lunes, 26 de septiembre de 2016

Vacíos


Carmen no quería despertar, la fecha le taladraba el estómago, las ingles, el recuerdo. Sabía que sería fatídica la mañana y no tanto por la lluvia que no había menguado o el grisáceo de las nubes, sino porque el calendario le removió las nostalgias de un amor ingrato. 
 
   Desde hace más de diez años, a Carmen se le evaporó la costumbre de comprar lencería provocativa, porque le parecía absurdo tratar de disfrazar su cuerpo de 118 kilos de feminidad con tan sólo paños menores de talla inimaginable. Además, ya era innecesaria la costumbre en ella de seducir a un hombre con bragas de encaje, porque también ya había pasado una década desde que no intimaba con uno.

   Después de Jorge, de sus zapatos enlodados y de su boda fallida, el cuerpo excitante y firme de Carmen se lo llevó el carajo como si fuera una maldición a su capricho o a su obsesión compulsiva.
  Jorge fue el último de una exitosa lista de pretendientes, en él se concentraba la virilidad y la limpieza que pedía Carmen en un hombre: tan pulcro, alineado siempre con su uniforme de bombero, recio de facciones y negrura en sus ojos. En él encontró un carácter maleable que podía modificar a su antojo y Jorge se dejaba, porque a pesar de todo, él se ligó a “la buenota del barrio”. 

   Así que esa mañana, Carmen no tuvo más remedio que levantarse con una pesadez que le calaba en las entrañas. Salió a trabajar y se entregó a las calles (lagunas) mientras el corazón se le anegaba de recuerdos encabronados. Caminaba a prisa porque la lluvia no daba tregua y su paraguas, que apenas la cubría, amenazaba con venirse abajo. Notó que la gente se burlaba de ella cuando trataba de brincar los charcos, pero trataba de soslayarla porque si había algo que odiaba ante todo, era que sus zapatos se le ensuciaran.

  Había sorteado con éxito los charcos y corrientes de agua que dejaba la lluvia cuando tuvo de frente la calle que cruzaba diario para llegar a su trabajo convertida en arroyo. Tenía una disyuntiva: o cruzaba y mojaba sus pies hasta las corvas, como lo hacía toda la gente, o caminaba una cuadra más para atravesar por el tope que hacía de puente. Optó por lo segundo, según su lógica, se mojaría menos y no pondría en riesgo sus lindas chinelas de charol. Pensó en lo ridícula que se veía atravesando la calle sosteniendo su paraguas y la bolsa en la que llevaba su desayuno mientras trataba de caminar de puntitas sobre el largo del tope, se imaginó primero como una equilibrista de circo, pero esa imagen fue opacada por las hipopótamos de Disney, la “Fantasía” se esfumó cuando vio que tenía que brincar para llegar a la acera ¿lo lograría? No había opción, brincaba o se sumergía en el arroyo de aguas negras. 

No quería llorar, pero la lluvia que había acumulado en su cuerpo durante diez años, se le desbordó por los ojos, el vacío que había bajo sus piernas y que de a poco la succionaba le aterraba, inclusive más que la pena de sentirse fotografiada por cuanto baboso pasaba cerca del accidente. Escuchó que se aproximaban los bomberos por las sirenas, éstas no anunciaban su salvación, sino la tragedia como en tiempos mitológicos.

  Le dolían los brazos por tratar de sostenerse ante la oquedad de la alcantarilla, ésa que no vio ni supo que existía por estar anegada, ¿quién lo diría? muchas veces le dijeron que si no bajaba de peso podría morir y ahora era su sobrepeso el que le había salvado la vida al haber quedado atorada en la rejas podridas y oxidadas de la boca de tormenta. Las que no pudieron salvarse fueron sus lindas chinelas negras, ésas por las que se arriesgó a caminar más de una cuadra, ésas ingratas que ahora la ponían en peligro de ser tragada por la tierra. Y ojalá así hubiera sido, tal como sucedió con sus chinelas y bragas, porque sí, a estas alturas ya ni traía zapatos ni pantaletas y era casi seguro que su falda estuviera hecha girones “pero Carmen, ¿cómo se te ocurrió ponerte falda con esta lluvia?” pensaba cuando el equipo de rescate se daba paso entre los mirones para auxiliarla. 

