Carmen no quería despertar, la fecha le taladraba el estómago, las ingles, el recuerdo. Sabía que sería fatídica la mañana y no tanto por la lluvia que no había menguado o el grisáceo de las nubes, sino porque el calendario le removió las nostalgias de un amor ingrato.
Desde hace más de diez años, a Carmen se le
evaporó la costumbre de comprar lencería provocativa, porque le parecía absurdo
tratar de disfrazar su cuerpo de 118 kilos de feminidad con tan sólo paños
menores de talla inimaginable. Además, ya era innecesaria la costumbre en ella
de seducir a un hombre con bragas de encaje, porque también ya había pasado una
década desde que no intimaba con uno.
Después de Jorge, de sus zapatos enlodados y de su boda fallida, el
cuerpo excitante y firme de Carmen se lo llevó el carajo como si fuera una
maldición a su capricho o a su obsesión compulsiva.
Jorge fue el último de una exitosa lista de
pretendientes, en él se concentraba la virilidad y la limpieza que pedía Carmen
en un hombre: tan pulcro, alineado siempre con su uniforme de bombero, recio de
facciones y negrura en sus ojos. En él encontró un carácter maleable que podía
modificar a su antojo y Jorge se dejaba, porque a pesar de todo, él se ligó a
“la buenota del barrio”.
Así
que esa mañana, Carmen no tuvo más remedio que levantarse con una pesadez que
le calaba en las entrañas. Salió a trabajar y se entregó a las calles (lagunas)
mientras el corazón se le anegaba de recuerdos encabronados. Caminaba a prisa
porque la lluvia no daba tregua y su paraguas, que apenas la cubría, amenazaba
con venirse abajo. Notó que la gente se burlaba de ella cuando trataba de
brincar los charcos, pero trataba de soslayarla porque si había algo que odiaba
ante todo, era que sus zapatos se le ensuciaran.
Había sorteado con éxito los charcos y corrientes de agua que dejaba la lluvia cuando tuvo
de frente la calle que cruzaba diario para llegar a su trabajo convertida en
arroyo. Tenía una disyuntiva: o cruzaba y mojaba sus pies hasta las corvas,
como lo hacía toda la gente, o caminaba una cuadra más para atravesar por el
tope que hacía de puente. Optó por lo segundo, según su lógica, se mojaría
menos y no pondría en riesgo sus lindas chinelas de charol. Pensó en lo
ridícula que se veía atravesando la calle sosteniendo su paraguas y la bolsa en
la que llevaba su desayuno mientras trataba de caminar de puntitas sobre el
largo del tope, se imaginó primero como una equilibrista de circo, pero esa
imagen fue opacada por las hipopótamos de Disney, la “Fantasía” se esfumó cuando vio que tenía que brincar para llegar a
la acera ¿lo lograría? No había opción, brincaba o se sumergía en el arroyo de
aguas negras.
No quería
llorar, pero la lluvia que había acumulado en su cuerpo durante diez años, se
le desbordó por los ojos, el vacío que había bajo sus piernas y que de a poco
la succionaba le aterraba, inclusive más que la pena de sentirse fotografiada
por cuanto baboso pasaba cerca del accidente. Escuchó que se aproximaban los
bomberos por las sirenas, éstas no anunciaban su salvación, sino la tragedia
como en tiempos mitológicos.
Le dolían los brazos por tratar de sostenerse
ante la oquedad de la alcantarilla, ésa que no vio ni supo que existía por
estar anegada, ¿quién lo diría? muchas veces le dijeron que si no bajaba de
peso podría morir y ahora era su sobrepeso el que le había salvado la vida al
haber quedado atorada en la rejas podridas y oxidadas de la boca de tormenta.
Las que no pudieron salvarse fueron sus lindas chinelas negras, ésas por las
que se arriesgó a caminar más de una cuadra, ésas ingratas que ahora la ponían
en peligro de ser tragada por la tierra. Y ojalá así hubiera sido, tal como sucedió con sus chinelas y bragas, porque sí, a
estas alturas ya ni traía zapatos ni pantaletas y era casi seguro que su falda
estuviera hecha girones “pero Carmen, ¿cómo
se te ocurrió ponerte falda con esta lluvia?” pensaba cuando el equipo de
rescate se daba paso entre los mirones para auxiliarla.
No le dolían los raspones en los codos o las
heridas en sus piernas, el resfriado por tanta humedad y lluvia. No, le dolía
que hubiera sido el mismo Jorge el que la rescató, le dolía que después de diez
años sus brazos siguieran igual de fuertes, le dolía su expresión al verla en
tal bochorno, le dolía la contracción de su cara por el esfuerzo sobrehumano
que hizo al sacarla del atoradero; le
dolerían días más tarde las fotografías del periódico amarillista que la
mostraban en un comparativo, primero ella de medio cuerpo, semienterrada en la
alcantarilla en medio de charco de agua puerca y enseguida, ella misma
rescatada por los bomberos justo en el momento en el que la sacan semidesnuda
bajo el cruel balazo “Se la traga la tierra y la escupe”.
Pero lo que le carcomía en el alma a Carmen, era que Jorge lacónicamente le
dijera ya arriba de la ambulancia “lo que
es la vida Carmen, hace diez años me cortaste sólo por llevar los zapatos
enlodados y ahora tú, ni siquiera traes”.
Paola Sandoval
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