recíproca) porque vi en sus ojos y movimientos la negra intención de sentarse a mi lado (en el lugar del sol). Estaba a punto de recorrerme (total, llevaba lentes) cuando una mujer rubia con una gafas más grandes que las mías (y quien parecía que nunca se había subido al transporte público) lo rebasó y sin pedir permiso, prácticamente me saltó y se sentó donde pegaba el sol, todo en menos de un minuto. Vi que el muchacho de la ancha espalda se molestó y se fue a la parte trasera del camión. La rubia sacó un enorme sombrero de tela de su bolso y se lo puso.

   Cinco cuadras después se bajaron varios pasajeros, los asientos "de la sombra" se habían desocupado, así que sin pensarlo me fui a uno de ellos; la rubia pensó igual y fue ahí que pensé -chingado ¿también se va a sentar acá?- porque su perfume ya me había mareado. Pero no, ella se fue al asiento de atrás, justo donde estaba sentado el chico nada despreciable (ya hasta lo había olvidado). Inesperadamente, él se paró de su lugar y se fue a sentar junto a mí, eso, sin decir nada, ya era casi un pacto: la rubia nos caía mal.

   Ya una vez sentado, volteó a mirarme fijamente, yo, escondida detrás de mis gafas de sol, no hice por moverme ni corresponderle la mirada, pero veía todo; sonará ridículo, pero casi me sentía como el detective Auguste Dupin en el cuento La carta robada de Edgar Allan Poe, entonces supe que el casi Adonis si tenía toda la negra intención de coqueterar. Pero yo ¿qué haría? ¿le devolvería la mirada, la sonrisa cautivante? (tenía los dientes parejitos, comisuras maliciosas). Me quedé hundida en el asiento, haciendo de cuenta que no lo veía y que no me interesaba su flirteo.

   No sé cuánto tiempo dormí, desperté porque sentí un ligero golpe en la cabeza, abrí los ojos y vi que él (muy próximo a mí) iba también "dormido" y su cabeza pegaba con la mía. La verdad me dio un poco de risa, me incorporé lentamente en mi asiento y vi que él seguía (o eso aparentaba), entonces desde la trinchera de mis gafas solares pude observarlo con detenimiento: tenía un cutis lindo y las pestañas muy negras, sus labios eran carnosos y entonaban bien con los ángulos de su cara. Fui injusta, tenía todo para ser un Adonis. Él debió sentir mi mirada de basilisco porque despertó y yo de inmediato me hice la desentendida. Sin embargo, aunque ya despiertos los dos, seguíamos muy próximos, nuestros espacios vitales estaban fusionados, creo que nos sentíamos cómodos, a pesar del calor. Mas yo me tenía que bajar. Arreglé mi bolsa y él me lanzó su última mirada con sonrisa maliciosa. Le pedí permiso para salir del asiento (sí, yo estaba del lado de la ventana), él accedió dándome espacio sin dejar de verme, yo trataba de ni siquiera rozarlo (irónico, después de dormir cabeza con cabeza) al salir cuando escuché que dijo -estás muy suavecita-. Entonces sí, lo voltee a ver directamente -¿suavecita yo?- pensé, -si siempre me estoy quejando de mi piel escamosa y ceniza- y me reí con él, seguíamos sosteniendo un pacto de miradas, de tersura, aunque ya habíamos olvidado por completo a la rubia del sombrero desplegable.

Timbré y me bajé.



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