miércoles, 19 de octubre de 2016

Fornofantasy




Abrió los ojos y sabía que era tarde, sin embargo perdió la noción del tiempo al sentir la suavidad en sus manos, en sus nalgas, se supo desnudo entonces y un fino sudor le cubría el cuerpo por completo. Quiso levantarse pero se bamboleaba sin poder lograrlo, resbalaba cadenciosamente por esa superficie de protuberancias y declives que se asemejaba a un colchón de agua. Pronto pudo asirse de lo que pensó sería una piedra, pero su sorpresa fue grande al ver que se trataba de un turgente pezón que emanaba gotas de perfumado óleo. Alzó la cabeza y vislumbró en el horizonte una infinidad de senos enormes con su infinidad de pezones, todos ellos erguidos únicamente para él. Su erección no se hizo esperar, su pene era tan largo y ancho como el cayado de Aarón, ése que en algún pasaje bíblico se convirtió en serpiente y se tragó a otra en garantía de milagro. Pero el prodigio aquí radicaba en su falo, insuperable en dureza, tan largo como cualquiera de sus extremidades. No era lógico, pero era real, ahí estaba tan obediente y feroz como perro de pelea. El hombre, trípode ahora, pudo asirse, tenía un soporte extra.
   Súbitamente resbaló en una atmósfera de gemidos encabritados, le temía a las bajadas pero era placentera la mezcla de vértigo y la sensación de los pezones rosando en su espalda. Cayó en un río espeso y rosado, la viscosidad del oleaje secuestró sus fosas nasales, olía a vinagre y vainilla. Salió a flote y pudo ver que cuesta arriba dos arcángeles de vergas enormes eyaculaban sin cesar alimentando el caudal del río. Nadó apaciblemente, sin prisa, fluyendo en el divino semen, contribuyendo con el suyo.
   Llegó a la orilla donde siete mujeres lo aguardaban, gustosas lo lamieron y lo condujeron al sendero de un bosque donde las ramas lo flagelaban. No eran ramas, eran látigos de piel y caucho que pendían graciosamente de los árboles. Mientras más corría los látigos lo azotaban hasta sangrarlo, su “perro de pelea” reaccionaba satisfactoriamente, como no lo hacía desde hace años.
   Al final del camino una mujer gigante lo esperaba y le invitaba a subir a su cuerpo que era el mundo. Sólo vestía medias de corte cubano sostenidas por cilicios a manera de liguero. Quiso verle la cara, pero en su lugar sólo encontró un gran lente fotográfico. La cíclope lo colocó en medio de sus senos-volcán a punto de erupción. Explotaron. Una delicada lluvia de leche y miel le perlaba la piel. Paladeaba. Y en su mente la Tierra Prometida, esa que no supieron interpretar sus maestros, la que nunca conoció Abraham porque es metáfora y sólo eso.
   La cíclope se desvanecía dejando ardor en la insurrección de carne. Un niño recostado en un pesebre repetía con aparente enfado: “tomar y coger todos de él, porque éste es tu cuerpo...

   El estruendo de las campanas lo espantó. El sopor de la húmeda sacristía lo enervaba. El niño le tiraba de la manga de la sotana:
–Padre, padre, despierte, ya es hora de la misa.


Paola Sandoval



lunes, 26 de septiembre de 2016

Vacíos


Carmen no quería despertar, la fecha le taladraba el estómago, las ingles, el recuerdo. Sabía que sería fatídica la mañana y no tanto por la lluvia que no había menguado o el grisáceo de las nubes, sino porque el calendario le removió las nostalgias de un amor ingrato. 
 
   Desde hace más de diez años, a Carmen se le evaporó la costumbre de comprar lencería provocativa, porque le parecía absurdo tratar de disfrazar su cuerpo de 118 kilos de feminidad con tan sólo paños menores de talla inimaginable. Además, ya era innecesaria la costumbre en ella de seducir a un hombre con bragas de encaje, porque también ya había pasado una década desde que no intimaba con uno.

   Después de Jorge, de sus zapatos enlodados y de su boda fallida, el cuerpo excitante y firme de Carmen se lo llevó el carajo como si fuera una maldición a su capricho o a su obsesión compulsiva.
  Jorge fue el último de una exitosa lista de pretendientes, en él se concentraba la virilidad y la limpieza que pedía Carmen en un hombre: tan pulcro, alineado siempre con su uniforme de bombero, recio de facciones y negrura en sus ojos. En él encontró un carácter maleable que podía modificar a su antojo y Jorge se dejaba, porque a pesar de todo, él se ligó a “la buenota del barrio”. 