  No le dolían los raspones en los codos o las heridas en sus piernas, el resfriado por tanta humedad y lluvia. No, le dolía que hubiera sido el mismo Jorge el que la rescató, le dolía que después de diez años sus brazos siguieran igual de fuertes, le dolía su expresión al verla en tal bochorno, le dolía la contracción de su cara por el esfuerzo sobrehumano que hizo al sacarla del atoradero; le dolerían días más tarde las fotografías del periódico amarillista que la mostraban en un comparativo, primero ella de medio cuerpo, semienterrada en la alcantarilla en medio de charco de agua puerca y enseguida, ella misma rescatada por los bomberos justo en el momento en el que la sacan semidesnuda bajo el cruel balazo “Se la traga la tierra y la escupe”. Pero lo que le carcomía en el alma a Carmen, era que Jorge lacónicamente le dijera ya arriba de la ambulancia “lo que es la vida Carmen, hace diez años me cortaste sólo por llevar los zapatos enlodados y ahora tú, ni siquiera traes”.


 Paola Sandoval

miércoles, 3 de agosto de 2016

El círculo de la vida

 Cuando estaba soltera, le ayudaba a mi mamá a cocinar y lo hacía para cinco personas, cuando murió mi suegra, a veces también cocinaba para mis cuñados y lo hacía para 10. Desde que me casé no he sabido cocinar sólo para dos personas, siempre sobra.

Me emocioné viendo una receta de sopa de tortilla, ayer la hice y como era de esperarse, hice mucho adobo, ya lo iba a tirar cuando mi esposo me dijo, no, mañana comemos enchiladas.

Hoy despierto y veo que también puedo hacer chilaquiles, compré más totopos, y el adobo sigue sobrando, también ya me sobraron totopos... y ahora que estoy a punto de desayunar me doy cuenta de que la tortilla por algo es redonda: su ciclo y poderes son infinitos.



Paola Sandoval

Yoga

Hace dos días, soñé con unos pozos de agua cristalina en los cuales quería nadar pero yo no traía traje de baño y así no podía entrar; estaban en medio de un bosque y poco a poco llegaba gente a ese lugar tirando basura u obstruyendo el paso, eso me molestaba y decidía ir a ponerme el traje de baño. Entraba a un vestidor improvisado de cortina, cuando también entraba un sujeto con la intención de violarme. Él me amenazaba con la navaja de un cúter, yo salía con medio traje puesto a defenderme, recuerdo que me decía muchas cosas obscenas y trataba de enterrar la navaja en mi cuello. Yo lo sujetaba de los puños, era muy delgado y le decía que no tenía miedo, yo estaba convencida de lo que decía y sabía que era más fuerte que él. Desde hace dos días traigo un dolor en el cuello que no había conseguido aminorar.
Hoy recibí mi primer clase de yoga y me di cuenta de lo fuerte y resistente que se ha vuelto mi cuerpo. La maestra preguntó que si teníamos algún dolor y en dónde, yo le mencioné el mío y me dijo "hoy te sanas".
Sané, ya no siento la molestia en el cuello y tampoco quiero interpretar el sueño que tuve. Soy muy fuerte y eso es lo que importa.



 Paola Sandoval

No crónica


¡HOY ES UN DÍA HISTÓRICO! el camión que tomé iba sin ningún pasajero, sólo yo... me dio un poquito de miedo, pero luego me sentí tan a gusto, hoy no hay crónica, no se subió nadie más en el recorrido.

