jueves, 13 de febrero de 2014

Amor de verano

Yo tenía 17 años, iba en la prepa y estaba a punto de tronar la materia de química. Trabajaba por las tardes, saliendo de la escuela me iba derechito a tomar el 190 para llegar a mi trabajo que quedaba en el centro de la ciudad. Pero ese día había olvidado el manual de química y tuve que ir por él, así que cambié de ruta, abordé la legendaria ruta 275 Diagonal, ésa que cruza cuatro municipios y que entonces sólo lo hacía por cuatro pesos el pasaje.
   Yo tenía todos los problemas de la vida, trabaja para evadir el ambiente familiar, de milagro “estudiaba” y no tenía tiempo para socializar: casa, escuela, trabajo, casa, escuela…
Recuerdo que ese día además me sentía mal, sólo tenía el tiempo necesario para bañarme y salir corriendo, mi cabello era un nido de pájaros y pude darme cuenta de eso porque en el camión iba parada reflejándome en una ventana polarizada, no quería verme pero ahí estaba, me chocaba verme tan ojerosa, tan desordenada, tan sin chiste. Jamás fui como las demás muchachas de mi edad, yo me refugiaba en los libros y en el trabajo.
   Ese día maldije todo el camino, el camión estaba atiborrado, todos se repegaban, empujaban, a nadie le importaba que yo no tuviera ni puta idea de química, que no traía para la comida de ese día, que hacía mucho calor y sin embargo no quería  quitarme la sempiterna chamarra color olivo que me servía de coraza. Y encima, ese reflejo que me confrontaba y me decía lo fracasada que estaba. Quise llorar, ahí arriba del camión, delante de toda esa gente que me estrujaba al pasar, pero me aguanté por no parecer ridícula.
   Entonces el camión hizo su parada obligatoria en la Basílica de Zapopan y vi cómo una fila infinita de personas se subía. Ya no cabíamos, yo iba aplastada y pude ver que el último en subir traía una guitarra, me encabroné más “y todavía se van a subir a cantar” pensé. El reflejo del polarizado escupía mi enojo, esperaba que comenzara una voz desafinada a entonar canciones que nadie quería escuchar, mientras pensaba que me vengaría al no darle nada al trovador (claro,  no traía ni un quinto, puros trasvales).
   Pero a las cinco cuadras no escuché nada, así que voltee y lo vi: tenía la guitarra colgada al hombro y la mirada más dulce y seductora que he visto en un  hombre, me estaba viendo de costado y sonrío. Yo volví a mi reflejo y me vi fea, mugrosa, enfundada en esa chamarra tan holgada y quise desaparecer. Habíamos llegado a la Normal, el camión no se desazolvaba ni siquiera un poco y la gente seguía subiéndose.
   Fue él quien desapareció porque ya no lo vi, pensé “ya se bajó” y me sentí aliviada. No obstante, sentía el peso de una mirada y no lograba comprender de dónde provenía. Fue hasta que el sujeto que iba a mi lado se movió y vi en el reflejo el rostro con la mirada dulce, sí, él me estaba viendo por el polarizado y yo ni en cuenta. Entonces me apené, agaché la cabeza “me lleva la chingada”. Después pensé, “pero cómo crees que se está fijando en ti” cuando de repente sólo escuché -¡Amh! ¿Qué ser el ticket?- yo no comprendí hasta que señaló el boleto del camión.Y entonces sonreí, se me había olvidado el inminente extraordinario de química, que tenía hambre, que traía los tenis más feos, que la chamarra color olivo estaba rota.
   Se llamaba Alejandro, era gringo de padres mexicanos, venía a ver a su familia e hizo el verano de aquel 2002 inolvidable. Me cantaba canciones en pocho con su guitarra, me enseñó a probar la comida china y me regaló las obras completas de Shakespeare. Ah, y también me partió el corazón.
   Sin embargo, hasta la fecha sigo bendiciendo ese manual de química que olvidé aquel día, porque hizo que yo dejara la ruta 190 que de costumbre tomaba, para irme a la siempre congestionada 275 Diagonal, para conocer al primer amor de mi vida.

Paola Sandoval

4 comentarios:

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.