   Así que esa mañana, Carmen no tuvo más remedio que levantarse con una pesadez que le calaba en las entrañas. Salió a trabajar y se entregó a las calles (lagunas) mientras el corazón se le anegaba de recuerdos encabronados. Caminaba a prisa porque la lluvia no daba tregua y su paraguas, que apenas la cubría, amenazaba con venirse abajo. Notó que la gente se burlaba de ella cuando trataba de brincar los charcos, pero trataba de soslayarla porque si había algo que odiaba ante todo, era que sus zapatos se le ensuciaran.

  Había sorteado con éxito los charcos y corrientes de agua que dejaba la lluvia cuando tuvo de frente la calle que cruzaba diario para llegar a su trabajo convertida en arroyo. Tenía una disyuntiva: o cruzaba y mojaba sus pies hasta las corvas, como lo hacía toda la gente, o caminaba una cuadra más para atravesar por el tope que hacía de puente. Optó por lo segundo, según su lógica, se mojaría menos y no pondría en riesgo sus lindas chinelas de charol. Pensó en lo ridícula que se veía atravesando la calle sosteniendo su paraguas y la bolsa en la que llevaba su desayuno mientras trataba de caminar de puntitas sobre el largo del tope, se imaginó primero como una equilibrista de circo, pero esa imagen fue opacada por las hipopótamos de Disney, la “Fantasía” se esfumó cuando vio que tenía que brincar para llegar a la acera ¿lo lograría? No había opción, brincaba o se sumergía en el arroyo de aguas negras. 

No quería llorar, pero la lluvia que había acumulado en su cuerpo durante diez años, se le desbordó por los ojos, el vacío que había bajo sus piernas y que de a poco la succionaba le aterraba, inclusive más que la pena de sentirse fotografiada por cuanto baboso pasaba cerca del accidente. Escuchó que se aproximaban los bomberos por las sirenas, éstas no anunciaban su salvación, sino la tragedia como en tiempos mitológicos.

  Le dolían los brazos por tratar de sostenerse ante la oquedad de la alcantarilla, ésa que no vio ni supo que existía por estar anegada, ¿quién lo diría? muchas veces le dijeron que si no bajaba de peso podría morir y ahora era su sobrepeso el que le había salvado la vida al haber quedado atorada en la rejas podridas y oxidadas de la boca de tormenta. Las que no pudieron salvarse fueron sus lindas chinelas negras, ésas por las que se arriesgó a caminar más de una cuadra, ésas ingratas que ahora la ponían en peligro de ser tragada por la tierra. Y ojalá así hubiera sido, tal como sucedió con sus chinelas y bragas, porque sí, a estas alturas ya ni traía zapatos ni pantaletas y era casi seguro que su falda estuviera hecha girones “pero Carmen, ¿cómo se te ocurrió ponerte falda con esta lluvia?” pensaba cuando el equipo de rescate se daba paso entre los mirones para auxiliarla. 

  No le dolían los raspones en los codos o las heridas en sus piernas, el resfriado por tanta humedad y lluvia. No, le dolía que hubiera sido el mismo Jorge el que la rescató, le dolía que después de diez años sus brazos siguieran igual de fuertes, le dolía su expresión al verla en tal bochorno, le dolía la contracción de su cara por el esfuerzo sobrehumano que hizo al sacarla del atoradero; le dolerían días más tarde las fotografías del periódico amarillista que la mostraban en un comparativo, primero ella de medio cuerpo, semienterrada en la alcantarilla en medio de charco de agua puerca y enseguida, ella misma rescatada por los bomberos justo en el momento en el que la sacan semidesnuda bajo el cruel balazo “Se la traga la tierra y la escupe”. Pero lo que le carcomía en el alma a Carmen, era que Jorge lacónicamente le dijera ya arriba de la ambulancia “lo que es la vida Carmen, hace diez años me cortaste sólo por llevar los zapatos enlodados y ahora tú, ni siquiera traes”.


 Paola Sandoval

miércoles, 3 de agosto de 2016

El círculo de la vida

 Cuando estaba soltera, le ayudaba a mi mamá a cocinar y lo hacía para cinco personas, cuando murió mi suegra, a veces también cocinaba para mis cuñados y lo hacía para 10. Desde que me casé no he sabido cocinar sólo para dos personas, siempre sobra.