Paola Sandoval

lunes, 14 de marzo de 2016

El primer beso


Fui al tianguis, ya iba cargada con miles de bolsas, estoy exagerando, sólo eran tres, pero yo sentía que ya no podía con el peso; un señor desde su puesto de frutas me observaba, yo no le di importancia pero cuando pasé frente a él, gritó, como si lo hiciera adrede "naranjas, lleve naranja, 25 por 20 pesos, dulces, todas dulces" (y aquí suavizó la voz) "naranjas dulces, como el primer beso de amor".
Yo paré y me le quedé viendo, él a mí también, pero ya me estaba ofreciendo un pedazo de naranja que cortó con un cuchillo filosísimo, me sorprendió su agilidad, parecía un corsario con su cuchillo y su ropa de trabajo pesado, tratando de conquistar damiselas de una lejana comarca "pruébala reina, dulce, dulce como el primer beso de amor" cuando dijo esto, casi susurraba, yo tomé el pedazo de naranja, lo llevé a mi boca, en efecto, estaba dulce, pero le dije "oiga, no todo primer beso de amor es dulce, en mi caso fue un encontronazo de dientes con cierto tufo en la boca del galán". El corsario de las naranjas me miró desconcertado, como si lo hubiera decepcionado, de tajo y muy seco me dijo "¿va a querer naranjas?" dije que sí, (ni me acordé de lo que llevaba cargando) él se apresuró a echarlas en una bolsa, noté que le molestó lo que había dicho, cuando me dio mi cambio le dije "pero muy bonita su comparación, así me hubiera gustado que fuera mi primer beso de amor, como esta naranja", me sonrojé cuando dije eso, pero le debía al corsario la galantería que había tenido conmigo... bueno, ni tanto, él de  eso vive, pero aun así sonrió y me dijo "que le vaya bien reina" mientras guardaba su cuchillo entre su cinto y el pantalón.
Y nada, pues aquí estoy comiendo naranjas y recordando besos de antaño. Y su primer beso ¿también fue un encontronazo de dientes o sólo yo tuve esa mala fortuna? (o ese mal amante).

Paola Sandoval

lunes, 4 de enero de 2016

Ángeles en la fila del hospital



La semana pasada llevamos a mi mamá a su cita en el hospital, en lo que mi esposo la llevaba a desayunar, yo me quedé haciendo fila en la farmacia para recoger su medicamento. Me puse a leer y de pronto el señor que estaba adelante de mí volteó y me dijo "disculpe, ¿qué está leyendo?" yo le respondí que una antología de cuentos mexicanos y le presté el libro para que lo viera. El señor, ya mayor, lo observó con detenimiento, me dijo que él también leía pero que no conocía de esos cuentos, sacó una libretita y anotó el título de mi libro. Luego me dijo que si no había leído yo a Paulo Coelho, yo le dije que sí, y él se entusiasmó mucho, me dijo que eran una chulada sus historias y yo reprimí mis opiniones acerca de ese autor, porque ahí yo ya no era la maestra de literatura, era una lectora frente a otro lector en una fila interminable.

El señor me dijo que esas historias le ayudaban mucho, después sacó un breviario de salmos, me lo prestó y me dijo que todo eso le hacía mucho bien, yo le escuchaba atenta. Me dijo "yo tengo cáncer señorita, y es terminal, pero no quiero tener miedo, por eso leo", yo sólo atiné a decirle que de alguna forma a mí la lectura me hizo una persona menos temerosa. Al señor le brillaron los ojos, me dijo que leer era un placer inmenso para él, que le daba paz, que le gustaba ir a leer a las banquitas del templo de los ángeles y me dijo "¿lo conoce? " yo le dije que no, él me vio fijamente y me dijo, "usted tiene que ir señorita, para que también sienta paz" y supe que sus palabras eran un mensaje para mí.
No nos dimos cuenta de que la fila había terminado. Al señor le tocaba su turno, sacó una bolsita de plástico en donde metió todo su medicamento. Al despedirse, me dijo que le daba mucho gusto conversar con personas que leían, que iba a buscar el libro que yo estaba leyendo. Yo le di la mano y un apapacho en el hombro, y le dije que iría a buscar el templo.

Hoy fui y en verdad es un lugar hermoso, vine a dar gracias, a pedir por la salud de los enfermos, a llorar y a sentir paz en el corazón.