Me emocioné viendo una receta de sopa de tortilla, ayer la hice y como era de esperarse, hice mucho adobo, ya lo iba a tirar cuando mi esposo me dijo, no, mañana comemos enchiladas.

Hoy despierto y veo que también puedo hacer chilaquiles, compré más totopos, y el adobo sigue sobrando, también ya me sobraron totopos... y ahora que estoy a punto de desayunar me doy cuenta de que la tortilla por algo es redonda: su ciclo y poderes son infinitos.



Paola Sandoval

Yoga

Hace dos días, soñé con unos pozos de agua cristalina en los cuales quería nadar pero yo no traía traje de baño y así no podía entrar; estaban en medio de un bosque y poco a poco llegaba gente a ese lugar tirando basura u obstruyendo el paso, eso me molestaba y decidía ir a ponerme el traje de baño. Entraba a un vestidor improvisado de cortina, cuando también entraba un sujeto con la intención de violarme. Él me amenazaba con la navaja de un cúter, yo salía con medio traje puesto a defenderme, recuerdo que me decía muchas cosas obscenas y trataba de enterrar la navaja en mi cuello. Yo lo sujetaba de los puños, era muy delgado y le decía que no tenía miedo, yo estaba convencida de lo que decía y sabía que era más fuerte que él. Desde hace dos días traigo un dolor en el cuello que no había conseguido aminorar.
Hoy recibí mi primer clase de yoga y me di cuenta de lo fuerte y resistente que se ha vuelto mi cuerpo. La maestra preguntó que si teníamos algún dolor y en dónde, yo le mencioné el mío y me dijo "hoy te sanas".
Sané, ya no siento la molestia en el cuello y tampoco quiero interpretar el sueño que tuve. Soy muy fuerte y eso es lo que importa.



 Paola Sandoval

No crónica


¡HOY ES UN DÍA HISTÓRICO! el camión que tomé iba sin ningún pasajero, sólo yo... me dio un poquito de miedo, pero luego me sentí tan a gusto, hoy no hay crónica, no se subió nadie más en el recorrido.

Paola Sandoval

lunes, 14 de marzo de 2016

El primer beso


Fui al tianguis, ya iba cargada con miles de bolsas, estoy exagerando, sólo eran tres, pero yo sentía que ya no podía con el peso; un señor desde su puesto de frutas me observaba, yo no le di importancia pero cuando pasé frente a él, gritó, como si lo hiciera adrede "naranjas, lleve naranja, 25 por 20 pesos, dulces, todas dulces" (y aquí suavizó la voz) "naranjas dulces, como el primer beso de amor".
Yo paré y me le quedé viendo, él a mí también, pero ya me estaba ofreciendo un pedazo de naranja que cortó con un cuchillo filosísimo, me sorprendió su agilidad, parecía un corsario con su cuchillo y su ropa de trabajo pesado, tratando de conquistar damiselas de una lejana comarca "pruébala reina, dulce, dulce como el primer beso de amor" cuando dijo esto, casi susurraba, yo tomé el pedazo de naranja, lo llevé a mi boca, en efecto, estaba dulce, pero le dije "oiga, no todo primer beso de amor es dulce, en mi caso fue un encontronazo de dientes con cierto tufo en la boca del galán". El corsario de las naranjas me miró desconcertado, como si lo hubiera decepcionado, de tajo y muy seco me dijo "¿va a querer naranjas?" dije que sí, (ni me acordé de lo que llevaba cargando) él se apresuró a echarlas en una bolsa, noté que le molestó lo que había dicho, cuando me dio mi cambio le dije "pero muy bonita su comparación, así me hubiera gustado que fuera mi primer beso de amor, como esta naranja", me sonrojé cuando dije eso, pero le debía al corsario la galantería que había tenido conmigo... bueno, ni tanto, él de  eso vive, pero aun así sonrió y me dijo "que le vaya bien reina" mientras guardaba su cuchillo entre su cinto y el pantalón.
Y nada, pues aquí estoy comiendo naranjas y recordando besos de antaño. Y su primer beso ¿también fue un encontronazo de dientes o sólo yo tuve esa mala fortuna? (o ese mal amante).

Paola Sandoval

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.