Paola Sandoval


miércoles, 28 de octubre de 2015

Lobo de ojos color avellana



Ella hace mucho que dejó de ser él. Quiere que la llamemos Angie y corta el cabello de manera estupenda. Una soporta los jalones porque su fuerza sigue siendo la de un hombre, pero no importa, porque el cabello es algo que se tiene que domar y ella tiene el don con el mío, que es traicionero y voluble. Lo malo de ir a su estética (para mí, aunque suene egoísta) es que siempre, todos los días, tiene muchos clientes y claro, clientas también, pero son más los caballeros que frecuentan su local y una, se acostumbra a hacer fila entre ellos. Angie nunca dice que no, sólo que la esperes un poco, y en realidad es rápida haciendo su trabajo, además acertada, por ello vale la pena hacer "cola" mientras ojeas una Vogue y navegas entre el Ange ou demon de Givenchy y la última colección de bolsos Balenciaga.
Ayer no fue la excepción, tenía un corte, un depilado de cejas y cuando le pregunté que si tenía chance de despuntarme, me dijo que sí. Tomé la revista, comencé a leer, o mejor dicho, a ver y entonces me percaté que había un carro con el estéreo a todo volumen afuera, racargados sobre él dos muchachos, yo los vi de reojo e incluso me molesté, pues tenían música de norteño a todo volumen, tomaban cerveza en lata y platicaban a distancia con Angie, deduje que eran sus amigos pues entraban y salían a placer de la estética, se secreteaban con ella y volvían al carro. 
Noté que repetían y repetían una canción, uno de ellos cantaba estrepitosamente, como si quisieran que lo escucharan:

Por pensar que tú volverías conmigo,
y saber que ahora tú ya tienes abrigo, 
aquí se va muriendo mi alma
y va creciendo este vació en mí
que no lleno con nada.

Entonces dejé de perderme en las páginas de la Vogue y a concentrarme en la letra de la canción:  

es tu amor el que no me deja vivir,
el que no puedo resistir,
pues muy adentro se quedó
como una luz que nunca se apagó
como la noche eterna, que nunca amaneció.

A pesar de la voz chillante del cantante, me pareció hermosa la letra y el que cantaba estrepitosamente hasta me sonó afinado. Fue cuando voltee a verle: no estaba tan joven como yo esperaba, se podría decir que era casi un hombre de mi edad, vestía bien, con su cerveza en la mano y sus ojos color avellana. Él sonrió cuando lo vi, pensé, esté es así con todas; Angie se reía desde adentro y le decía "qué cabrón eres, ya te dije que no" a lo que él contestó "no me importa, chicle y pega":  

olvidar, cómo es posible olvidar,
la única vez que supe amar y ahora
tengo que renunciar, 
a lo más bello que jamás sentí,
pero ahora solo hiere y tú
ni te acuerdas de mí.

El tipo seguía cantando y sonriendo, se veía más animado. Angie me sorprendió al decirme que ya me tocaba, a pesar de que había más clientas adelante de mí. Me senté, le dije cómo quería mi corte y comenzamos a platicar. Me decía que había roto con su novio y yo le dije que lo bueno es que tenía muchos galanes en puerta, aludiendo a los que repetían y repetían la canción. Ella se río. Vi entonces que el sujeto entraba más a la estética hasta que de plano se sentó justo atrás de nosotras, en la silla del shampoo. Angie le decía "salte cabrón, me pones nerviosa" y él sólo se reía mientras le brillaban sus lindos ojos color avellana, sí, eran muy lindos y a mí me daba una pena terrible ir vestida de tenis y camisa, porque era cierto lo que Angie decía, nos ponía nerviosas, era intimidante. Me percaté de que el sujeto veía directamente al espejo, a mi reflejo mientras cantaba:  

porque la vida no me dice nada,
porque tengo temor a las miradas,
aquí, se va muriendo mi alma
y va creciendo cada día más,
el cielo de mi esperanza…

Angie terminó mi corte, el tipo se salió con su camarada. Le pagué, me despedí y ella reía también, le pregunté ¿qué pasa? ella sólo me dijo, “nada, cuídate de los lobos”. Salí perpleja del lugar sin entender. Ya en la calle, escuché “que te vaya muy bien, mi vida…”, me acalambré, sabía que esas palabras las decía el dueño de los ojos color avellana. No quise voltear, porque estaba casi segura que me petrificaría en estatua de sal; avancé unos pasos y alcancé a escuchar que Angie decía “ves, te dije que no te haría caso, ella está casada”. Apresuré el paso y entonces comprendí estas líneas:

 como una luz que nunca se apagó,
como la noche eterna, que nunca amaneció.

Paola Sandoval

Porque no sabemos en qué momento, lo fantástico nos asalte.